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Snowden, el ‘Registro Permanente’ y la construcción de un enemigo público

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Boris Berenzon Gorn.

Summun crede nefas animam prae ferre pudori, et propter vitam vivendi perdere causas” (Juvenal).

El poder del imperio suele mantener sus perversiones. Mientras los Patricios romanos pretenciosos como toda clase que ostenta el poder se decían llenos de honor y virtus; Décimo Junio Juvenal hizo notar que la virtud no puede heredarse porque se vuelven palabra fatua. Por ello el clásico del género satírico decía: “Piensa que el mayor pecado es preferir la vida al honor y por la vida perder aquello por lo que vale la pena vivir”. Vigente disyuntiva de nuestros tiempos frente a la dinámica existencial del imperio (Sátira VIII, v.83-84), como veremos a continuación.

En la persecución de Estados Unidos en contra de Edward Snowden ha llegado a uno de sus puntos más altos y ridículos. El activista y antes empleado de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) es considerado un traidor por el gobierno de los EE. UU. tras haber revelado en 2013 la existencia de programas de vigilancia masiva en los que se espiaba a toda la ciudadanía, sin distinción. Tras la publicación de su nuevo libro, Registro Permanente (Permanent Record), Snowden ha sido el blanco de un nuevo arrebato del gobierno, que acaba de demandarle y exigirle las regalías de su obra.

Antes de Snowden, los ciudadanos de los Estados Unidos y del mundo en general pensaban que existía la posibilidad de que el gobierno norteamericano los espiara, pero la idea no llegaba demasiado lejos. Se trataba de paranoia o de una teoría conspiracionista y nada más. Nadie tenía los elementos para sostener, seriamente, una acusación tan fuerte. Sin embargo, cuando Edward Snowden expuso a través del periódico inglés The Guardian la existencia de los programas PRISM y XKeyscore, lo que antes no pasaba de ser un delirio se convirtió en una certeza.

El escándalo alteró la imagen que se tenía de la CIA y de la NSA y cambió también la percepción ingenua que hasta entonces se tenía de los gigantes tecnológicos. Apenas unos años atrás, las grandes compañías como Google y Facebook seguían pareciendo la materialización del sueño hippie. Se trataban de plataformas concedidas, por gracia del cielo, a la humanidad para su estricto beneficio, para que las noticias fluyeran con libertad y la democracia finalmente se viera realizada. Antes de eso nos esforzábamos en ver a los gigantes de Silicon Valley como mesías, como los profetas del futuro. Desde 2013, la narrativa dio una vuelta importante. Estas compañías se encontraban involucradas en los sistemas de recolección de datos a través de los cuales el gobierno de EE. UU. espiaba a los ciudadanos.

Esta marca en las grandes compañías tecnológicas ya no se borraría, sino que vendría a confirmarse y acrecentarse. Afortunadamente para ellas, al grueso de la población no le importaría el mal uso que estas compañías hicieran de sus datos. A los que mueven las palancas del sistema tampoco, así que la cosa quedó más o menos intacta.

Es cierto que desde 2013 se la han venido imponiendo más regulaciones a las empresas como Twitter y Google. Sus obligaciones han venido creciendo en términos de protección de datos, pero como Snowden lo dice: se han creado más mecanismos de protección de datos, pero la recolección de estos sigue operando con toda tranquilidad. Por otro lado, la mayor parte de regulaciones han provenido de la Unión Europea. Los Estados Unidos y los países del llamado “tercer mundo” poco han hecho (o pueden hacer) para detener la voracidad de Silicon Valley.

Con el Registro Permanente, Snowden ha venido a sacudir el mundo otra vez. El joven activista, que tenía sólo treinta años cuando destapó las cloacas de nuestro vecino del norte, ha publicado sus memorias, donde, por supuesto, se encontrarán detalles de su vida como empleado de la CIA y de la NSA, así como de los sistemas de vigilancia que destapó para beneficio de todos. Esta obra causó furor incluso antes de salir a la luz. Se preveía un lanzamiento espectacular en el que decenas de editoriales del mundo se sincronizarían para ponerlo a la venta el mismo día en múltiples idiomas. La campaña que mostraron lucía prometedora, pero sus alcances no serían nada comparados con los que el libro tendría gracias a un pequeño empujón dado nada más y nada menos que por los Estados Unidos.

La semana pasada, el gobierno estadounidense demandó a Snowden por la publicación de dicha obra, argumentando que el activista no debía haberla realizado sin solicitar una revisión previa de las agencias para las que trabajó. El libro, sostienen, tal y como salió al mercado, transgrede los contratos que Edward Snowden firmó en su momento con dichas agencias. Lo que persiguen como pena ante esta afrenta no es para nada trivial, el gobierno estadounidense está buscando que el activista le entregue todos los ingresos obtenidos por las ventas de Registro Permanente.

La reacción era de esperarse. Semejante respuesta del gobierno le hizo al libro lo que ningún experto en marketing podría haberle hecho. Ahora, la obra autobiográfica de Snowden se encuentra bajo la mira y en boca de todos. La que se izaba como la bandera de la transparencia y la protección de datos personales se corona desde esta semana también como la defensa de la libertad de expresión. Snowden lo hizo de nuevo.

No hay que perder esto de vista, Registro Permanente no sólo ha llegado para refrescarnos la memoria sobre un hecho pasado, la obra está más vigente que nunca. La vigilancia sigue sucediendo y ahora, con más fuerza, a través de los gigantes de Silicon Valley. Cuando un usuario de Twitter le preguntó a Snowden si comprar esta obra lo colocaría en una especie de lista negra del gobierno estadounidense, el autor contestó con una afirmación a la que ya deberíamos estar acostumbrados, pero que no deja de ser escabrosa: hoy todo el mundo está en la lista. “Los sistemas de vigilancia masiva trabajan para registrar a todas las personas, en todos los lugares, en cada momento”, dijo Snowden en su cuenta de Twitter. Hoy por hoy, la pregunta ya no es si estamos en la lista, eso ya lo damos por sentado, la pregunta es “¿cuál es mi clasificación en la lista?”.

Manchamanteles

El sábado pasado con la entrada del otoño Mario Bunge cumplió cien años, siendo profesor emérito en la prestigiosa universidad McGill de Montreal a la que llegó después de su exilio de la Argentina. Bunge es sin duda un clásico del pensamiento filosófico y científico contemporáneo, su batalla feroz contra lo que ha llamado pseudociencias como el psicoanálisis o la economía en donde nos da mucha materia para trabajar y ver el cambio de paradigma del conocimiento, pero sin duda alguna Bunge marca una escuela de pensamiento que delineo el mundo moderno. Festejemos sus cien años haciendo gala de dos de sus frases que lo describen: el ser humano: “el único animal problematizador”, capaz de complicarse la vida inventando problemas e incluso asignando más talento a quienes son capaces de advertirlos que a quienes son capaces de resolverlos”. Sobre la verdad de la ciencia: “La idea de que la ciencia es puramente racional es completamente falsa. (…) Nadie va a empezar una investigación seria o interesante si no está apasionado. Se necesita pasión por la verdad”.

Narciso el Obsceno

Frank Yeomans, psiquiatra, profesor el Weill Medical College de la Universidad de Cornell, y director de Capacitación en el Instituto de Trastornos de la Personalidad ha dicho: “Madurar es ir aproximando lo que crees ser a lo que eres” y añade que : “La sencillez es liberadora, como toda aceptación de la verdad, y el narcisismo, como cualquier negación, esclaviza; porque el narciso, para seguir viviendo su fantasía, se aísla cada vez más y va evitando, a menudo sin ser consciente, a todos los envidiosos que dudan de ella”.