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¿En qué se parecen las bases de datos sensibles de Facebook a las que facilitaron el Holocausto?

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Boris Berenzon Gorn.

El régimen nazi y la Segunda Guerra Mundial nos enseñaron muchas cosas, entre ellas que hay bases de datos cuya sola existencia representa un riesgo. Hay información sobre nosotros que es mejor que no se dedique a recopilar o sistematizar ninguna empresa: la religión, la preferencia sexual, la afiliación política o si hacemos uso del recurso de la protesta (cómo y cuándo). 

En un mundo en el que prevalecen los discursos de odio, frecuentemente representados por grandes organizaciones e incluso por gobiernos, estas bases de datos, al caer en las manos equivocadas, pueden ser un instrumento para desatar persecuciones y cometer genocidios (en el peor de los escenarios). A sabiendas de esto, ¿por qué seguimos permitiendo que Facebook tenga bancos de información privada y detallada sobre nosotros? 

Bien lo dicen Armand Mattelart y André Vitalis en su obra De Orwell al cibercontrol: “el ejemplo de las fichas realizadas a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial muestra que una ficha puede conducir directamente a la muerte”. En los Países Bajos, antes de la ocupación nazi, se contaba con “un sistema de fichado que utilizaba las técnicas más avanzadas en Europa”. En él se recopilaban datos de la población como sus preferencias religiosas, sin otro objetivo que distribuir adecuadamente los recursos a los recintos de culto en proporción con sus adeptos.

Lo que empezó con una iniciativa inocente terminó facilitando un genocidio de proporciones aberrantes, al caer en las manos equivocadas. Aunque se hicieron mil esfuerzos para evitar que la ocupación nazi tuviera acceso a estos datos, la catástrofe fue inevitable.

Tal vez este razonamiento pueda parecer exagerado, pero la forma más efectiva de proteger esta información habría sido no crear aquella base de datos. Aclaro: no estoy diciendo que un país no necesite censos ni que no sea necesario conocer los porcentajes de una población que profesan esta u otra religión o que pertenecen a una u otra orientación sexual. Claro que esa información es necesaria, siempre que esté despersonalizada. 

Los romanos, esos grandes constructores del sentido polis y sus laberintos, tenían un aforismo: “publica publice” (las cosas públicas públicamente). Es decir que la comunicación pública sólo se evidencia si versa, justamente, sobre asuntos públicos, pues lo público tiene que ver con la cimentación de las sociedades. ¿Qué quiero decir? Que necesitamos saber, por ejemplo, qué porcentaje de la población mexicana es, por decir algo, cristiana. Pero no necesitamos saber, con nombre y apellido, qué religión profesan fulanito o zutanito, de quien también hemos recopilado su dirección, su afiliación política, su número de teléfono y sus contactos familiares. Lo primero es un ejercicio demográfico necesario para crear programas sociales; lo segundo es poner un blanco en el pecho de una persona que podría llegar a ser atacada por su ideología. Aunque estos datos puedan estar bajo la custodia de una institución que consideremos confiable, la historia nos ha mostrado cuán radicalmente pueden cambiar de cabeza (de un segundo para otro) las instituciones.

Es en reconocimiento de estos riesgos que el Reglamento General de Protección de Datos europeo restringe la existencia de bases de datos en los que se incluyan en la información de una persona categorías como su estado de salud, su credo religioso, su origen étnico, sus preferencias sexuales o si tiene alguna discapacidad, entre otras, consideradas por el Reglamento como datos personales sensibles. El GDPR (General Data Protection Regulation, en inglés) prohíbe tajantemente que estas bases de datos existan para fines comerciales, a pesar de la cual hay una empresa que se está pasando por el arco del triunfo las restricciones. Sí, adivinaron: hablo de Facebook.

Recientemente, cuatro investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid revelaron, en un estudio titulado Does Facebook Use Sensitive Data for Advertising Purposes?, que esta red social ha etiquetado dentro de categorías sensibles al 67% de sus usuarios en 197 países. Esto representa el 22% de la población total de dichas naciones, porcentaje del cual existe una base de datos detallada con información que podría hacerlos, eventualmente, blanco de persecuciones.

Las categorías consideradas sensibles por el estudio (las cito tal y como ellos las nombran) son las siguientes: medicina alternativa, Biblia, budismo, feminismo, identidad de género, homosexualidad, inmigración ilegal, judaísmo, comunidad LGBT, nacionalismo, oncología, embarazo, salud reproductiva, prevención del suicidio y veganismo. Si nos queda duda sobre por qué estas categorías son sensibles, no tenemos más que revisar la historia de los genocidios en el planeta y las grandes obras de ciencia ficción.

Como ejemplo del desastre, los investigadores hablan de la categoría homosexualidad. En 11 países en los que es considerada un delito, Facebook tiene ubicados a la perfección a usuarios relacionados con esta categoría. Es decir que la red social le está haciendo la chamba a los estados que se oponen con violencia a las libertades.

Los riesgos son enormes. Como lo dice el estudio, “la posibilidad de llegar a usuarios etiquetados con información potencialmente sensible habilita el uso de las campañas publicitarias de Facebook como un arma de ataque para grupos sociales específicos”. Peor aún, esta posibilidad permitiría atacar directamente a las personas, por motivos de odio, mediante el método del phishing. Y esto por citar sólo algunos ejemplos. Ya sabemos que, cuando un poder enorme quiere dañar, la creatividad para el mal se dispara.

Desde luego que Intercambiar puntos de vista, argumentar y debatir son actividades necesarias para la salud ética de las sociedades, pero esto no es lo mismo que el escarnio “tolerado” a quienes piensan distinto. No es posible construir un mundo equitativo, democrático y libre sobre la base de la discriminación. Como lo escribió recientemente la escritora australiana Kate Morton (1976), en su novela La hija del relojero (2018), los seres humanos debemos defender nuestro derecho al olvido (“le droit à l’oubli”).