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El reconocimiento del Senado a Rosario Ibarra: “Vivos los llevaron, vivos los queremos”

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Boris Berenzon Gorn.

A la memoria de Ignacio Osorio Romero, mi padre

El día de ayer, 8 de octubre de 2019, el Senado de la República anunció que la Medalla Belisario Domínguez sería otorgada este año a la ciudadana María del Rosario Ibarra de la Garza, “por su incansable lucha y activismo de más de cuatro décadas en favor de los presos, desaparecidos y exiliados políticos”. Para las lectoras y los lectores más jóvenes quizá su nombre resulte desconocido. Por ello —y como un merecido homenaje—, quise dedicar esta entrega especial de mi columna a una de las figuras políticas más importantes de México en la segunda mitad del siglo XX.

Rosario Ibarra nació en Saltillo, Coahuila, el 24 de febrero de 1927. Establecida en Monterrey, Nuevo León, su trayectoria política comenzó con la desaparición de su hijo Jesús Piedra Ibarra, el 18 de abril de 1975. Rosario Ibarra empezó buscando a su hijo ella sola, recorriendo todo tipo de instituciones e instalaciones policíacas, militares, hospitalarias; incluso interceptando personalmente al presidente Luis Echeverría. En este proceso conoció a otros familiares de víctimas políticas —en particular, a otras madres de familia—, con quienes, dos años después (en 1977), fundó el Comité Pro-Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados de México, hoy Comité ¡Eureka! El 28 de agosto de 1978, este Comité organizó una histórica huelga de hambre en la Catedral Metropolitana, la cual tuvo como resultado que, cuatro días después, el presidente José López Portillo anunciara en su informe de gobierno una Ley de Amnistía. Gracias a ésta, mil 500 presos políticos fueron puestos en libertad, se permitió el regreso al país de 57 exiliados y se cancelaron dos mil órdenes de aprehensión; al año siguiente, fueron hallados también 148 desaparecidos. Muchos no lo saben, pero el lema con el que reclamamos al Estado la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa fue acuñado cuatro décadas antes por Rosario Ibarra, cuando buscaba a su hijo y jóvenes desaparecidos como su hijo: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

La carrera política de Rosario Ibarra no se limitó al activismo en favor de las víctimas: en 1982 se convirtió en la primera mujer que contendió a la presidencia de la República. Lo hizo representando al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), donde (lo puedo presumir con orgullo) conoció a mi padre: el filólogo y luchador social Ignacio Osorio Romero. Fue diputada federal por el PRT de 1985 a 1988 y, en este mismo año, nuevamente fue candidata presidencial y, meses más tarde, protestó contra el fraude electoral a Cuauhtémoc Cárdenas (como protestaría también, 18 años después, contra el fraude de 2006 a Andrés Manuel López Obrador, hoy presidente de México). Defensora incansable de los desprotegidos, en 1994, siendo diputada federal por el PRD, apoyó al EZLN y la Convención Nacional Democrática promovida por éste. De 2006 a 2012 fue senadora, elegida como candidata externa por la Coalición por el Bien de Todos (formada por el PRD, el PT y Convergencia). Como senadora, presidió la Comisión de Derechos Humanos de su cámara y logró que el Congreso de la Unión aprobara una importante reforma constitucional en esta materia. Asimismo, en 2008 formó parte del grupo de senadores que tomó la tribuna durante varios días para impedir la privatización del petróleo.

La Medalla Belisario Domínguez se suma a una larga lista de reconocimientos que ha merecido la lucha política de Rosario Ibarra. Fue nominada al Premio Nobel de la Paz en 1986, 1987 y 2005. En 1991, trabajadores de la Ford le otorgaron un reconocimiento por el apoyo solidario a su lucha. Al año siguiente, la Fundación Don Sergio la distinguió con el primer Premio Nacional de Derechos Humanos Sergio Méndez Arceo, el cual compartió ex aequo con el obispo Samuel Ruiz. En 1999, recibió el Premio Especial Testimonio Roque Dalton, otorgado por el Consejo de Cooperación con la Cultura y la Ciencia de El Salvador. La Asamblea Legislativa del entonces Distrito Federal le hizo un homenaje en el año 2000 por sus 25 años de lucha y, un lustro más tarde, le entregó la Medalla al Mérito Ciudadano. También en 2005 recibió la Medalla Emilio Krieger, de la Asociación de Abogados Democráticos, y, hace apenas unos meses, la Cámara de Diputados le otorgó la Medalla al Mérito Cívico Eduardo Neri.

Edgard Sánchez, amigo y compañero de lucha en el PRT, considera que el legado de Rosario Ibarra tiene tres dimensiones principales: como defensora de los derechos humanos, como feminista y como figura política distinguida por su congruencia. En las líneas de arriba algo (muy poco) he dicho ya sobre lo primero y lo último. A propósito he dejado para el final el tema del feminismo. Dije ya que, en 1982, Rosario fue la primera candidata mujer a la presidencia de la República. Es necesario insistir en el significado de ese hecho en un país donde el derecho al voto femenino había podido conquistarse apenas 28 años antes (en 1954). Aun las mujeres más conservadoras y ajenas al auténtico feminismo —que no era una lucha contra los hombres, como hoy se malentiende, sino una lucha de la mano de los hombres contra los abusos del capitalismo industrial— tienen una deuda con Rosario Ibarra. Hago mías las palabras que pronunció Edgard Sánchez en 2007: “Además del derecho al voto, la candidatura presidencial de Rosario empujó el reclamo por el derecho de las mujeres a ser votadas a las principales responsabilidades políticas y ejecutivas, así como la obligación de los partidos de postular también candidatas a cargos de elección popular, reclamo que fue avanzando por medio de la acción afirmativa de cuotas en las listas de los partidos y que ha abierto el paso a mujeres a mayores responsabilidades políticas, de todas las corrientes políticas e ideológicas, incluso de mujeres y partidos sin conciencia sobre la condición de las mujeres ni una perspectiva feminista”.

A mi juicio, el gran mérito de Rosario Ibarra es haber transformado —con fortaleza, templanza y generosidad— el dolor particular de una madre por su hijo en sendas conquistas para todo el pueblo de México: mayor atención a los derechos humanos (mediante la protesta) y a los derechos de las mujeres (mediante la praxis). Acaso no haya palabras más adecuadas para expresar la lucha de Rosario Ibarra que las suyas propias: “Primero fui la hija del ingeniero Ibarra, después fui la esposa del doctor Piedra, luego fui la madre de Jesús Piedra —el guerrillero— y ahora soy Rosario, Rosario Ibarra. Hablé ya con mi marido y le dije: «Oye, papito, ya no voy a poner en la campaña [de 1988] que soy Rosario Ibarra de Piedra: voy a poner solamente Rosario Ibarra. ¿No te molesta?». Y él me dijo: «No hay problema, si en realidad yo debería ser Jesús Piedra de Rosario»”.