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La ecuación de la vejez

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Boris Berenzon Gorn.

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad” (Gabriel García Márquez).

En la Biblia aparece a menudo el mandato “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo, 20, 12; Deuteronomio, 5, 16; Mateo, 15, 4; Efesios, 6, 2-3). Compleja tarea para la mayoría de los occidentales es asumir tal mandamiento, pues la tarea de honrarlos puede ser por sí misma una contradicción, porque o se trasciende a los progenitores o se consuma su deseo. Una de las claves para que surja el ser como sujeto consiste en que el individuo alcance autonomía frente a su familia nuclear —es decir que cree, conciba o establezca un nuevo mundo—, y allí aparece una de las más grandes dudas existenciales. Hay muchas preguntas y muchas respuestas en torno a esta situación, pero (como bien lo ha señalado Julia Kristeva), mientras no concibamos algo mejor que la familia, el síntoma de la independencia estará marcado por la culpa de ser o por “el dolor de ya no ser” (como diría el tango).

¿De dónde nace el miedo a la vejez? Quizá del pecado introyectado en nosotros por la manera como creemos que hemos tratado a nuestros padres y a nuestros abuelos. Los dejamos en el abandono, decimos que ya hicieron su vida o por lo menos lo intentaron, pensamos que se las arreglarán solos y, en secreto, deseamos nunca estar en sus zapatos. Ésa es quizá una de las principales razones del miedo: el espejo en el que nos vemos disminuidos desde una idea absurda de lo eterno que siempre lleva al caos de la melancolía. Hoy parece que el mundo de los jóvenes nos agobia. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha informado que, entre 2000 y 2050, se duplicará la población de ancianos mayores de 60 años, pasando del 11 al 22 por ciento.

Hacemos lo mismo con los viejos de la calle (adultos mayores, como los llaman ahora). Les tocamos el claxon para que crucen más rápido, nos desesperamos si están delante de nosotros en la fila del banco o del supermercado y despreciamos su lentitud sobre todas las cosas. Creemos que nunca llegaremos ahí, que no será pronto o no en esas condiciones. Pero el destino aguarda…

Mientras tanto, el sistema de consumo en el que vivimos inmersos —y al que respondemos como ratitas pavlovianas— refuerza nuestra aversión. Nos pide que valoremos esta etapa porque al acabarse terminará la vida. Tiene lógica: al acabarse nuestra etapa productiva dejaremos de ser objeto de interés para el sistema; la gran mayoría ya no tendrá un céntimo que darle. Valorarla, claro, significa gastar todo lo que podamos en estos años maravillosos; de ser posible, endeudarnos incluso hasta la vejez, para que la pensión —en el caso de quienes puedan darse ese lujo— pertenezca también a los bancos.

La fuente de la eterna juventud sigue allí proyectando su espejismo. Nuestra primavera se alarga cada vez más. Nos venden cuantos productos pueden inventarse para que nos aferremos a una vida sin vejez. Conviene al sistema que así sea, que a los cincuenta conservemos el ímpetu de los veinte, el impulso de gastarnos todo el dinero que caiga en nuestras manos en objetos y experiencias que no necesitamos. “Siéntete joven, siéntete libre de gastar”, porque eso significa ser joven para el sistema: creer que todo lo mereces, que ese sueldo ridículo te hace el dueño del mundo.

Veo a cada rato el síntoma. Cada vez que platico con la gente de mi generación —sean amigos, sean familiares—, yo admito ante ellos que ya estamos en el cajón de la middle age; que ya vamos para la vejez —¡y en caída libre!—; que nadie se salva de ese tren, a menos que la muerte te intercepte antes, y creo yo que nadie quiere eso (aunque los habrá, los habrá: es tanto el miedo a ser viejo). La respuesta es la misma: “Tú envejeces, nosotros no”. ¿Seguros? Parece que soy el único que se mira en el espejo.

“La edad es una actitud”, repiten como si fuera el eslogan de la marca más popular de zapatos deportivos. Pero los engranajes de tu cuerpo cambian. Cambia tu piel, tu pelo, tu vista. Cambia tu estómago (tienes que cuidar a cada rato con qué vas a alimentarlo), cambian tus huesos, cambia tu percepción del tiempo, cambia hasta tu deseo sexual. Pero ellos están bien seguros de que la edad es una actitud.

De algún modo tienen razón. Si entendemos la juventud en términos del sistema —como esa etapa de la vida en la que somos de mayor provecho para el consumo—, entonces sí se trata de una actitud. La vivimos orgánicamente un período y el resto del tiempo nos aferramos a ella. No envejecemos mientras sigamos comportándonos como esos jóvenes consumidores que el sistema desea, forma y perfecciona.

Buscamos nuevos objetos, nuevos servicios —que mandan al sistema el mensaje de que seguimos aquí, jóvenes, vigorosos y con buen nivel adquisitivo. Y así nos las gastamos, escudándonos en los gadgets para sentirnos millennials, en las cirugías plásticas para eternizarnos como Madonna, en el Viagra para intentar tener la vida sexual que no tuvimos a los veinte años, etcétera, etcétera.

Lo dice el dicho: “El corazón no envejece; es el cuero el que se arruga”. Pero lo cierto es que envejecemos toditos por igual. Si no, ¿cuál sería el sentido? El tiempo pasa sobre nosotros para enseñarnos, para darnos perspectiva, para que —aunque sea tarde— notemos lo mucho que no aprovechamos los días pasados y podamos apreciar —por lo menos un poco— los días que nos queden, en las condiciones en que nos lleguen. ¿Quién quiere ser joven por siempre? Quizá quienes no aprecian los atributos mentales y emocionales que uno va adquiriendo con los años.

La vejez es sólo una etapa más de la vida; deberíamos desearla tanto como las otras. Pero no deja de darnos miedo, quizá porque se trata de la antesala de la muerte, quizá porque no sabemos si lograremos vivirla con dignidad. Nadie quiere la enfermedad ni el desgaste del cuerpo, tal vez porque hemos depositado todo lo que nos importa en él, porque no cultivamos lo suficiente el intelecto, el espíritu. No sabemos qué será de nosotros conforme el cuerpo se deteriore. No hemos buscado qué hay más allá.

No tengo el antídoto para este miedo ni sé cómo lo voy a enfrentar yo mismo. ¿Cómo asumiré mi propia vejez? ¿Ya hoy será? Señalo el problema desde el desconocimiento y, claro, también desde la preocupación. Se me ocurre que, para empezar, podríamos comenzar por tratar ya no digamos bien, sino tantito menos mal, a quienes son viejos hoy en día —es decir, como iguales compañeros de viaje, no como tótems ni minusválidos—; podríamos no pelearnos con sus ritmos ni con sus ideas o, si de plano nos sentimos muy osados, incluso acudir a ellos para obtener un poco de las lecciones que hayan recogido a su paso. ¡Quién sabe! Si los tratamos como personas, quizá dejaremos de tener tanto miedo a ser como ellos, y entonces la vejez será honrosa y duradera, mística y fervorosa.

En su ensayo El arte de la mentira política, escribió Jonathan Swift: “La pasión que no arrastra hacia lo maravilloso procede, por su parte, de la inactividad del alma o de su incapacidad para ser conmovida por las cosas ordinarias y vulgares y disfrutar con ellas”. Según Swift, pues, nuestro miedo a la vejez deriva de nuestra incapacidad para disfrutar de las cosas simples —que son en realidad la esencia de la vida. Si logramos ampliar las capacidades de nuestro espíritu, la vejez no será la antesala de la muerte, sino una fuente de placeres inesperados, propios de aquellos a quienes ha templado un largo camino. La ecuación de la vejez será otra.

Manchamanteles

El pasado 2 de octubre comenzó en Ecuador una serie de protestas a causa de las medidas económicas que —obedeciendo al Fondo Monetario Internacional— impuso el presidente Lenín Moreno. Estas medidas afectarían particularmente a los agricultores indígenas, quienes se manifestaron a través de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie). La represión del gobierno ecuatoriano contra la Conaie ha dejado hasta el momento un saldo de por lo menos siete muertos, 937 heridos y 1,121 detenidos. No obstante, el domingo 13 de octubre —fungiendo como árbitros la ONU y la Iglesia Católica—, la Conaie y el gobierno ecuatoriano llegaron al parecer a un acuerdo, por lo que se espera que cese la violencia. Hace ya 85 años (en 1934) que fue publicada una de las obras literarias más importantes para la historia de Ecuador y de toda Hispanoamérica: la novela Huasipungo, de Jorge Icaza. El conflicto planteado en ella es el mismo que ha causado los violentos enfrentamientos de los últimos días: el capitalismo industrial (hoy encarnado en el FMI), asociado con un sátrapa local (hoy se llama Lenín Moreno), violenta los intereses económicos de los pueblos originarios. Las impactantes imágenes de un manifestante asesinado a la vista del mundo entero actualizan brutalmente las palabras finales de la novela de Icaza: “Al amanecer, entre las chozas deshechas, entre los escombros, entre las cenizas, entre los cadáveres tibios aún, surgieron, como en los sueños, sementeras de brazos flacos como espigas de cebada que, al dejarse acariciar por los vientos helados de los páramos de América, murmuraron en voz ululante de taladro: «Ñucanchic huasipungo», «Ñucanchic huasipungo»”. “Nuñacanchic huasipungo” significa en quechua “nuestra parcela”.

Narciso el Obsceno

Hoy tiene la palabra sobre Narciso del maestro Edmundo O’Gorman, de cuyo libro Aforismos (México, UNAM, 1996) en una hermosa y cuidada edición de Gonzalo Celorio cito un fragmento: “Él.- Me encantan las ruinas. Ella.- No seas narcisista”.