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Trabajo invisible

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Marissa Rivera.

Trabajan de sol a sol. No sé si con más dedicación y fuerza que los hombres, pero si con mayor devoción. Ellas saben que el fruto de lo que producen es para bienestar no solo de los suyos.

Desde niña, las vi en el campo, labrar con maestría la tierra. Una de sus múltiples tareas, la otra, quizá la más complicada, en la casa, con la familia.

Mujeres duras, de acero, trabajadoras, dedicadas, liderezas.

El trabajo de las Mujeres Rurales es prácticamente invisible, pese a ser tan productivas, son las más pobres del campo, la mayoría no recibe un salario.

Conozco muchas historias de mujeres rurales que sin preparación alguna se convirtieron en administradoras, profesionistas, técnicas y agrónomas, por el amor a la tierra.

Las vi con el chal amarrado a la espalda cargando un bebé y realizando labores de campo.

O las que, sin la presencia del marido, muy temprano, antes de salir al campo recolectaba 10-15 huevos de sus gallinas, para intercambiarlo por café, arroz, pan y azúcar, por ejemplo.

No se diga a las que van por los vados de las carreteras cargando la leña, mientras los hombres van por delante con las manos vacías, o de plano no van.

En la casa de una mujer rural, nunca faltaba comida. Ellas sabían cómo y de dónde, pero siempre había para la familia, jamás se cruzaron de brazos.

Ahora, se les reconoce en el Día Mundial de las Mujeres Rurales, pero sobran discursos frente a la realidad.

La distancia es enorme, en México el 93 por ciento de las mujeres rurales vive en una situación muy vulnerable. La desigualdad frente a los hombres, las aleja de un acceso equitativo a la educación. Los servicios de salud son escasos, ni que decir de la seguridad social.

No tienen la misma posibilidad de acceso que los hombres a la tierra ni a créditos, tampoco a materiales agrícolas. A pesar de que según estadísticas las pocas mujeres que han recibido un crédito, han demostrado que son más responsables, en cuanto al pago, que los hombres.

Las cosas para ellas son más complicadas, lo han sido siempre. La masculinización del mundo agrario está muy arraigada a pesar de que las mujeres representan el 51.5 por ciento de los 26 millones de quienes trabajan en el campo.  Es decir, más de la mitad.

Ocho de cada 10 hombres que trabajan la tierra son ejidatarios, en el caso de las mujeres, solo 2 de cada 10 y como podrían ser las cosas diferentes si la Ley Agraria está hecha solo pensando en ellos.

En el mundo, ellas representan el 43 por ciento de la mano de obra agrícola, pero en las remuneraciones, no se refleja.

Tampoco importa que sean pilares del desarrollo en la producción de alimentos, ni que sean las responsables de las tierras porque sus maridos migraron a Estados Unidos a buscar mejor futuro y las dejaron solas. Nada importa, ellas saben resolverlo.

Hay muchos pendientes con las mujeres rurales. Uno de ellos, que es prioritario atender es el de la violencia y la trata como ocurre en varios estados. Porque lo viven en silencio, calladas, más que otras mujeres.

La igualdad en el campo no puede seguir igual, urge que haya políticas o programas que les favorezcan, para que su trabajo y ellas sean visibles, que reciban los apoyos económicos, sociales y hasta las posiciones políticas que merecen.

Rompamos esa brecha. Sus liderazgos y aportes tienen que ser reconocidos.

Solo así, habría razón de celebrar el día internacional de la Mujer Rural.