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La ecuación (de segundo grado) de la vejez

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Boris Berenzon Gorn.

El paso del tiempo se convierte en vértigo cuando pensamos en la vejez. ¿En qué momento sucede?, nos preguntamos cuando estamos ante el espejo —esa ventana que nos revela la acumulación de los años debajo de nuestros ojos. ¿Sucederá o está sucediendo? Nos aferramos a la conjugación futura del verbo, pero en el fondo sabemos que es un presente continuo. Lo sabemos desde que convivimos con nuestros abuelos, y lo atestiguamos más de cerca con nuestros padres. ¿Por qué seríamos la excepción?

Quizá, más que una negación, se trate de un vacío con respecto a las expectativas que desde jóvenes sembramos. Incluso en la juventud surge esta incertidumbre de envejecer. Susan Sontag, quien a sus dieciséis años ya tenía pensamientos profundos al respecto, dio con el meollo del conflicto. En uno de sus Diarios escribió: “El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente”.

“Las sociedades modernas tienden a concebir el pasado como una categoría emocional extremadamente significativa y a considerar que las emociones ancladas en el pasado tienen consecuencias en el presente y en el futuro del individuo”, ha razonado Martha Nussbaum en su libro Envejecer con sentido. En relación con la línea planteada por Sontag, podríamos pensar que Nussbaum invierte la ecuación para dar mayor peso al pasado y a la nostalgia con la que miramos quiénes fuimos, no al presente de quienes no pudimos ser, en el cual insiste Sontag.

“Todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hemos llegado”, sentenció inmejorablemente el poeta Francisco de Quevedo. Esto nos lleva a reflexionar sobre la importancia que hemos atribuido a esta etapa de la vida y sobre por qué nos asusta tanto ser viejos. Si nos detenemos a observar a nuestro alrededor, encontraremos que, en el discurso cotidiano, este miedo se propaga casi más rápido que la luz misma. La industria farmacéutica está más concentrada en crear cremas antiarrugas que en encontrar la cura del Alzheimer.

Esto es un claro reflejo de cómo nuestro entorno nos obliga a clavar las uñas en la pared para que el tiempo no nos arrastre, pero lo inevitable no tiene antídoto: llegará de cualquier modo. ¿Por qué no mejor desprenderse de este miedo paralizante y enfrentar la vejez con la mejor cara? ¿Por qué no la consideramos simplemente un momento más en nuestra vida? ¿Por qué le damos nombres eufemísticos como la tercera edad u otros por el estilo, que más bien la estigmatizan? Todas las edades se distinguen principalmente por nuestros estados emocionales, mentales y físicos. Quizá la vejez no signifique precisamente plenitud, pero sigue significando vida.

“Envejecer es más un juicio social que un hecho biológico”, reflexionó Sontag misma. Para seguir caminando sobre la cuerda floja que implica hablar de la vejez sin caer en el abismo del miedo o de la negación absoluta, podemos pensar que los valores impuestos por la sociedad a esta etapa son altamente dudosos. En el contexto judeocristiano de los diez mandamientos (sobre todo en la cultura occidental), nos han inculcado desde la infancia: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Esto siempre parece implicar la idea de que se les debe honrar y respetar por el hecho de ser mayores. ¿No deberíamos honrarlos y respetarlos simplemente en virtud de que somos seres humanos?

La mitología que hemos construido alrededor de la vejez se ve afectada, sin duda, por los prejuicios y miedos que implica el mero hecho de estar vivos. Más allá de entender la vejez como algo aislado, la asumimos como la culminación de la más absoluta incertidumbre: para empezar, ni siquiera a todos se nos garantiza llegar a esta etapa, y, después —una vez que logramos llegar—, no somos capaces de reparar ni en el tiempo que ha transcurrido.

Pensar en la “etapa final” de nuestras vidas nos inunda de la inconsolable saudade que pregonó Fernando Pessoa en toda su obra —en verso y en prosa. Quizá el error sea verla como el final, porque, si bien se estima que se llega a ese momento a la edad de 65 años, la esperanza de vida también ha aumentado significativamente, de manera que la vejez es ya una etapa más larga que en otras épocas, y deberíamos considerarla plena, pues implica un clímax de madurez gracias al cual nuestra mirada se asienta sin prisas y puede comprender la infancia y la juventud para experimentarlas nuevamente con un enfoque distinto (probablemente más sensato).

“No quiero amigos adultos ni comunes. Los quiero mitad infancia y mitad vejez. Niños para que no se olviden del valor del viento en el rostro, y ancianos para que nunca tengan prisa”, escribió Fernando Pessoa, quien, aunque angustiado en apariencia (quizá él habría preferido decir “desasosegado”), vislumbraba la sabiduría escondida en la policromía de momentos que contiene la vida.

Otra escritora que reflexionó sobre el tema fue Simone de Beauvoir, quien publicó en 1970 un libro titulado justamente La vejez. La ilustra feminista toca allí el tema al que me referí en la entrega anterior: el menosprecio de la vejez por el sistema capitalista, el cual, por lo contrario, sobrevalora los años que considera “productivos”: “Sólo interesa el ser humano en la medida en que rinde. Después se le desecha”.

Volvamos a Susan Sontag. Es imprescindible que cambiemos la ecuación. La inquietud de “estar utilizando mal nuestro presente”, esa sombra que acecha a la vejez y toda su simbología —desde cualquier enfoque y contexto socioeconómico—, nos distancia de los hechos que están ocurriendo frente a nuestros ojos. Es una cuestión de perspectiva, que requiere un necesario ajuste de enfoque. La vejez no es la recta final: es una etapa más de la vida que podemos gozar si la hacemos partícipe de todos los momentos vividos durante nuestra infancia y nuestra juventud. Debemos anular el miedo del que estamos invadidos y empezar a construir nuevos discursos, en los que la vejez tenga otro significado.

Manchamanteles

Según el Libro blanco del envejecimiento activo —editado por el Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso) de España—, los medios de comunicación han contribuido en gran medida a generar una imagen estereotipada y negativa de los ancianos. En primer lugar, éstos son simplificados, pues se les trata como si fueran un grupo social homogéneo, cuando es tan heterogéneo como cualquier otro. La manera como se presenta a los ancianos en los medios de comunicación es fundamental para estimular o entorpecer su autonomía personal y su independencia. Si queremos que los ancianos tengan una buena imagen social en la cual se reconozcan, es necesario que los medios reflejen su realidad actual —su heterogeneidad y diversidad, sus aportaciones sociales y económicas, así como su satisfacción con la vida.

Narciso el Obsceno

La sociedad actual es tan narcisista que una de sus contraseñas para la inalcanzable felicidad es mantenerse joven y hermoso, a la par de la exaltación del placer particular y el cuerpo que operan como valores vitales del subyugado hedonista distante del mundo existente. “La dolce vita” (1960) escrita y dirigida por Federico Fellini, ya nos mostraba el inicio de la materialización del hedonismo y la vanidad, como el individuo único, genuino y efectivo en un cosmos de disimulos y apariencias. ¿Será hoy esa la dulce vida?