El odio al otro siempre es el odio al necesitado

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Boris Berenzon Gorn.

El 9 de noviembre pasado se conmemoraron tres décadas de la caída del Muro de Berlín. ¿30 años de fallidos análisis socioeconómicos? ¿6 lustros de lamentables predicciones equivocadas y resultados inverosímiles? Sí, triunfo del pragmatismo y la inmediatez frente a los grandes valores del ser humano.  Recuerdo como si fuera ayer cuando una funcionaria universitaria nos gritaba que ya para qué estudiábamos historia, si estábamos ante el fin de ésta —haciendo alusión al texto de Francis Fukuyama El fin de la Historia y el último hombre. La interpretación de Fukuyama era cómoda y pragmática, pero errónea, y dio paso a la ignorancia acomodaticia, como lo hicieron notar en México Adolfo Sánchez Vázquez y Wenceslao Roces, para fortuna de quienes supieron leerlos.

En aquel contexto, se apostó por la apatía ante el saber y por vulgarizar la filosofía, pero, sobre todo, por el goce perverso con los jugos del mercado y con los enjuagues de un capitalismo en permanente crisis. Hoy, en un primer recuento muy somero y parcial, algunas preguntas recorren el mundo: ¿qué fallo?, ¿por qué este retroceso vital de la sociedad? Una de tantas respuestas es lo que bien podemos llamar la era del odio.

Mucho se ha hablado ya de la xenofobia que caracteriza nuestros tiempos. Las figuras centrales del ajedrez político actual la han hecho manifiesta y la utilizan constantemente, revelando un mal que acecha a nuestras sociedades desde hace décadas, pero que por momentos nos damos el lujo de olvidar. Se odia al migrante y se le utiliza como botín político. Se le da el lugar de la amenaza nacional con fines electorales, y entonces empieza la persecución. He utilizado este espacio también para hablar de la discriminación lingüística, retomando los casos de odio en contra de los latinos en Estados Unidos y de personas indígenas en México. La xenofobia y la aversión a las “lenguas menores” tienen algo en común: en el fondo son maneras de odiar al pobre, al necesitado.

Sabemos que México es un país malinchista; no podemos negar nuestras raíces. Repetimos como un dogma aquello de que los antiguos confundieron a Hernán Cortés con Quetzalcóatl. Probablemente no lo hemos leído en ningún lado. Desconocemos las fuentes que aseguran tal embrollo. Aun así, creemos en ese mantra como si en eso se nos fuera la vida. Señalar a los antiguos nos resta un poco de peso. Nos alivia creer que la deificación de los blancos viene de siglos atrás. Eso nos limpia la consciencia y nos permite pensar que ponernos de tapete es un factor cultural contra el cual no vale la pena luchar.

Todo ese malinchismo —toda esa admiración desbordada a quienes vienen del norte o del otro lado del mar— podría hacernos pensar que México no es un país xenófobo, pero no es así, si bien nuestro malinchismo es selectivo y está atravesado por un elemento crucial: la clase social. El mexicano se pone de tapete ante el extranjero, pero antes de hacerlo desearía evaluar del panorama económico internacional, para no arrastrarse ante aquellos a quienes podría aplastar. Como es incapaz de hacerlo, se deja llevar por otro factor igualmente basado en prejuicios y causante de odio: el color de piel. El mecanismo se perfecciona: se pone de tapete ante los extranjeros, siempre y cuando sean blancos. En segunda instancia, ya con un poco más de conocimiento del otro, decide ser subyugado sólo por los individuos de países primermundistas, pero el factor predominante sigue siendo el racial.

Hace un año tuvimos una demostración terrible de este fenómeno. La caravana migrante que partió de El Salvador, huyendo de la pobreza extrema y la marginación, pasó por nuestro país. Antes de eso, estaba de moda insultar a Trump, romperse las vestiduras por lo mal que trata a los connacionales, por las deportaciones y sus políticas discriminatorias. Pero, tan pronto llegó la Caravana, todos nos convertimos en extensiones de Trump. Fue como si el presidente de Estados Unidos se convirtiera en una serpiente con millones de cabezas. Todos le prestábamos nuestros ojos para ayudarlo a conseguir sus objetivos: impedir el avance de los pobres, de los necesitados, de los que no tuvieron acceso al trabajo ni a la educación, de los morenos. Nuestro pueblo puso sobre la mesa una de sus características más lamentables: que nuestra solidaridad es selectiva y nuestro sentido de la justicia con los migrantes también.

La filósofa española Adela Cortina, experta en ética, ha impulsado un término para nombrar a esta aversión que sienten las sociedades hacia la gente pobre: aporofobia. Cortina se pregunta: ¿molestan los extranjeros o lo que molestan son los pobres, sean extranjeros o de la propia casa?, ¿por qué los turistas nos caen bien, pero los refugiados no? Lo que la filósofa sostiene es que, al estar nuestra sociedad basada en el contractualismo, rechazamos a todos aquellos de quienes creemos que no podemos obtener nada. Es cierto: de los pobres no vamos a obtener ningún valor material, pero el valor de una persona, su dignidad, su creatividad, su capacidad de impactar positivamente en una sociedad no recae en su dinero.

Cortina impulsó el uso de la palabra aporofobia debido a que “una de las maneras de darse cuenta de que algo existe es ponerle un nombre” y, como ella lo nota, es necesario hacer ver que esta aversión existe, porque es necesario combatirla, porque “va en contra de la dignidad humana y de la democracia”. Este tipo de discriminación no hace más que minar los valores sobre los cuales presuntamente se construyen nuestras sociedades. “No puede haber una sociedad aporófoba y a la vez democrática”, sentencia Cortina.

Dejando por un momento de lado las palabras democracia y otredad, yo me detendría a hacer un análisis mucho más introspectivo. Para empezar a entender y erradicar la aporofobia, yo me preguntaría: ¿qué odiamos de nosotros mismos al odiar a los pobres?, ¿qué parte de nosotros vemos reflejada en la gente a la que discriminamos?, ¿qué desprecio profesamos contra nuestra propia lengua cuando desdeñamos la lengua de los otros? Para luchar contra el odio, primero hay que mirar esas partes de nosotros donde se produce. Estoy seguro de que allí encontraremos verdades reveladoras. El espejo de la otredad nos golpea con gestos aciagos que revelan nuestro perfil social.

Manchamanteles

Hace ya más de un siglo que irrumpió en la literatura mexicana un género que la renovó por completo: la novela de la Revolución Mexicana. Aunque suele considerarse que el género nació en 1915, con la publicación hemerográfica de Los de abajo, de Mariano Azuela, hay antecedentes desde fines del siglo XIX, con obras como La bola (1887), de Emilio Rabasa; Tomóchic (1892), de Heriberto Frías, y La parcela (1898), de José López Portillo y Rojas. De la misma manera que las violentas rebeliones durante el porfiriato anunciaban el gran movimiento social y político que comenzó en 1910, tales relatos prefiguraban la novela de la Revolución. Pese al caso señero de Los de abajo, la novela de la Revolución se desarrolló sobre todo una vez que el conflicto bélico había terminado. Algunas de las obras más importantes son La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán; Vámonos con Pancho Villa (1931), de Rafael F. Muñoz; La ciudad roja (1932), de José Mancisidor; Ulises criollo (1935), de José Vasconcelos; El resplandor (1937), de Mauricio Magdaleno; Tropa vieja (1943), de Francisco L. Urquizo; La muerte de Artemio Cruz (1962), de Carlos Fuentes; Los relámpagos de agosto (1964), de Jorge Ibargüengoitia, y El tamaño del infierno, de Arturo Azuela (1973). Aunque es muy común hablar exclusivamente de novelas, no debe olvidarse la importancia que tuvo también el cuento. Algunas de las colecciones de cuentos de la Revolución más importantes son El águila y la serpiente (1928), de Martín Luis Guzmán; Cartucho (1931), de Nellie Campobello; El feroz cabecilla (1936), de Rafael F. Muñoz, y, por supuesto, El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo. Siempre es una buena ocasión para volver a cualquiera de estos clásicos de la literatura mexicana. Una de ella puede ser el aniversario de la gesta revolucionaria.

Narciso el Obsceno

Lina desde Tarragona (España) y Francisco desde Campeche (México) fueron aventurados y se conocieron en las redes sociales. Allí, en la quimera de la pantalla mayor del narcisismo, se enamoraron el uno del otro (o eso creen). Lo cierto es que se enamoraron de un espejismo: ellos mismos. Hace poco los vi en una fiesta: ella no puede ser feliz si no es el centro de todo, y él tampoco. Son molestos, gritan e invaden el mundo porque tienen que ser, pero nadie ve que son infelices porque viven para los demás. La obscenidad de Narciso les pregunta todos los días qué oculta su necesidad de protagonismo. ¿Será que son muy vacíos? Usted debe tener a su Lina y a su Francisco. Ponga atención, y le aseguro que los encontrará. No huya de ellos, pero tampoco se acerque mucho.