Imposición de la fe

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José C. Serrano.

Por estos días, dos figuras señeras, el Papa Francisco y el filósofo Enrique Dussel, ocupan destacados espacios en los medios informativos. El pontífice de Roma deja al descubierto su preocupación por la crisis de vocaciones sacerdotales que padece la Iglesia católica. Piensa en voz alta que sean los diáconos quienes provean algunos servicios religiosos; sortea, no sin dificultad, una añeja contradicción: celibato vs matrimonio.

El doctor Dussel, profesor emérito de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) recuerda que los golpes de Estado como el de Pinochet en Chile, los que dirigían el movimiento lo hacían con la consigna de afirmar una civilización occidental y cristiana contra el comunismo y el socialismo.

Ahora, dice, “ya no es la civilización occidental y cristiana católica de derecha, sino que estamos viviendo un fenómeno nuevo y es que son las iglesias evangélicas fundamentalistas las que están apoyando el proceso brasileño, de igual manera que ocurrió en El Salvador y que está llegando a México”.

El fenómeno del evangelismo se ha expandido por toda América Latina y eso se debe, aclara Dussel, porque “cualquier buen orador puede poner un grupo religioso, vive de eso y no necesita mucha cultura teológica, ni formación, ni organización, sino que se va propagando como un negocio”.

Un pastor aprende de otro cierto lenguaje, ciertos usos de textos bíblicos y arma un argumento que “ya no es propiamente mesiánico, evangélico, sino ideológico contemporáneo, pero con textos bíblicos”.

Con esta palmaria descripción pareciera que don Enrique Domingo Dussel Ambrosini, nacido en el departamento de La Paz, provincia de Mendoza en Argentina, hace 85 años: filósofo, escritor, historiador y teólogo pusiera frente a los ojos de sus lectores la crónica de algunos pasajes de la conferencia de prensa que el presidente López Obrador enjareta a los periodistas que aguantan con estoicismo los desplantes de un predicador.

El jefe del Estado Vaticano, Jorge Mario Bergoglio Sivori, oriundo de Buenos Aires, Argentina, nacido en 1936, reconoce que aun en las condiciones actuales por las que atraviesa la fe católica el fenómeno de los diáconos está en auge, al contrario que la ordenación de nuevos sacerdotes, que está en crisis. En los últimos 20 años se ha duplicado el número de diáconos en el mundo: de unos 25 mil 100 en 1998 pasaron a 46 mil 896 registrados hasta este año de 2019.

En México, la aparición de esta figura paralela al sacerdocio tuvo lugar en la diócesis de San Cristóbal de la Casas, Chiapas, entre los años ochenta y noventa del siglo pasado. El obispo emérito Samuel Ruiz García, se confrontó con el Vaticano por el impulso que dio en la entidad al desarrollo de la llamada iglesia autóctona, a la que consideraba la aportación de los pueblos indígenas y la búsqueda de su bienestar terrenal, como parte de la construcción de la iglesia moderna.

Estas diferencias hicieron que la alta jerarquía católica detuviera el proceso de ordenación de diáconos indígenas desde el año de 2002. Fue en 2014 cuando el Papa Francisco levantó esa prohibición: en el propio Vaticano se generan robustas contradicciones.

El tema da para muchas horas de discusión y discernimiento. Tal ejercicio podría beneficiarse con la lectura del libro ¿En qué creen los que no creen?, publicado por la Editorial Taurus en 1997. Sus páginas contienen un amigable diálogo entre Umberto Eco, escritor, profesor de semiótica y filosofía del lenguaje y Carlo María Martini, sacerdote jesuita y cardenal de Milán desde 1983 (ambos ya fallecidos).

En la página 87 del texto referido aparece el fragmento de una misiva del cardenal al escritor: “Estoy, sin duda, de acuerdo con usted. Toda imposición desde el exterior de principios o comportamientos religiosos a quien no está de acuerdo, viola la libertad de la conciencia. Es más, diré que si estas imposiciones han existido en el pasado, en contextos culturales diversos de los actuales y por razones que hoy no podemos compartir más, es justo que una confesión religiosa las repare“.

¡No más la imposición de la fe por el embate del renovado fundamentalismo religioso!