Alejandro Rodríguez Cortés

Alejandro Rodríguez Cortés*.

Este domingo salieron a votar más de 45 millones de mexicanos. Y lo hicieron en una elección en la que no se elegiría al presidente de la República, aunque Andrés Manuel López Obrador estaba en la mente de todos los sufragantes.

Porque el propio mandatario así lo perfiló durante la primera mitad de su gobierno: o se está a favor de su proyecto de gobierno o se está en contra suya. Por eso la elección fue dicotómica, plebiscitaria.

Y si bien no le fue mal al partido gubernamental Morena, que se perfila para ganar la mayoría de las 15 gubernaturas en disputa, las señales importantes vienen por otro lado: a nivel federal, para renovar la Cámara de Diputados, casi la mitad de los mexicanos que fuimos a las urnas mandamos un poderoso mensaje de que no queremos un poder omnímodo, unipersonal, como pasó durante muchos años en el siglo XX y en el primer trecho de esta administración.

Los morenistas, su jefe máximo incluido, se confiaron en la cifra mágica de los 30 millones de votos que obtuvo López Obrador en 2018. Pero en esta ocasión, los sufragios morenistas en la elección federal llegaron a 16.5 millones, en tanto que 19 millones 500 mil fueron para otras fuerzas políticas.

No es cosa menor. Morena pierde -aunque increíblemente el presidente y sus voceros lo nieguen- la mayoría calificada que les permitió promover cambios constitucionales desde la Cámara de Diputados. Mantienen la mayoría absoluta de la mitad más uno, si se le suman las curules que obtendrán los partidos Verde, del Trabajo y unos cuantos de los 3 nuevos grupos políticos que no alcanzarán el registro: Partido Encuentro Solidario, Fuerza por México y Redes Sociales progresistas.

A ese mensaje de que los mexicanos queremos contrapesos al poder presidencial manifiesto en la primera mitad de su mandato, se suma la debacle del partido gubernamental en la ciudad de México, que quedó dividida materialmente en dos: el oriente ganado por Morena y el poniente por la alianza opositora PAN, PRI y PRD, que se extiende hacia los estados de ese lado del valle de México correspondientes al Estado de México: Naucalpan, Tlalnepantla y Huixquilucan

Por más que desde la mañanera el presidente de la República festeje un triunfo que sí obtuvo, pero que no lo hizo como quería, el equilibrio político viene y tendrá que obligar a Palacio Nacional a buscar acuerdos para gobernar.

Por lo demás, la elección deja muy mal parados a los 2 candidatos presidenciales favoritos de Andrés Manuel López Obrador para 2024: a la jefa de gobierno de la capital, Claudia Sheinbaum, donde la debacle es clara para la mal llamada Cuarta Transformación, y al canciller Marcelo Ebrard, cuyo pupilo Mario Delgado no entrega las cuentas que se esperaban de él como presidente de un partido hecho pedazos en su interior, y que si mantiene mayorías es porque éstas se construyen en torno a la figura del caudillo.

Por otro lado, al ganar David Monreal en Zacatecas, su hermano líder del senado Ricardo Monreal consolida su proyecto como prospecto presidencial, al ratificar su condición del segundo hombre políticamente más poderoso después del ocupante de Palacio Nacional.

En fin, los discursos oficialistas pueden presumir una victoria, pero ésta será pírrica. Los contrapesos harán que México sea mejor de lo que ha sido en los últimos 30 meses porque no habrá una aplanadora de ocurrencias, revanchas, resentimientos y venganzas de un hombre que nada más no aprende que se le eligió para gobernar a 126 millones de mexicanos y no solamente a la mitad de ellos.

 

*Periodista, comunicador y publirrelacionista.

@AlexRdgz

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