Inclusión, equidad y tolerancia

Alejandro Rodríguez Cortés

Alejandro Rodríguez Cortés*.

Vivimos tiempos en que los que lo supuestamente correcto se lleva a extremos de convertir a quienes pugnan por sustentabilidad, inclusión, equidad y tolerancia, en contaminadores, discriminadores, injustos e intolerantes.

Por ejemplo, los movimientos ambientalistas son desde hace años receptores de millonarios recursos forjadores de grandes y ricas organizaciones que contaminan su lucha -vaya paradoja- con la política y los políticos. Vaya, en México existe un partido ecologista que logró su registro y prerrogativas económicas con la bandera verde, y que se ha aprovechado de ella para mantenerse como un sucio negocio de ofrecer votos y apoyo al mejor postor.

Luchas nobles de activistas y de las llamadas ONG’s han sido objeto de escrutinio público por manejo sospechoso de fondos o alianzas insospechadas con gobiernos que de cualquier manera poco han logrado para alcanzar objetivos en el combate del cambio climático.

Eso sí, decir que se es ecologista da cierto “status” de progresista, como supuestamente lo son por su mera etiqueta los defensores de derechos LGBT, las feministas a ultranza, protectores de animales, promotores de equidad, veganos y muchos otros que a veces llevan sus consignas a los extremos que dicen combatir.

Causas sensatas que sin embargo pueden tener más visibilidad por el escándalo de los más radicales que por sus propios motivos intrínsecos: piden diversidad y desprecian a quienes no piensan como ellos; exigen respeto pero acaban violentando, aunque su ira pudiera eventualmente explicarlo sin justificarlo; agreden desde la bicicleta a los automovilistas, o desde la mesa vegetariana a quienes osamos consumir productos cárnicos; claman por una supuesta justicia en la nominación de géneros, calificativos o incluso nombres propios.

Son tiempos en que equipos deportivos deben cambiar su apelativo por supuesta discriminación a grupos tribales; en que el grito de aficionados al futbol es considerado homofóbico cuando creo que es simplemente un modismo utilizado por los propios y extraños, como si al contrario fuera un insulto el mote “buga” con el que se nos asocia a los heterosexuales.

Un gran amigo, científico él, me hacía ver esta mañana que nada más falta que los protectores de animales exijan quitar el nombre de “Osos” al equipo de futbol americano profesional de Chicago, o “Tigres” al representativo de la Universidad Autónoma de Nuevo León. O que prohíban el ajedrez por tratarse de una lucha entre piezas blancas (que salen primero) y negras, por sacrificar caballos o matar a un rey después de eliminar un gran número de peones.

El “correccionismo” exagerado nos hace, me dice correctamente mi amigo, vivir la ironía de que los “movimientos” más desiguales e intolerantes son los que enarbolan precisamente la equidad y la tolerancia.

Y más allá de eso, en México está una supuesta superioridad moral de los “progresistas” que apoyan el desastre de un gobierno que prometió una transformación y que ha propiciado más bien una generalizada destrucción de instituciones y políticas públicas virtuosas.

Tal vez ha llegado la hora de que los “fifís conservadores”, con que se nos etiqueta a los críticos del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, nos quejemos de una constante discriminación y del atropello a nuestro derecho de disentir. Lo digo irónicamente, porque yo sí creo en la tolerancia, y critico seriamente la intolerancia de los “tolerantes”.

 

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

@AlexRdgz

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