Los libros y los lectores 

Por. Miguel Ángel Sánchez de Armas 

Me parece un despropósito teorizar sobre la relación que tenemos con los libros. Es como querer interpretar la relación que tenemos con lo humano. Así como un tono de voz, un aroma o un roce de piel nos pueden cambiar la vida, también el párrafo de un libro, el resplandor de una frase o la melodía de una metáfora pueden tener sobre nosotros el efecto de un rayo y poner de cabeza el mundo en el que hasta en ese momento vivíamos plácidamente. 

Setecientos años antes de nuestra era los sumerios conocieron la maravilla de los libros en tabletas de arcilla. Me imagino a un paterfamilias rodeado por su extensa prole, leyendo en voz alta las aventuras de Gilgamesh por el puritito gusto de escuchar la melodía de esos versos maravillosos resonar en su villa de Uruk. 

Y pienso en los chamacos con el corazón acelerado proponiéndose emular la hazaña del héroe que somete a un feroz león africano con el brazo izquierdo al mismo tiempo que inmovilizaba a una fiera serpiente con el derecho. 

Las aventuras de Gilgamesh con su camarada Enkidu nos siguen fascinando tres mil años después. Los amigos hacen un largo viaje en busca de aventuras, en el que se enfrentan a animales fantásticos y peligrosos. 

Conocen a la diosa Innana y esta cae rendida por la apostura de Gilgamesh. Pero él no corresponde a la pasión y descubre que a una deidad no se le da el esquinazo sin consecuencias.  

Despechada, la diva ordena al Toro de las Tempestades vengarla, pero Enkidu y Gilgamesh ultiman a la bestia. Este crimen provoca la ira de otras divinidades y… y hay que leer esta fascinante saga para saber qué sigue.

Hoy tenemos evidencias de que la épica de Gilgamesh, cuya lectura embelesó a los sumerios muy probablemente llevó a Homero a escribir La Iliada. 

El libro en forma de códice e impreso en papel, tal y como lo conocemos actualmente, aparece a finales del siglo XV, pero la celebración mundial de su día apenas tiene 25 años. Fue en 1996 cuando la UNESCO declaró el 23 de abril como la fecha para celebrar este objeto lo mismo enaltecido que vilipendiado o temido, como con gran frecuencia nos lo recuerdan los fanáticos y los políticos mediocres. 

Los extremos de este timor libris van desde un alto funcionario mexicano de pena ajena que prohibió a su hija leer Aura de Fuentes, otro igual de pena ajena que sataniza a quienes leen por placer, hasta la orden de arresto contra el “agitador revolucionario Matigari por conspirar para derrocar al régimen” librada por el gobierno de Nigeria cuando Nguyi wa Th´iongo publicó con ese nombre una novela ¡basada en una leyenda kikuyo!   

En apariencia inocente, el libro es un símbolo del saber y quizá por ello la relación entre libros y poder transita entre vicisitudes. Los libros encierran misterios, son objetos polifacéticos con los cuales se entabla un vínculo complejo. Me parece que se han creado una serie de mitos alrededor de él y de su significado, sobre los que me gustaría reflexionar. 

Mito 1. La lectura es muy valiosa y se le debe impulsar.  

En las sociedades modernas, especialmente en las que se definen como democráticas, el libro ocupa un lugar privilegiado en el discurso oficial y educativo… pero las políticas públicas orientadas a fomentar la lectura o no han sido las adecuadas o algún compló las ha truncado. Políticos y funcionarios de la educación (pública y privada) se llenan la boca con arengas y se organizan ferias, talleres y encuentros, pero las frías cifras dicen que en nuestro país el consumo de libros es de 2.9 al año por cabeza.  

Mito 2. La lectura está al alcance de todos, es cuestión de decidirse. 

Hace años, cuando los canales de televisión se contaban con los dedos, era una excentricidad consumir la programación cultural. Con los libros sucede algo similar: no hay entrenamiento. Los niños y jóvenes en edad escolar leen lo mínimo para cumplir las obligaciones escolares porque no hay programas que los introduzcan verdaderamente a la lectura… algo comprensible si sus maestros entran en el universo que lee 2.9 libros per annos singulos. 

 Enseñar a leer por placer no es una tarea a la que se apliquen padres ni docentes, porque muchos de ellos desconocen absolutamente tal gozo. Lo mismo vale para altos funcionarios responsables de la educación pública. 

Mito 3. No se lee porque las computadoras han desplazado a los libros. 

La importancia creciente que ha adquirido el uso de las tecnologías de la información y la comunicación sólo ha modificado el soporte del material de lectura, de modo que quienes adquieren el gusto de leer, lo mismo lo hacen en un libro tradicional que en una computadora, en un teléfono móvil o en otros aparatos. La nostalgia de oler la tinta es eso, nostalgia, porque sólo cambian los artefactos en los que se lee, pero el proceso de aprendizaje o simplemente de disfrute que puede producir leer en un libro impreso o en un archivo es el mismo. (El autor confiesa que cayó en pecado y disfruta harto de su Kindle… con el peligro para la civilización occidental que esto representa.) 

Mito 4. En la actualidad es más fácil tener acceso a materiales de lectura gracias a las tecnologías de la información y la comunicación.  

Este gran mito se ha creado debido a la rapidez en la transmisión de información que ofrecen las TIC y a la disponibilidad de materiales en internet, aunque en realidad no siempre favorecen la lectura. Es como la persona que desea perder peso y se da a la tarea de guardar recomendaciones de dietas, sin comenzar nunca una. Las posibilidades que ofrecen las TIC para la lectura no han sido suficientemente exploradas y se han visto rebasadas por el uso intensivo de las redes sociales, donde prevalece el uso de convivencia social virtual sobre el de intercambio de información.

La desmitificación sólo tendrá visos de realidad si se reconoce la paradoja de que el placer de la lectura es un problema sencillo y al mismo tiempo de gran complejidad. Es necesario aplicar políticas públicas que vayan al fondo del asunto. ¿Cómo hacer que los niños y jóvenes lean aunque sus padres y maestros no lo hagan? ¿Cómo articular programas en los que se haga participar a quienes sí desean favorecer la lectura? ¿Cómo aplicar programas en los que sea más importante ganar adeptos a la lectura que dar reportes de interés político sobre las acciones realizadas?

Podríamos ensayar abriendo las ventanas de la escuela y echar a la calle las declaraciones, las ceremonias y los eventos para centrarnos en construir una zona de placer y disfrute para la lectura. Cada lector ganado debe considerarse un triunfo, no una estadística. Quizá tendremos así mejores resultados como sociedad. Me es inevitable recordar el pasaje de La sociedad de los poetas muertos cuando el profesor (Robin Williams) invita a los alumnos a descuajar del libro de texto de poesía la introducción culterana y pedante y zambullirse en el placer de la musicalidad poética. 

Pienso que el espacio natural para la fiesta del libro debieran ser las bibliotecas… cuando se reeduque a la mayoría de los bibliotecarios -de ser necesario mediante una versión no sangrienta de la revolución cultural del llorado Mao- para que construyan espacios de diversión en donde hoy administran sus celdas cartujas.  

En otros países la biblioteca permanece abierta en las noches y los fines de semana y a los jóvenes se les permite estudiar en piyama, tomar refrescos, consumir papitas, reírse y hacer grupos de trabajo… mientras que acá la biblioteca es un templo de solemnidad en donde un Zeus formidable arroja rayos a quien alce la voz u, ¡horror!, mordisquee una torta a escondidas mientras lee su mamotreto.  

Con el corazón dolido digo que de esto no se salva ni la biblioteca de mi propia universidad. 

Y mientras… en Highgate los restos del de Tréveris se revuelcan de risa por los disparates de un mexicano que lleva su nombre… 

 

 

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