Deber moral de la tolerancia 

Por. Miguel Ángel Sánchez de Armas

Salvo para misántropos, la historia del hombre es una cadena de esfuerzos más larga que la Cuaresma por lograr vivir y sobrevivir en comunidad, por alcanzar un punto en la convivencia donde las necesidades, deseos, puntos de vista o preferencias diversas —tan variados como los seres humanos— puedan coexistir más o menos en paz. 

La intensidad de los esfuerzos es proporcional a las resistencias que se oponen a la manifestación de las distintas preferencias —políticas, sexuales, religiosas o de pensamiento— o que intentan evitar que estas alcancen el lugar que deben tener en la sociedad.  

A veces no se trata sólo de resistencias, sino de una oposición abierta y declarada a admitir que hay otro distinto que tiene el mismo derecho de mostrar la diversidad, una diversidad en ocasiones elegida y en otras no, como son las diferencias raciales. 

La intolerancia es, entonces, una cuestión de poder, de cómo se ejerce, si existen o no acuerdos para ello y el tipo de sociedad que se pretende lograr con tales características del ejercicio del poder. 

Los rasgos más lamentables de la intolerancia aparecen por la resistencia a admitir que hay otro distinto que cuestiona una forma de ser ya admitida, una estructura de poder o de pensamiento que logró la aceptación voluntaria o impuesta.  

¿Qué otra cosa si no, son los fundamentalismos políticos o religiosos, el racismo, el sexismo, el autoritarismo o la homofobia? 

Por eso la tolerancia es uno de los valores fundamentales de la democracia. Y aunque esto es algo por lo que claman todos los días en sus desiertos los apóstoles del pluralismo, lo cierto es que la intolerancia sigue hoy entre nosotros más campante que el conejito de las pilas.  

El término tolerancia se usa mucho, pero con frecuencia se queda en un nivel muy elemental, como en el de soportar farisaicamente al que difiere de mi punto de vista o mi visión del mundo.  

La tolerancia es un concepto más complejo, que incluye un proceso de recomposición de mi propio punto de vista para colocar en un cierto lugar las diferencias que tengo con el otro.  

Pareciera que nos hemos quedado en un nivel de debate muy primario: acepto —porque la ley así lo determina y no por otra cosa— que otro piense diferente. Pero mi cosmovisión no lo admite y en el momento que sea oportuno intentaré arrebatarle esa opción de ser, de tener un lugar, para que sólo queden quienes comulguen conmigo. 

La tolerancia, nos dice Amos Oz, implica también compromiso. Tolerancia no es hacer concesiones, pero tampoco es indiferencia. Para ser tolerante es necesario conocer al otro. Es el respeto mutuo mediante el entendimiento mutuo. El miedo y la ignorancia son los motores de la intolerancia.  

La tolerancia es armonía en la diferencia. No sólo es un deber moral, sino una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz. 

La tolerancia es la virtud indiscutible de la democracia. La intolerancia conduce directamente al totalitarismo. Una sociedad plural descansa en el reconocimiento de las diferencias, de la diversidad de las costumbres y formas de vida. 

Es importante considerar que no hay intolerancia pequeña; no existe la intolerancia inofensiva. En ocasiones hay fenómenos acumulativos.  

La agresión verbal hacia las mujeres, muy común en la violencia de género, puede escalar a la violencia física y terminar, como lamentablemente sucede, en feminicidio.  

Ocurre igual con otros hechos, en apariencia simples, que van degradando la convivencia social y pueden terminar en problemas de magnitud importante, como discriminar a los jóvenes por su apariencia, estacionarse en lugares reservados, entregar o recibir una “mordida” o simplemente no saber respetar los turnos de una fila. 

También se expresa cuando el poderoso decide colocarse más allá de las normas cívicas y legales que regulan la vida de la comunidad, para alcanzar los objetivos que él mismo ha juzgado de orden superior, en una versión cívica de los reyes taumaturgos que tan certeramente describiera Marc Bloch. 

Con tristeza vemos que pese a todas las homilías en contrario, en México cada día aparecen evidencias de corrupción y de impunidad, primas hermanas de la intolerancia y la antidemocracia.  

A ello se suma la violencia del crimen organizado y su secuela de brutal inseguridad. ¿Cientos de miles de muertos? ¿Miles de secuestrados? Debía bastar uno solo para generar una gran alerta nacional y una eficaz respuesta del Estado. 

¿Y la brutal inequidad y marginación? Que doce millones de mexicanos sobrevivan con diez pesos al día ha dejado de ser noticia. Esta es otra muestra de impunidad. 

La pobreza es la figura histórica en la que se concreta el sufrimiento de la humanidad. Pero la pobreza no es una fatalidad, un destino: es causada por el ser humano. Por ello es histórica y por ello es una injusticia. El pobre no es pobre porque pague una culpa, sino porque vive en una situación de injusticia creada por los otros hombres… y por lo tanto, estos tendrán que responder por ella.  

Quizá la única buena noticia es que no se ha perdido del todo la esperanza de que surja una poderosa corriente social contra la intolerancia en cualquiera de sus manifestaciones.  

 

 

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