Un hombre de paz… no un pacifista 

Por. Miguel Ángel Sánchez de Armas

Tuvo una vida ejemplar. A la manera de Thoreau, cumplió con sus principios sin esperar nada a cambio y sin vacilar.  

Encaró a los poderosos. Domeñó el miedo al puño brutal del apartheid pero recusó la venganza y procuró la reconciliación. 

Como arzobispo de Ciudad del Cabo ocupó las trincheras de la encarnizada lucha en contra del despotismo blanco sobre los negros y combatió la expoliación de las riquezas del Gran Karoo y el cono sur africano. 

“Es sobrecogedora la extensión y la profundidad de la maldad”, dijo. “Pero fue necesario abrir la herida para limpiarla”. En su visión, el apartheid envilecía tanto a los opresores como a los oprimidos. 

Buscó una justicia rehabilitadora y no represiva: al interior de la nación, reconciliar; en el mundo, sanciones económicas para forzar un cambio de política del régimen tirano. 

Gracias a su estatura moral y credibilidad, sumó a su lucha a ex guerrilleros y a ex integrantes de las fuerzas de seguridad. Al mismo tiempo fue un crítico firme de las acciones violentas de los grupos opositores al régimen. 

Cuando el aparheid fue desguazado y pulverizado en 1994 y comenzó la reconstrucción moral de la República, Desmond Tutu se erigió en crítico de las desviaciones del Congreso Nacional Africano, el partido que llevó al poder a Nelson Mandela. 

Con la misma entereza con la que enfrentó a los herederos del siniestro Hendrik Verwoerd, Desmond Tutu denunció el regreso a políticas que enriquecían a una minoría mientras las mayorías eran azotadas por una pobreza degradante e inhumana. 

En 2010 el arzobispo dijo al New York Times que en contraste con los ideales de Mandela, en África del Sur “el sueño posible se aleja más y más… vivimos en la sociedad más desigual del mundo”. 

Y en 2011, ante la creciente corrupción y el cada vez más ineficaz liderazgo, arremetió contra el régimen en términos nunca antes imaginados: “Este gobierno, nuestro gobierno, es peor que el gobierno del apartheid…” 

Reprendió al entonces presidente, Jacob G. Zuma: “Usted y su gobierno no me representan. Ustedes velan únicamente por sus propios intereses. Lo llamo a capítulo por amor: un día comenzarmos a rezar por la derrota del Congreso Nacional Africano. Es usted una desgracia”. 

Fue profético. En 2016 una alianza de dirigentes religiosos se formó en contra de Zuma y a principios de 2018 este fue depuesto. 

Al nuevo presidente, Cyril Ramaphosa, Tutu apercibió: “Todos los días rezamos por usted y por sus colegas… para que no sea su gobierno un falso amanecer”. 

Ramaphosa respondió calificando al arozbispo como un dirigente pragmático y de principios cuya militancia “da nuevo significado a la visión bíblica de que la fe, sin obras, es algo muerto”. 

Desmond Tutu lo expresó a su manera: “Ser neutral en situaciones de injusticia, es elegir el bando del opresor”. 

Acuñó la frase “Nación arcoiris” para describir a la Sudáfrica que transitó a la democracia después del apartheid, pero nunca mezcló su investidura religiosa con una función política. 

Desmond Tutu murió a los 90 años el 26 de diciembre en Ciudad del Cabo. Era originario de Witwatersrand, hijo de una trabajadora doméstica y un maestro. Llegó a ser una celebridad global como Gandhi y como Martin Luther King y en 1984 recibió el Premio Nobel de la Paz, pero su última morada fue un ataud de madera sin cepillar. 

No sólo impartió sacramentos y rescató pecadores. Nunca depuso las armas en contra de la injusticia. Fue siempre un hombre de paz… pero jamás un pacifista. 

 

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