Tiempos de justificaciones 

Alejandro Rodríguez Cortés

Alejandro Rodríguez Cortés*. 

El último tramo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador ya empieza a ser consumido más por pretextos y justificaciones de promesas incumplidas, que por resultados concretos y metas alcanzadas. 

La realidad se impone siempre. No falla, y menos cuando se crearon expectativas tan altas, en este caso de un político que llegó al poder prometiendo a diestra y siniestra un cambio histórico, mágico e inmediato. En una palabra: ganó la elección mintiendo, y lo ha seguido haciendo en el ejercicio de gobierno. 

Para muestra, toda una botonería. 

Promesa: México crecerá mucho más que el mediocre 2.4% promedio anual de las administraciones del “periodo neoliberal”. 

Realidad: El PIB es menor que al cierre de 2018 y todas las expectativas serias y fundadas señalan que al término del gobierno la economía mexicana no habrá crecido absolutamente nada; un sexenio perdido, pues. 

Pretexto y justificación: La pandemia de Covid y la guerra Rusia-Ucrania. 

Promesa: Tendremos cobertura universal de salud y un sistema sanitario como el de cualquier país escandinavo. 

Realidad: La mal llamada Cuarta Transformación simplemente destruyó el Seguro Popular y dejó sin atención médica a millones de personas que no están afiliadas a ningún sistema de salud. 

Pretexto y justificación: Otra vez, la pandemia, junto con la perorata de que los gobiernos anteriores heredaron un desastre, como si éste no se hubiera gestado justamente en estos casi 4 años. 

Promesa: Todos los jóvenes tendrán acceso a educación superior gratuita y mejorarán los planes de estudio desde nivel básico, para alinear valores ajenos a la “doctrina neoliberal” 

Realidad: Se suspendieron evaluaciones; las autoridades prohíben reprobar estudiantes; ocupamos lugares vergonzosos en nivel educativo internacional; el poder ejecutivo presionó a la autonomía de la UNAM; el presidente inauguró “universidades del bienestar” que no son sino algunos edificios perdidos por ahí, sin carreras ni egresados, y la reedición de libros de texto fue un completo fracaso. 

Pretexto y justificación: Los exámenes de admisión eran “pretextos” para rechazar aspirantes y la educación privilegiaba la competencia, en vez del bienestar. Pero “vamos bien”. 

Promesa: Se acabará con la corrupción gubernamental. 

Realidad: Este gobierno es el que más adjudicaciones directas ha otorgado en contratos de obra pública o de adquisición de bienes y servicios, por no hablar del material periodístico que involucra a cercanos del presidente de la República en actos de corrupción y/o enriquecimiento inexplicable. 

Pretexto y justificación: Las escaleras se barren de arriba para abajo, por lo que en los altos niveles ya no hay corrupción (se muestra pañuelito blanco). 

Promesa: Desde el primer día los delincuentes y narcotraficantes dejarán sus actividades ilícitas porque se atenderá a los jóvenes y habrá nuevas alternativas. 

Realidad: 130 mil homicidios dolosos, más que en gobiernos anteriores completos, y ciudades sitiadas por el crimen organizado, con vehículos quemados y ataques a la población civil. 

Pretexto y justificación: Es un proceso que tomará más tiempo, por culpa de Felipe Calderón y Genaro García Luna (el sexenio de Peña Nieto hagan de cuenta que no existió). 

Y así podemos seguir con ejemplos que abarcan todo el escenario nacional, en que instituciones gubernamentales y programas públicos han sido desmantelados para poder financiar un aeropuerto desierto, una refinería inaugurada pero inconclusa, y un trenecito ecocida que jamás funcionará. 

Junto a toda esta locura, llegan también -tras las eternas justificaciones- los distractores, que también son mentiras: el rompimiento con Estados Unidos, incluyendo el derribo de la Estatua de la Libertad; la propuesta de tregua para detener los conflictos internacionales; exigir disculpas españolas por la Conquista; el ofrecimiento de gasolina barata a quienes nos la venden; la polarización social que divide a México en dos bandos y que le permite a López Obrador tener un enemigo para justificar su autocracia. 

¿Qué nos queda al final? Un gobierno fallido que -paradójicamente- tratará de perpetuarse en el poder así sea con un títere político, para según esto terminar con una obra inconclusa.  Una utopía destrozada por la maldita realidad que exige exactamente lo contrario de lo que abrevó el presidente: mucho más talento y visión que lealtad ciega e incondicional al mesías. 

 

*Periodista, comunicador y publirrelacionista.

@AlexRdgz     

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