La ciencia de la catástrofe y la catástrofe de la ciencia

Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn.

La ciencia humana consiste más en destruir errores que en descubrir verdades.

Sócrates

En la conciencia colectiva han quedado grabados momentos trágicos que marcaron la historia por su fuerza y sus consecuencias a largo plazo. Para nuestro país, los sismos de 1985 y 2017 fueron dos episodios especialmente dolorosos por las pérdidas humanas y materiales que dejaron, por la desesperación, el dolor y el miedo que imprimieron en la memoria. El pasado 19 de septiembre, una vez más, se registró un sismo de 7.7 grados Richter con epicentro en Michoacán cuyo movimiento fue perceptible en diversas zonas del centro del país, incluyendo la Ciudad de México.

La coincidencia en la fecha y horario con el pasado provocó una innumerable cantidad de especulaciones y reacciones que no se basaban en datos científicos. Un mal cálculo de probabilidades expresado por una autoridad en la materia, así como un tweet que después fue eliminado por la cuenta de la UNAM al ser malinterpretado, impulsó una ola de tergiversaciones y malentendidos que fueron desde la propuesta para eliminar los simulacros con la justificación de que “se estaba llamando a los sismos”, hasta asegurar que en el 19 de septiembre—o cualquier día de ese mes—ocurrirían sismos de gran magnitud en el futuro.

Diversos científicos salieron a desmentir tanto el mal cálculo de probabilidades que fue reproducido por diferentes portales de noticias, como el hecho de que se sostuviera un patrón en la concurrencia de estos sismos en un mes o fecha determinada, sobre todo mediante el análisis de largo plazo, demostrando que la probabilidad de que ocurrieran no solo no es excesivamente baja, sino que de hecho se incrementa conforme añadimos datos a la gráfica, es decir, conforme se considera una mayor cantidad de tiempo. También se demostró que en otras fechas del calendario también han coincidido sismos en un plazo relativamente corto, pero que al no dejar pérdidas tan severas no estaban frescos en la memoria; de tal suerte que, según la mayoría de los geólogos y físicos, no existen evidencias suficientes para argumentar que los sismos ocurren en fechas específicas y no se puede saber cuándo tendrán lugar.

A pesar de ello, el escepticismo de la población en redes sociales es mayor que en otros años y los datos científicos no han sido suficientes para tranquilizar a la gente y a los medios en torno a estas cuestiones. Pero ¿por qué sucede esto? Es preciso que antes de lanzar injurias acerca de las personas que se niegan a entender los factores resultantes del método científico, tacharlas de ignorantes o buscar confrontaciones sin sentido, se proceda desde una perspectiva antropológica que sea capaz de comprender las relaciones de los seres humanos con su entorno inmediato a nivel histórico y en la larga duración.

En primer lugar, las fallas del paradigma científico que han estado en la base de su promoción y surgimiento desde finales del siglo XIX, fueron señaladas tras la irracionalidad que dejaron las guerras mundiales, las hambrunas globales, así como la cada vez mayor desigualdad económica que encierra la paradoja de nuestro tiempo: a pesar de la gran cantidad de adelantos científicos y tecnológicos, las mejoras y el desarrollo no son para toda la población, lejos de tal meta, las personas que disfrutan de los avances de la ciencia y la tecnología lo hacen dependiendo de su ingreso y los costos limitan el acceso de la mayoría de la población a las ventajas en temas de primer orden como salud o educación; de tal suerte que la ciencia ha ofrecido racionalidad, pero no necesariamente ha tenido un uso razonable.

Al mismo tiempo, diversos estratos de la vida cotidiana que fueron abandonados o no abordados científicamente han dejado un grado de escepticismo alto entre la comunidad académica, sobre todo en los ámbitos lejanos a la ciencia natural. El método científico ha sido severamente cuestionado al aplicarse a las ciencias sociales o las humanidades y la falta de inclusión de las áreas artísticas ha sido señalada por vanguardias que resurgen cada determinado tiempo. Lo mismo ocurre en el caso de los estudiosos del psicoanálisis, quienes han insistido en el poder que tiene la irracionalidad a través del inconsciente, guiando las acciones humanas y determinando las estructuras sociales. La idea de una razón ilustrada que dominaría el comportamiento humano y llevaría a la panacea positivista cayó hace muchas décadas.

También existe un gran desconocimiento de la manera en la que funciona en método científico, al menos entre las comunidades ajenas a la academia. Si bien, éste se fundamenta en el constante cuestionamiento de sus respuestas y modelos, la idea general y errónea que se tiene al respecto es que produce verdades absolutas e incuestionables y que por lo tanto atenta directamente contra otros tipos de conocimiento. En realidad, la ciencia es una construcción abierta, donde la duda es la única verdad y donde es constante la puesta a prueba de los modelos aplicados en la producción de saberes.

En general, la ciencia no busca destruir otros modelos de conocimiento, sino que por lo general convive con ellos siempre que estos no sean dogmáticos y permitan reconstruir sus propios preceptos con base en evidencias. Numerosas religiones han admitido la mayoría de los postulados de la ciencia moderna, por ejemplo, entre algunos grupos católicos o judíos se admite la teoría de la evolución haciéndola converger con un modelo interpretativo mucho más laxo de su propio dogma. Sin embargo, los conflictos no han cesado y existe una gran cantidad de temas polémicos—como la eutanasia, el aborto o los embarazos subrogados—que entran en contradicción directa con las creencias de los grupos más conservadores.

Pero no sólo es la ciencia de la que se desconfía, sino los poderes en general. La autoridad de los gobiernos no es proporcional a su credibilidad, incluso cuando son legítimos y cuentan con gran cantidad de ciudadanos respaldándolos. Lo mismo ocurre con las grandes compañías, la desconfianza de las personas no se enfoca tanto a los postulados de la ciencia como a sus intereses, se duda de su neutralidad en un mundo donde la economía paga para crear líneas de investigación y donde los gobiernos cada vez invierten menos. Las teorías conspiracionistas pueden no ser racionales ni contar con evidencias sólidas, pero demuestran la desconfianza de la gente ante los pilares del conocimiento y los intereses económicos y políticos; por lo que merecen ser analizadas y puestas en contexto no tanto por su contenido, sino como indicadores del malestar social.

Con todo, los traumas históricos dejan huellas en el imaginario y merecen el honor de la memoria y la conmemoración, pero, sobre todo, el impulso de protocolos de prevención ante los desastres naturales, que si bien, no se pueden predecir con certeza, se mantienen latentes como realidades con las que tenemos que aprender a vivir y ante las que es necesario saber cómo actuar. Los sismos no son caprichos ni rituales, sino acciones de prevención que permiten aprender cómo actuar ante una catástrofe para contar con mayores probabilidades de supervivencia; vale la pena concederle a la ciencia su mérito y autoridad.

 

Manchamanteles

Negarse a la duda cierra el entendimiento, hasta la literatura lo sabe. Raúl Brasca lo cuenta así:

NO VER PARA CREER

Un selenita se siente dueño del cielo. Pasó la vida escrutándolo y afirma que sus lentes lo penetraron hasta el último confín. Le han explicado que no es así, que cree eso porque nunca quiso salir del lado oculto pero que si pusiera su telescopio en el otro lado descubriría un astro imponente y sigiloso que, además, marca el pulso de sus días. Pero se niega a escuchar y, cuando le insisten, hunde su atención en el anteojo y se obstina en los cuerpos más pálidos y lejanos.

 

Narciso el obsceno

Todos lo envidiaban, todos lo deseaban, todos le temían, todos lo adoraban; ya solo tenían que notar que existía.

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