Cerrarles el paso a las tiranías. La tiranía democrática

Jorge Miguel Ramírez Pérez

Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Los sistemas políticos malos se dirigen a manejar a los ciudadanos de modo que dependan cada vez más del estado, les restan algo muy valioso: libertad. Pero una tiranía no es únicamente un sistema que surge por un golpe violento militar o producto de una revolución; si bien ese espectro es negativo, lo es más cuando la tiranía es democrática, lo que parecería una contradicción a primera vista, pero en realidad como lo descubriera Tocqueville, a mediados del siglo 19, que la tiranía democrática es el peor sistema posible porque resulta muy difícil su detección y por lo mismo, su eliminación.

La tiranía democrática surge como otros gobiernos verdaderamente democráticos, de la misma forma; parte del mismo proceso en el que se conjugan elementos democráticos, ingredientes igualitarios para que decida libremente la mayoría sobre la determinación de quienes serán sus gobernantes; y adquiere una legitimidad evidente; pero, aunque tenga el mismo origen democrático, un sistema que no se cuida, puede resultar en una mala política que lo trastorna, y lo convierte en algo tiránico.

Y uno de los factores relevantes de este trastorno, es la imposición de un pensamiento que propone ponderar a la igualdad como pensamiento único o sobresaliente. La tendencia de igualdad, de hecho, ha sido parte de la historia de la humanidad. No es un descubrimiento novedoso, pero en ese sendero de igualdades, hay un sentimiento particular de las personas que sale afectado: la libertad. Un concepto mas complejo, que es un obstáculo para establecer la uniformidad social, que propone un régimen que impone igualdades extralógicas. Ese es el punto.

Ese tipo de democracia es mala, nació de la democracia, pero una vez en el gobierno, programa controles autoritarios, porque implanta acciones desde la cúpula para combatir a los que aman la libertad. La ruta del poder indudablemente demuestra que está comprometida a establecer una tiranía que no todos perciben, y que opera en un solo sentido centralizador, un formato que se identifica desde el momento que excluye mandos diferenciados, instancias de la política y del entorno ciudadano, que no coinciden con la visión reducida de quienes se aprovechan del poder público.

La tiranía democrática generalmente no se muestra violenta porque es un producto para las mentes, de algún modo es un artificio intelectual, en el que el grupo dirigente plasma para la sociedad una uniformidad igualitaria; por eso el más importante estudioso de la democracia de todos los tiempos, Alexis de Tocqueville, advirtió con singular anticipación, que: para que un sistema democrático se mantenga; decía, se requiere algo de desigualdad, porque si todo el sistema político se muestra igual, se produce un pensamiento político único, que subordina todos lo demás ingredientes del sistema político a intentar homologar a las personas.

Y por eso salir de una tiranía democrática es lo más difícil, por dos razones: la primera es que no todos conocen la libertad, y por lo mismo no la aprecian. De hecho, es algo subjetivo que tiene características diferentes para unos y otros, para alguien la libertad es la capacidad de viajar, de trasladarse sin

impedimentos; para otros, es tener la capacidad de elección para darle rumbo a la propia vida, y así diversos modos producen la práctica de la libertad.

Pero cuando el factor de igualdad cobra más peso, y se impone en el sistema político, se restringe drásticamente la libertad, que por obvias razones se percibe mejor de parte de los que han ejercitado más esa libertad como una realidad en su propia vida.

Esto establece que un principio político coo la igualdad, debe considerar que los sistemas políticos son desiguales, no hay otra forma de concebirlo, si no tiende a desaparecer la identidad del sistema y se convierte en un aparato intolerable; repito, primero para los que conocen la libertad y finalmente para la masa, que llega a la conclusión, de que la vida ha perdido todo sentido, porque el motivo principal de ese tipo de sociedad es convertirse en una repetición masificada de vidas, que giran en sentirse cada vez más iguales, menos diferentes. Más domesticados menos humanizados.

Eso experimentaron los países socialistas de Europa Central y de Europa del Este, cercenaron la libertad en sus sistemas políticos en aras de lograr disminuir las desigualdades; y con el tiempo, todos, aun los mas fanatizados en ese sistema urgieron a huir de él, y a cambiarlo por un sistema que fantaseara menos en esa igualdad, que en la realidad se convierte en igualdad hacia abajo, donde el régimen concentrador de poder valora sus logros de igualdad, cuando la miseria se va instalando de manera irreversible como en Cuba o Venezuela.

Y ese es el dilema para México, entender que no se puede vivir restringiendo la personalidad de cada uno a una calca odiosa de un tipo de sujeto inexistente en la realidad, pero vivo en las mentes de los utopistas oficiales, como modelo idealizado de un socialismo que además de su naturaleza tiránica, es guapachoso.

Por eso la defensa de la democracia es de todos los que entienden el peligro de que la voluntad de las masas manipuladas por las élites oficialistas, tenga como meta que desaparezcan los poderes diferenciados; que la tiranía ni siquiera recurra a la simulación jurídica como en los gobiernos del pasado, y atropelle de lleno a los poderes distintos al poder presidencial centralizador, restándoles autonomía a los poderes legislativos, judiciales, estatales, municipales, autónomos, y aún a los partidos y organizaciones de la sociedad civil, que están en la mira intolerante de la tiranía.

Claro que la democracia se defiende con libertad, haciendo escuela de la libertad, y esa escuela es participar en la circulación de ideas para aprender a ser ciudadano, lo que muchos no son, y muchos más ni intentan serlo.

La democracia puede morir, y la sociedad también sucumbir y rendirse ante el embate del poder arbitrario, pero es la libertad de expresión, el debate, y la participación en todo lo que es público, lo que las mantiene vivas, respirando, y difiriendo, hasta lograr los acuerdos, porque la suma de opiniones por sí solas, no resulta en la razón. Debe haber acuerdos y acciones, manteniendo los grandes principios sin apagar la llama de la participación comprometida.

Finalmente hay que agitar a la sociedad para que despierte.

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