Rodolfo Higareda Coen.

Allá en el lejano dos mil siete, tuve el privilegio de acompañar al presidente Calderón a su visita de Estado a la India en mi calidad de empresario; y debo reconocer que fue una de las experiencias más gratificantes que he vivido. Después de una cena espléndida que el mexicano nos ofreció, al día siguiente hubo agenda libre para los inversionistas y se organizó un paseo por el famoso y espectacular Taj Mahal. Había que llegar ahí por una carretera de tan sólo dos sentidos en un autobús que recorrería los 242 kilómetros desde Delhi hasta Agra; y cuyo paisaje era como un Tres Marías gigantesco y eterno (y creo que exagero al conceder tanta belleza a esos puebluchos miserables que se veían por la ventana). Increíble para una nación que fabrica portaaviones, que envía naves al espacio y que es una potencia atómica.

Pero en algún punto del trayecto, el autobús en el que viajábamos se detuvo por completo; ya que a una vaca se le había ocurrido echarse en medio del camino a descansar. Decenas de indios salieron de todas partes para tratar de convencer al cornudo animal de que se moviera para liberar el tráfico que había generado; y eso tardó poco más de treinta minutos. Y es que allá son sagradas y andan por doquier como si estuviesen pastando en la pradera. Ahora que recuerdo esto, caigo en cuenta que los mexicanos también tenemos a nuestras adoraciones intocables; y que incluyen al ingeniero Cárdenas, a PEMEX y desde luego al INE.

¡Y faltaba más! Si había que reconocer el trabajo enorme que un grupo de distinguidos ciudadanos hicieron en aquellos ayeres para quitarle al partidote el control de las elecciones; que en esos lejanos tiempos dirigía con gran talento il capo di tutti capi Manuel Bartlett. Cómo no ser nostálgicos y añorar a un Pepe Woldenberg al frente del antiguo IFE, a quien le tocó arbitrar esa final que le dio el triunfo a la alternancia. Después de él, Luis Carlos Ugalde no lo hizo nada mal; ni tampoco los discretos Andrés Albo y Leonardo Valdés. Lorenzo Córdova lo encabezó dignamente, pero a este último lo tengo que sacar de la lista de santos patronos de la política nacional por su fina corrección, digna de un Lord británico; y también por alguno que otro gazapo que les facilitó a los del régimen y a sus verdes aliados el salir fortalecidos (por miedo y timidez extremas).

Pero al instituto había que defenderlo con uñas y dientes ante la embestida brutal de López para destruirlo. Por eso es que salimos a las calles, vestidos de rosa, para gritar a pulmón batiente que “el INE no se toca”. Sin embargo, hábil como pocos, logró colonizarlo con una distinguida sonorense que encabeza el club de fans del tabasqueño; y quien inevitablemente llega a mi mente cuando desayuno en Sanborns (será por la omnipresencia del señor Slim en nuestra vida cotidiana). De hecho, dicen algunas voces indiscretas que cuando aquella se reunió por vez primera con el mandatario, ya en su calidad de presidenta consejera, le comentó a su cercanos que estaba tan emocionada de verle que “moría de ganas de tocarlo”.

¡Ah! Pero nuestra defensa emotiva del INE no quiere decir, bajo ninguna circunstancia, que éste sea perfecto eh; porque para nuestra desdicha está totalmente desdentado. Es, por así decirlo, como un joven de veintiocho años que envejeció prematuramente. Esto lo podemos constatar quienes hemos estado en barrios y pueblos pidiendo el voto, o bien en la mesa representando a partidos políticos. No hay modo que sancione los groseros gastos de publicidad y las campañas anticipadas disfrazadas de contiendas internas; como las portadas de revistas que nacen y desaparecen cual mariposas monarca. Si acaso se limita a exigir a los denunciantes que acudan a la FEPADE, encabezada por otro anciano ideologizado, o a pedir que uno le lleve el cuerpo ensangrentado de la víctima con el puñal clavado a la espalda y al asesino esposado. Y es que los consejeros no salen nunca de su herradura dorada; y para limpiarse la cara redactan sendos citatorios dirigidos a los tuiteros que andan muy activos, tipo Salinas Pliego. Saben eso sí organizar elecciones y contar votos (bueno a veces); y para hacer eso hay quienes piensan que nos cuestan mucho.

De ahí que les pase de noche la compra de votos, la desfachatez presidencial, la coacción de la voluntad ciudadana por la vía de los infames programas sociales y la inseminación artificial de urnas. Y así se da la inequidad de las campañas que ha sido normalizada; esas que ya volvieron a ser manejadas desde Palacio sólo para devaluar a nuestra alicaída democracia.

Sorprendentemente después de la debacle opositora, allá afuera encuentro a otros correctitos, entre ellos a Loret, quienes cuestionan el por qué antes salimos a defender al instituto y después lo señalamos de incapacidad. Bueno, en descargo del afamado conductor hay que decir que la mayoría de esos opinólogos son periodistas y no analistas, así que lo que la naturaleza no te da, Latinus no te otorga. Córdova en cambio, al convertirse en un negacionista del fraude, rechaza cualquier señalamiento de esa índole por el amor a la camiseta que durante tanto tiempo portó.

Lo que sigue es una vuelta a los años ochenta, en donde a la oposición no le quedará otra alternativa que bajarse de su cómodo autobús y coger a esa vaca por los cuernos para liberar el camino a la libertad. Pero eso pienso que tomará un poco más de media hora.

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