Gafas de realidad virtual para el alma

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Boris Berenzon Gorn.

Una imagen en apariencia absurda corrió por las redes como podría haberlo hecho cualquier otra: una misteriosa vaca con gafas de realidad virtual. Los motivos de esta escena salen sobrando para la web 2.0: lo importante en estos casos es difundir sin causa ni fundamento. Algún periodista comprometido con la verdad decidió, sin embargo, rasgar más allá de la superficie. La información siguió su curso, y resulta que hay razones de peso para que las vacas utilicen esas modernísimas gafas, razones fundamentadas en la ciencia y que parecen hablar mucho más de nosotros, los humanos, que del ganado vacuno.

En estos tiempos en que el planeta nos amenaza con expulsarnos de una vez por todas como castigo por todo el daño que le hemos hecho, no sólo la humanidad busca con desesperación escapar de lo real. El mundo nos está sobrepasando: la ansiedad, el consumo y las imposiciones del mercado parecen insoportables para cualquier ser vivo. Pero el sistema es perfecto: se nutre del aprendizaje generado por sus propias fallas y encuentra siempre la forma de convertir una desventaja en una nueva fortaleza. El sistema sabe que estamos ansiosos y deprimidos y no está dispuesto a vernos en ese estado deplorable.

Por supuesto, lo que el sistema manifiesta ante tal miseria no es ni remotamente compasión. Por lo contrario, nuestras emociones de adolescente-emo-perpetuo le producen gran repulsión; quiere eliminarlas a toda costa porque representan una pérdida de ganancias. ¿Cómo se soluciona semejante problema? Desde el sistema de consumo. ¿Estás ansioso? Entonces tu fuerza de trabajo peligra y, por lo tanto, mis posibilidades de acumular más capital. ¿Cómo lo resuelvo? Generando una solución que le dé un empujón a tu productividad (y que, de paso, tú tengas que comprar con tu propio dinero).

Esta mágica respuesta tiene una variedad apabullante de formas y ha dado lugar a múltiples industrias. Se encuentra lo mismo en los antidepresivos que en las teorías new age que nos convencen de que uno no es feliz porque no quiere y nos venden libros, revistas, cursos, etcétera, para aprender a combatir esos monstruos que nos alejan de la alegría que el sistema nos ofrece, monstruos que, por supuesto, radican en nuestra incapacidad para ver lo festiva que es la existencia y que NO tienen que ver con la explotación ni con la precarización de nuestros empleos ni con la falta de condiciones para una vida digna.

Las vacas también están ansiosas: los humanos no tenemos ese monopolio. El Ministerio de Agricultura y Alimentación de Moscú notó esta situación en el ganado, que bien puede ser consecuencia del encierro o de las condiciones bestiales y salvajes a las que los animales son sometidos para cumplir con los requerimientos del mercado, que poco tienen que ver con los requerimientos nutricionales de los humanos. Esta ansiedad podría estar afectando la producción de lácteos y por lo tanto a la industria, pues se ha demostrado que las vacas en granjas con mejores condiciones (más espacio, ambiente tranquilo, etcétera) producen más leche.

Ante tal situación, el sistema, hambriento y rapaz, encontró una solución de esas que tan bien se le dan. Por supuesto que no iba a permitir a las vacas correr por prados interminables (ni que estuviéramos hablando de un rancho hippie o de un país del primer mundo). La respuesta fue muy similar a las que suelen darse a los seres humanos de los márgenes: para no cambiar sus condiciones de vida, se les entregaron estímulos artificiales. Las vacas usan gafas de realidad virtual para acceder mediante ellas a un «programa de simulación de campo de verano único».

No me malinterpreten: no me estoy convirtiendo de súbito en un acérrimo defensor de las vacas, pero la similitud con la humanidad no puede pasar inadvertida. Se nos ha arrebatado todo: el aire limpio, el espacio, las condiciones dignas de trabajo, y, en lugar de eso, se nos dan estímulos artificiales. La ciencia nos ha quedado a deber: poco ha hecho contra el hambre y la miseria, pero ha creado objetos suficientes que nos ayuden a fingir que la devastación no sucede. Los glaciares se derriten, pero ¿qué importa, si los podemos mirar en todo su esplendor en nuestros smartphones? Las condiciones en las que vivimos enloquecen a cualquiera, pero ¿qué importa, si podemos mantener a raya nuestra cabeza con unas cuantas pastillas?

Nos guste o no, todos somos esas vacas: estamos atrapados en este mar de precariedad, de explotación, de consumo desmedido, y nada podemos hacer contra ello. No hay forma de escapar de la granja, pero no se preocupen: siempre podemos mirar en YouTube mejores realidades.

Manchamanteles

A ocho décadas del Cardenismo, las instituciones fundadas durante este importante período de la historia mexicana están celebrando su octogésimo aniversario. Hace tres años fue el turno del Instituto Politécnico Nacional; el año pasado, de Petróleos Mexicanos, y el próximo tocará celebrar a El Colegio de México.

El 3 de febrero de 1939, el general Lázaro Cárdenas decretó el nacimiento de otra institución que ha sido fundamental para la cultura mexicana durante el último siglo: el INAH. Por esta razón, recientemente fue publicado el libro conmemorativo Instituto Nacional de Antropología e Historia 80 años.

Se trata de una edición de lujo y bellamente ilustrada, que contiene textos de Antonio Saborit, Antonio García de León, Manuel Gándara Vázquez, Bolfy Cottom, Eduardo Matos Moctezuma, Pedro Francisco Sánchez Nava, Alicia M. Barabas, Miguel A. Bartolomé, Arturo Balandrano Campos, Valerie Magar Meurs, César Moheno, Salvador Rueda Smithers, Jesús Antonio Machuca Ramírez, Jaime Bali, Adriana Konzevik, José E. Ortiz Lanz, Alejandro Sabido Sánchez-Juárez y Francisco López Morales, así como una presentación de la secretaria de Cultura, Alejandra Frausto Guerrero; una liminar del director general, Diego Prieto Hernández, y una introducción de María Teresa Franco. Felicidades a todos los hombres y mujeres que han hecho posible la noble labor del INAH. Que vengan muchos años más.

Narciso el Obsceno

El psiquiatra Glynn Harrison, profesor emérito de psiquiatría en la Universidad de Bristol, asevera que en nuestros días es fundamental implantar una educación que promueva “una percepción de sí mismo realista y que no se centre en afirmar nuestra propia importancia, sino en servir a un propósito más grande que nosotros mismos” (El gran viaje del ego, 2017). De esta manera, el narcisismo que se envuelve en las culturas de culto dejaría de ser mero boato para la vanidad y la insolencia y se convertiría en un análisis de la sociedad de la que emana.