¿El fin de la estabilidad uruguaya?

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Boris Berenzon Gorn.

La envidiada estabilidad uruguaya se encuentra hoy en peligro. Durante años, este país ha sido una excepción para América Latina: en una región azotada por la desigualdad, la polarización y los múltiples atentados contra la democracia, la República Oriental del Uruguay había conseguido mantener un rumbo constante, elegido desde un aparente consenso. La presidencia de José Mujica representó en su momento un ejemplo para los gobiernos del continente, los cuales, sin importar su filiación política, siempre se veían empañados por escándalos de corrupción. Frente a la vuelta a la derecha de América Latina, Uruguay parecía obedecer su propio ritmo, pero las últimas elecciones revelan que esta apreciación no era correcta.

Tras celebrarse la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Uruguay, los dos candidatos punteros se encuentran en un empate técnico. El domingo pasado, el líder de la coalición de centro derecha, Luis Lacalle Pou, obtuvo una ventaja de 28 mil 66 votos sobre su rival, Daniel Martínez, perteneciente al partido oficialista Frente Amplio. En primera instancia, esto significaría que el país sudamericano está sacando del poder a quienes han gobernado durante quince años. No obstante, los resultados aún no son oficiales, pues el margen entre ambos candidatos es menor a lo que allá se considera una cantidad crucial, relacionada con los llamados “votos observados”. Éstos no son otra cosa sino aquellos sufragios que, emitidos de manera válida, fueron realizados fuera del circuito electoral correspondiente. La cantidad de “votos observados” es 35 mil 200, y, por el error estadístico que esto supone, Uruguay estuvo durante toda la semana en un escrutinio que tenía a todos al filo de la butaca. La corte avisó que los resultados se anunciarían hasta el 25 o el 26 de noviembre.

La diferencia entre ambos candidatos habría sido del 1.2% de los votos, de manera que Luis Lacalle Pou habría obtenido el 48% de los sufragios y Martínez el 46.8%. El hecho es que Uruguay (como sus naciones vecinas y como prácticamente todo el mundo) se encuentra dividido, y quien gane estas elecciones lo hará con un margen de legitimidad sumamente reducido. Sea quien sea, cargará con ese lastre y con el hecho de recibir un país que no acaba de desencantarse de una opción ni de ilusionarse con la otra.

Con respecto al grupo político en el poder, el que llevó a la presidencia a José Mujica, podemos ver que, tras quince años de gloria, la luna de miel con el electorado está terminando. Las ventajas apabullantes que antes lo refrendaban ya no se manifiestan, y su actuación empieza a ser cuestionada. Gane quien gane, Uruguay se une a la derechización de América Latina: el avance es innegable, y quien gobierne tendrá que enfrentarlo.

Desde que se celebraron las elecciones, José Mujica lo advirtió: había chispazos de nostalgia en el aire. Lo que no sabía él es que no se trataba de simples atisbos de fuego, sino de un incendio que podría echar abajo todo su proyecto. Mujica se refería a un discurso emitido por un ex comandante del ejército: Guido Manini Ríos, quien es en la actualidad senador electo por el partido Cabildo Abierto (claramente de derecha). Manini difundió un mensaje en redes sociales durante la veda electoral en el cual llamaba a las fuerzas armadas a votar en contra del Frente Amplio. Mujica relacionó rápidamente el llamado con todas las experiencias que América Latina ha tenido en cuanto a golpes de Estado militares. No se equivocaba: la derecha uruguaya está de vuelta.

Hay que admitir que en otros países el análisis ha sido más fácil. Lo mismo en Brasil que en Estados Unidos, culpar a la izquierda por corrupción y por promesas fallidas ha sido tema de moda. En Uruguay, las razones no saltan a la vista con el mismo cinismo; nos invitan a pensar más a fondo. Es evidente que lo que está saliendo a la luz son, por una parte, las fallas de un sistema económico que ha dejado a los trabajadores en el desamparo y, por otra, la inutilidad de los parches que la izquierda le ha puesto para aligerar los problemas que la gente necesita solucionar de raíz. América Latina vivió una ola de gobiernos de izquierda, pero ¿cómo se ha traducido eso en las condiciones de vida de la gente? Parece que los resultados no han sido los esperados y que hoy el electorado así lo está demostrando.

Como sea —y gane quien gane—, ese consenso democrático que desde fuera de Uruguay creíamos mirar ya no existe (o por lo menos se encuentra en entredicho). Los siguientes movimientos serán cruciales para ambos lados del tablero. A nosotros sólo nos queda mirar (y poner las barbas a remojar).

Manchamanteles

El pasado miércoles (4 de diciembre de 2019), en el marco de la XXXIII Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se presentó Tlamatine: Homenaje a Miguel León-Portilla (México, Paralelo 21, 2019), una colección de testimonios sobre la vida y la obra del ilustre historiador y filólogo mexicano que coordinamos Luis Jorge Arnau y yo. En total, el libro reúne colaboraciones de 44 autores, entre los cuales hay miembros de El Colegio Nacional, la Academia Mexicana de la Lengua, la Academia Mexicana de la Historia, el Senado de la República, la Cámara de Diputados, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y (no podía faltar) la Universidad Nacional Autónoma de México. La presentación estuvo a cargo de doña Ascensión Hernández Triviño —viuda de León-Portilla—, Concepción Company Company, José María Muriá y Diego Prieto Hernández, con quienes tuve el honor de compartir la mesa; el moderador fue Alejandro Toussaint. Me enorgullece mucho poder decir que la sala A del área internacional —donde tuvo lugar la presentación— estuvo verdaderamente abarrotada y que entre el público hubo personalidades de la talla de Eduardo Matos Moctezuma. Creo que, más allá de los méritos que pueda tener el libro, esto es una clara muestra de la trascendencia de León-Portilla para la cultura mexicana y del cariño que el pueblo de México le sigue profesando. Gracias por todo, querido maestro.

Narciso el Obsceno

Gilles Lipovetski advirtió que los cambios en la cultura forjados en la llamada posmodernidad mostraban un crecimiento del individualismo, del narcisismo y del goce sin consecuencias, lo que se relaciona con un vacío de ideales y con un relajamiento de los lazos sociales y familiares. Así nos lo dice en dos de sus libros fundamentales: La era del vacío y El imperio de lo efímero.