‘Las lágrimas’: una novela histórica

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A Adriana Malvido en la fiesta de tan merecido premio

Aunque uno se proponga lo contrario, es inevitable comprar por lo menos algunos libros cuando se asiste a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Como ya les conté en mi último “Manchamanteles”, la semana pasada estuve allí para presentar Tlamatini: Homenaje a Miguel León-Portilla, obra que coordinamos Luis Jorge Arnau y yo. El caso es que una de mis adquisiciones en la Feria fue Las lágrimas (Les larmes), la penúltima novela de Pascal Quignard, publicada en francés en 2016 y en español hace apenas unos meses (México, Sexto Piso-IFAL, 2019, traducción de Silvio Mattoni).

Ante todo, Las lágrimas es una novela histórica. Su acción transcurre en el imperio carolingio —en el territorio que hoy ocupan Francia y Alemania—, entre los siglos VIII y IX de nuestra era, y sus protagonistas son dos personajes cuya existencia está comprobada: los hermanos Hartnid y Nithard, hijos del conde Angilberto (más tarde canonizado) y de la infanta Berta, hija del emperador Carlomagno —quien es, por lo tanto, el abuelo de ambos.

Se sabe que Nithard (Nitardo en español) sirvió al rey Carlos el Calvo —primo suyo y nieto también de Carlomagno— en las armas y las letras, pues peleó en la batalla de Fontenoy-en-Puisaye, el 25 de junio de 841, y escribió una importante obra historiográfica: De dissensionibus filiorum Ludovici Pii (Sobre las discordias de los hijos de Ludovico Pío). Asimismo, tradujo del latín al francés los Juramentos de Estrasburgo, documento fundamental para la historia política y cultural de Francia y Alemania, pues con ellos se estableció la paz entre Carlos el Calvo y Luis el Germánico —nietos de Carlomagno e hijos de Ludovico Pío (o Luis el Piadoso)—, quienes se disputaban la herencia del imperio carolingio. Tras los Juramentos de Estrasburgo, Carlos el Calvo conservó el poder en la llamada Francia Occidental (lo que hoy es Francia) y Luis el Germánico en la Francia Oriental (lo que hoy es Alemania). Las noticias sobre Hartnid son mucho más escuetas: sólo se sabe que era el hermano de Nithard porque éste lo menciona fugazmente en su obra, sin dar más detalles al respecto.

Pascal Quignard aprovecha las pocas certezas y los muchos misterios en torno a los hermanos para construir —con una evidente intención simbólica— dos personajes del todo opuestos entre sí. Nithard es un sabio profundamente arraigado a la tierra: vive en castidad en la abadía de San Ricario y, siempre que es necesario, toma las armas para defender su patria (algo muy común en el clero de la alta Edad Media). Hartnid, en cambio, es un aventurero incansable: viaja de país en país y en todos ellos conoce el amor de las mujeres.

Las lágrimas se divide en diez capítulos, los cuales se dividen a su vez en pequeñas secuencias que no siempre son narrativas, pues Quignard adopta lo mismo un estilo ensayístico, abundante en datos históricos duros, que un estilo completamente lírico, lleno de las más desconcertantes imágenes. Transcribo en seguida algunos pasajes de estos diferentes estilos. Quignard narrador: “Cuando llegó a Bagdad, Hartnid al fin vio el rostro. Y tuvo la convicción de que la cara de esa mujer hacía algo más que recordar el rostro que llevaba en su corazón. Todo su cuerpo se enrojeció. Preguntó por la joven mujer, que vivía en el barrio de al-Karkh, donde residían la mayoría de los comerciantes. Entonces alquiló a precio de oro la casa que quedaba enfrente. La amuebló con esmero. Hizo restaurar las fuentes. Hizo reacondicionar el jardín y lo proveyó de nuevos atractivos, macizos de flores, naranjos, cerezos, limoneros, palmeras, pájaros” (p. 100). Quignard ensayista: “Nithard anota finalmente en las tres lenguas (latina, alemana, francesa), en su libro, el juramento que ha sido pronunciado solemnemente, bajo sus tres «especies», cuando el sol del invierno llega al cénit, en la antigua Argentaria, un burgo que se llama, a partir de ese día, «Strazburg», en la orilla del Ill, el 14 de febrero de 842” (p. 85). Quignard poeta lírico: “Hartnid un día amaba a un hombre por su robustez. / Otro día amaba a una mujer por su dulzura. / Un día amaba a un caballo por su belleza. / Un día estaba en Córdoba. Un día en Sens. Un día en Reikiavik, un día en Glendalough, un día en Arklow, después en Dublín. / Un día en Prüm y un día en Bagdad. / Un día en Roma. / Un día en el Bósforo frente a la torre desde donde se arroja Leandro en el mar de Mármara” (p. 53).

La tradición y la novedad confluyen armónicamente en Las lágrimas. Por una parte, Quignard recurre a un tema muy frecuente en la tradición francesa: el llamado ciclo carolingio, al cual pertenece nada menos que el Cantar de Roldán, la primera obra maestra escrita en francés, que data de finales del siglo XI. Por otra, evidencia claramente la manera como se está comportando en nuestro tiempo el género novelístico.

En el prólogo a la edición de 1969 de su poemario Luna de enfrente, Borges escribió: “No hay obra que no sea de su tiempo: la escrupulosa novela histórica Salammbô, cuyos protagonistas son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo XIX. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica, salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert”. Algo semejante puede decirse de Las lágrimas: es una típica novela francesa del siglo XXI, imposible de imaginar para los hombres medievales a quienes retrata.

Si la narración propiamente dicha tiene una presencia discreta en la novela, ello se debe a las condiciones socioculturales de los novelistas de nuestro tiempo. A diferencia de lo que ocurría con frecuencia en el siglo XIX o en las primeras décadas del XX, Quignard no se formó en el periodismo, sino en la academia (en la Universidad de Nanterre), y, aunque decidió alejarse de ésta tras los acontecimientos de 1968, es evidente —si se lee su obra con atención— que tomar clases con Paul Ricoeur o comenzar a escribir una tesis sobre Henri Bergson lo marcó irreversiblemente.

Manchamanteles 

El pasado 3 de diciembre se anunció a Pascal Quignard como ganador del Premio Marguerite Yourcenar 2019. El galardón —otorgado por la Sociedad Civil de Autores Multimedia (Societé Civile des Auteurs Multimédia, SCAM)— fue creado en 2015, y desde entonces lo han merecido los escritores Pierre Michon, Hélène Cixous, Annie Ernaux y Jean Echenoz. Quignard —que ya ha ganado los dos más importantes premios literarios franceses (el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, en 2000, y el Premio Goncourt, en 2002)— ratifica con esta distinción que es uno de los novelistas más importantes de nuestro tiempo (me atrevo a opinar que no sólo dentro de la llamada francofonía). Además de escritor, Quignard es violonchelista y un sobreviviente del mayo francés. ¡Enhorabuena!

Narciso el Obsceno 

¿La herida narcisista? ¿A qué se refería Sigmund Freud? Toda tragedia disimula con mucho dolor el pacto de Narciso. Creonte cedió el trono dos veces a Edipo. Simuladamente sin odio ni rencor pero al descifrar su ser en “Antígona” podemos suponer que se sintió desechado, poco amado por su pueblo  -es así como el padre del psicoanálisis- muestra “herida narcisista”. Y en ella perdemos todos nuestra verdadera tragedia.