¿Descolonizarnos del psicoanálisis?

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Boris Berenzon Gorn.

A José Juan Sánchez Báez, presencia fundamental

Nadie está obligado a vivir un proceso psicoanalítico. Tampoco existe impedimento para que todos nos acerquemos al psicoanálisis. A fin de cuentas, cada quien decide qué hacer con su psique y cómo lidiar con las consecuencias. El psicoanálisis es, sin duda, parte de nuestra cultura, una ventana compleja y de muchos rostros para mirar el mundo y su intersubjetividad.

En su libro Lacan, frente y contra todo (editado en México por el Fondo de Cultura Económica), escribe la magistral Élisabeth Roudinesco: “Durante un discurso pronunciado en Viena en 1955, muy cerca de la casa de Freud, Jacques Lacan inventó la idea muy francesa y muy surrealista —piénsese en Antonin Artaud— según la cual la invención freudiana sería comparable a una epidemia susceptible de invertir los poderes de la norma, de la higiene y del orden social: la peste. Europa contra Estados Unidos. «Así es —afirmó ese día— como la frase de Freud a Jung, de cuya boca la conozco, cuando, invitados los dos en la Clark University, tuvieron a la vista el puerto de Nueva York y la célebre estatua que alumbra al universo: ‘No saben que les traemos la peste’, le es enviada de rebote como sanción de una hybris cuyo turbio resplandor no apagan la antífrasis y su negrura. La Némesis, para agarrar en la trampa a su autor, sólo tuvo que tomarle la palabra»”. Desde hace tiempo, algo de eso se juega en el mundo de la psique (afortunadamente).

El pasado 15 de noviembre, en el marco del encuentro “Psicoanálisis, clínica y política”
—organizado por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo—, el psicólogo y filósofo mexicano David Pavón-Cuéllar (académico en esa casa de estudios) leyó la conferencia “¿Descolonizar el psicoanálisis o descolonizarnos del psicoanálisis en América Latina?”, la cual puede consultarse gratuitamente en su página web (davidpavoncuellar.wordpress.com).

El punto de partida del doctor Pavón-Cuéllar es una polémica que hubo recientemente en Francia entre dos grupos de intelectuales: uno compuesto por críticos del colonialismo y el otro por defensores del establishment. En noviembre de 2018, estos últimos lanzaron un manifiesto en el que acusaron a los llamados decolonialistas de promover “el racialismo, el diferencialismo y el segregacionismo” y prácticamente pidieron a las universidades que los vigilaran, persiguieran y expulsaran. Sus argumentos eran absurdos, pues daban a entender que los problemas señalados por los decolonialistas sólo existen cuando son señalados, como si la realidad social fuera tan sólo una construcción psíquica. Diez meses después (el 25 de septiembre de 2019), apareció otro manifiesto contra los decolonialistas. Éste fue firmado por 80 psicoanalistas, quienes diagnosticaban en los decolonialistas diversas patologías y, por absurdo que parezca, los acusaban de eso que los estados colonialistas han hecho una y otra vez a lo largo de la historia: negar la singularidad del sujeto.

Pavón-Cuéllar demuestra lo absurdo de que los psicoanalistas del manifiesto consideren que su disciplina es “un universalismo”. En primer lugar, porque, al referirse al universalismo y no a la universalidad, ni siquiera afirman que el psicoanálisis sea universal, sino sólo que pretende serlo. En segundo, porque —gracias a la sensibilidad cultural-histórica, al relativismo epistemológico y a la evolución de las ciencias sociales— los universalismos están completamente desacreditados en nuestro tiempo. “Aunque tengamos una deuda enorme con Freud, no le debemos ningún saber que sea universalmente válido para todas las culturas y todas las épocas”.

Para Pavón-Cuéllar, no sólo la idea de universalismo es profundamente colonialista, sino que el psicoanálisis mismo es un efecto del colonialismo. Si el psicoanálisis puede funcionar en gran parte del planeta, esto se debe a que “la colonización ha impuesto el modelo particular europeo de subjetividad”. En otras palabras, el hecho de que casi todos los seres humanos correspondamos en parte con el sujeto descrito por Freud es consecuencia de la colonización. Sin embargo, el alcance del psicoanálisis no es universal por dos razones: porque la subjetividad europea no abarca por completo a la humanidad (casi todos no es lo mismo que todos) y, lo más importante, porque, aun en los individuos colonizados, el ingrediente europeo no es el único que compone su subjetividad.

En el caso de los latinoamericanos, resulta muy claro que sólo una parte de nosotros es europea y que la otras partes son completamente ajenas a Europa. Aunque un latinoamericano sea blanco y descendiente directo de europeos, necesariamente es mestizo, y la cultura mestiza “no corresponde totalmente a lo estudiado por Freud”, pues “no ha sido constituida únicamente por herencias culturales indoeuropeas como la grecorromana, la judeocristiana o la germana-escandinava”. El psicoanálisis, por lo tanto, es insuficiente para dar cuenta de la subjetividad latinoamericana y, probablemente, ni siquiera dispone de las categorías teóricas para ello. Por otra parte, el prestigio del psicoanálisis en las sociedades latinoamericanas delata nuestra colonialidad: en buena medida, le atribuimos virtudes sólo porque es una corriente de pensamiento europea, y, naturalmente, aunque los psicoanalistas latinoamericanos están muy al pendiente de lo que digan o hagan sus colegas europeos, al revés no sucede lo mismo.

Es necesario, por lo tanto, descolonizarnos del psicoanálisis. Y no sólo eso, sino descolonizar también al psicoanálisis. No debemos negar nuestra raíz europea, pero tampoco debemos subordinar a la europea todas nuestras otras raíces (mucho menos anularlas). La conclusión de Pavón-Cuéllar es de gran lucidez y elocuencia: “La descolonización puede valerse del psicoanálisis no sólo como el amerindio que montaba a caballo y disparaba la escopeta contra el colono, sino como nuestros pueblos, que han sabido liberarse con las armas de la ilustración, la república, la democracia y el socialismo. Lo que han sabido, en otras palabras, es utilizar para su propia liberación las causas y luchas liberadoras del mundo moderno europeo que los incluye al excluirlos”. El psicoanálisis, pues, puede convertirse en una de estas armas liberadoras (en una muy poderosa). Quizá, como lo entendió José Juan Sánchez Báez, se trata de encontrar, desde la fecunda periferia, una ortopraxis genuina y actuante. Por lo demás, cada quien decide qué hacer con su psique, con sus goces y sus dolores.

Manchamanteles

A propósito de discursos liberadores fundados en el psicoanálisis, el pasado sábado (14 de diciembre) se inauguró en el Museo de Arte Moderno la exposición “De aviesa intención: Psicoanálisis e identidades en el arte mexicano”, un homenaje a la crítica de arte  y maestra Teresa del Conde —recientemente fallecida—, el cual incluye obras pictóricas, escultóricas y fotográficas de artistas como Leonora Carrington, Francisco Toledo, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, Frida Kahlo y José Clemente Orozco. Sin duda vale la pena visitar esta exposición, que permanecerá hasta mayo de 2020.

Narciso el Obsceno

El narcisismo en torno al psicoanálisis debe cuidarse de posturas absolutas y habitar el mundo de la docta ignorancia.

Entrega 

Aprovecho para agradecer este espacio a Mujer Es Más y El Arsenal, así como a sus directores y editores —Paty Betaza, Bere Sevilla, Francisco Garfias y Carlos Baños— y a mis queridas Ivonne Melgar y Marisa Rivera, amigas que me han hecho sentir en casa y a quienes hago saber que, mientras me lo permitan, aquí seguiré. Agradezco también a nuestros lectores. Les deseo unas felices fiestas y les comunico que, a partir de la siguiente entrega (que será el 3 de enero de 2020), nuestro Rizo aparecerá sólo los viernes. ¡Felicidades!