Un cisne negro en un mundo líquido

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Boris Berenzon Gorn.

Vivimos tiempos difíciles, terribles, avasallantes, y estamos sometidos a modelos desgastados. Esto no es novedoso: lo hemos padecido una y otra vez y aquí seguimos. Jay Gould, conocido como el “biólogo incómodo”, nos ha dicho que el evolucionismo del siglo XXI se puede resumir en aceptar que la selección natural —el motor de la evolución descubierto por Darwin hace siglo y medio— no consiste siempre en una competencia entre individuos y, también, que la evolución no es una marcha hacia el futuro. De esta manera, el progreso se pone en duda, se muestra lleno cicatrices, y todo positivismo queda anulado. Una vez más, cíclicamente, repensamos —no sin angustia— cómo enfrentar nuestro devenir y nuestro ethos.

La teoría del cisne negro, desarrollada por Nassim Nicholas Taleb se refiere a la imposibilidad de prepararse para enfrentar los sucesos altamente improbables, a los que llama cisnes negros. Es importante recordar que la mayoría de los métodos estadísticos emplea mecanismos de prueba y error para acumular información mediante la cual es posible racionalizar los datos y generar estrategias que permitan enfrentar las posibilidades que éstos plantean. Sin embargo, los sucesos altamente improbables no pueden ser medidos y sólo se racionalizan de manera retrospectiva, como sucedió con los sismos que sacudieron México el 7 y el 19 de septiembre de 2017; con los atentados terroristas en Nueva York, Madrid y París en 2001, 2004 y 2015, respectivamente; con el tsunami que arrasó Indonesia en 2004; con la explosión de la planta nuclear de Chernóbil en 1986, o con la naciente epidemia del coronavirus que hoy nos acecha. Al lado de Einstein, Dios juega sus dados y el azar es infalible…

La obra de Taleb El cisne negro transforma lo que sabemos sobre la manera de conocer y supone una crítica epistemológica acerca de los saberes actuales en prácticamente todos los campos disciplinarios, principalmente en las ciencias sociales y las humanidades, pues nos recuerda la posibilidad siempre latente de que las situaciones se transformen de un momento a otro sin previo aviso. Para considerar cisne negro a un suceso, es imprescindible que tenga un enorme impacto social, que —aun siendo de corta duración— se inserte en el marco de la longue durée de que nos habla Fernand Braudel. Un cisne negro debe poseer una capacidad transformadora que desestabilice la habitual cerrazón de los seres humanos ante los sucesos extraños (porque siempre preferimos pensar que éstos no ocurrirán).

Al racionalizar los cisnes negros de manera retrospectiva, los seres humanos nos preparamos ante la posibilidad de que vuelvan a ocurrir, pero esto difícilmente sucede. La contrariedad es que otros cisnes negros irrumpen y trastocan nuestro universo conocido, desafían nuestra creatividad y la ingenua y mediocre aspiración a un mundo lineal y estable.

Es posible considerar como cisnes negros la mayoría de los acontecimientos históricos que han transformado la realidad, pues lograron escapar a las tendencias y a las expectativas de lo mensurable, instauraron grandes cambios y delinearon el futuro. Por eso, Nassim asegura que la mayoría de estos hechos cambiaron el rumbo de la humanidad: guerras, epidemias, enormes acumulaciones de fortuna o innovaciones tecnológicas como la bombilla, el automóvil y la internet. De esta manera, cuando ocurre un cisne negro, la historia sufre un viraje y, ante lo impredecible, sólo queda la posibilidad de improvisar y actuar según el día. Entonces, la principal tarea de los científicos sociales y humanistas consiste en hacer efectivo el laberinto de la teoría; de lo contrario, se pierde el sentido de su existencia. Seamos contundentes: nuestra tarea es pensar y resignificar nuestro mundo de manera efectiva, cada vez con más acciones y menos contemplaciones. Eso espera de nosotros la sociedad. Dejemos el narcisismo de la torre de marfil para salir a cumplir nuestro cometido.

No obstante, ante las infinitas posibilidades de un mundo impredecible —para nada sólido, sino más bien líquido—, el alcance de las ciencias sociales —e incluso de las ciencias exactas— se reduce enormemente. Pero nos quedan entonces los conocimientos no racionales: el arte y la literatura. Es imposible, por ejemplo, prever cuándo sobrevendrá una guerra y cuáles serán sus circunstancias particulares, pero es un hecho que, si sobreviene una guerra, ésta causará sufrimientos. Entonces, probablemente la única esperanza que tendremos los seres humanos enfrentados a esa catástrofe será la literatura, que, si bien no puede predecir los cisnes negros del futuro, sí puede servir como testimonio de que la humanidad pudo sobreponerse alguna vez a algo igualmente terrible. Ese testimonio invaluable se encuentra en muchísimas obras literarias, desde la Ilíada o el libro bíblico de los Jueces hasta las novelas de André Malraux, Manuel Scorza, Susan Sontag o Toni Morrison. En un mundo líquido atravesado por cisnes negros, la palabra es el mayor don de que disponemos los seres humanos.