Dos mujeres claves en el asesinato de Fátima

Carlos Arturo Baños Lemoine.

La noticia está conmocionando a la sociedad, y no podía ser de otro modo. Fátima, una niña de siete años de edad, fue encontrada sin vida el sábado 15 de febrero. Presentaba huellas de violencia y de abuso sexual. Tenía unos cuantos días como “desaparecida”. Todo esto sucedió en la frontera entre Tláhuac y Xochimilco, Ciudad de México.

Vale la pena recordar que, apenas el pasado fin de semana, se llevaron a cabo varias manifestaciones de protesta por el asesinato y el desollamiento de la joven Ingrid Escamilla, de 25 años de edad. El macabro homicidio de esta joven fue efectuado por su propia pareja, Erick Francisco “N”, con el cual Ingrid seguía viviendo pese a la querella por violencia que la joven habría interpuesto en su contra.

Pero el caso de Fátima es peor aún, porque era una niña, sumamente indefensa y vulnerable.

En medio del dolor compartido, y haciendo a un lado la narrativa histérica y estéril del feminismo, queda claro que son dos las mujeres claves en el caso de Fátima: su propia madre y la misteriosa mujer que se la llevó al salir de la escuela (según Giovana “N”).

Sí, se trata de dos mujeres y ambas cercanas: la madre y la mujer que se la llevó sin ninguna resistencia por parte de la pequeña, lo que nos hace suponer cierta familiaridad entre ambas.

Se trata de dos mujeres, no debemos olvidarlo. Dato fundamental para quienes no nos tragamos la existencia del “patriarcado” como una especie de demonio postmoderno.

Y hay que comenzar a hacer algunas preguntas esenciales en torno a la conducta de esas dos mujeres, más aún tras darse a conocer los antecedentes de maltrato sufridos por Fátima. Preguntas que nos debemos hacer con base en la desconfianza y el escepticismo propios del detective.

¿Por qué su madre llegó tarde a recogerla? Ningún medio ha tratado de averiguar qué fue lo que hizo la madre de Fátima a lo largo del día y qué fue lo que ocasionó su retraso. Ella misma nada ha dicho al respecto. Es fundamental reconstruir lo realizado por la madre el día en el que se llevaron a su hija. Esto no se ha hecho.

De entre toda su familia, ¿nadie más pudo haber recogido a Fátima a petición de la madre retrasada? Nada se ha mencionado al respecto.

¿Y qué hay de la ruta que tomó la mujer misteriosa para llegar a la escuela a fin de recoger a Fátima? Nada tampoco se ha expresado al respecto. Hemos visto cómo se llevó a la niña, pero nada se ha dicho sobre cómo llegó a la escuela. Nadie se ha tomado la molestia de reconstruir su ruta de llegada a la escuela. ¡Y qué importante es saber de dónde venía!

¿Se conocían la madre de Fátima y la mujer misteriosa? La madre lo ha negado, pero en la casa recién cateada fueron hallados documentos relacionados con la madre y el padre de Fátima.

¿Será que sí se conocían y, por algún asunto turbio que no les salió bien, la mujer misteriosa tomó venganza con la nena?

¿Será que la mujer misteriosa ya tenía registrado el modus vivendi de la madre de Fátima y sabía que la sustracción de la menor resultaba fácil, por los retrasos continuos de la madre?

¿Será que la mujer misteriosa supo ganarse la confianza de la madre y de la pequeña mientras planeaba el ilícito, confianza que ahora la madre tendrá que negar visto el trágico desenlace?

¿Será que las autoridades capitalinas hallarán aún con vida a la mujer misteriosa o, como Fátima, ya está muerta?

En fin, estas y otras preguntas tendrán que resolverse a través de una investigación sólida, de carácter científico, sin duda laguna.

Somos escépticos y pasa por nuestras cabezas la capacidad gubernamental de “fabricar culpables”, para tranquilizar a las jaurías y para presionar a los enemigos políticos. Es México, pues. No lo olvidamos.

Lo cierto es que, en torno al dramático y reprobable asesinato de Fátima, hay dos mujeres como piezas claves: su madre y la mujer misteriosa que se la llevó.

Este artículo de análisis, crítica y opinión es de autoría exclusiva de Carlos Arturo Baños Lemoine. Se escribe y publica al amparo de los artículos 6º y 7º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Cualquier inconformidad canalícese a través de las autoridades jurisdiccionales correspondientes.