El día que nos quedamos en casa / Día 2

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Boris Berenzon Gorn.

El mundo lo define como una guerra. Aquí aún nos es difícil dimensionarlo. ¿Será porque apenas va tocando tierra y sus estragos aún no alcanzan a medirse? Será también porque aquí ese concepto nos remite a tantas otras cosas, huellas de un pasado que no se digna a dejar de ser presente e incluso se atreve a entrometerse en el futuro con chantajes y vaticinios desde la mediocridad, la poca creatividad y un creciente odio que corren a la par de la pandemia por ahora, pero oirán el grito solidario de ¡juntos todos! aunque sea por ahora.

Lo cierto es que, globalmente, hay consecuencias que rememoran nuestros momentos más complejos, como sociedades, como un único planeta. Sólo las Guerras Mundiales han detenido los Juegos Olímpicos. Berlín, en 1916, Londres, en 1944, y una última, una que por segunda vez en la historia estará marcada por los retos más grandes que, como especie, hemos tenido que enfrentar en el último siglo. Los Juegos Olímpicos de Tokio tuvieron que posponerse en 1949 por la Segunda Guerra Mundial. Hoy, en 2020, el escenario se repite en la capital japonesa, por el COVID-19. La justa deportiva se aplaza un año entero y la recuperación se va viendo más lejos en el horizonte. No lo podemos disfrazar el modelo de la globalización en lo íntimo y en lo público se va modificando.

Pero la vida es resiliente y así como los delfines vuelven a explorar los canales de Venecia, las almas fuertes deciden seguir explorando la belleza de nuestras ciudades. En Italia, la esperanza tiene rostro. Alma Clara Corsini, a los 95 años, vence el COVID-19. Casi un siglo de experiencias lleva en el pecho esa fuerte mujer; hoy, añade a sus victorias, la batalla contra este nuevo monstruo.

En Bélgica, las pulsiones de placer no se detienen. ¿Será que nunca se detienen? ¿y frente a la pandemia una vez más Eros y Thanatos los instintos esenciales del ser, la vida y la muerte juegan su eterno partido? En ciertos espacios es Eros el amor se hace más fuerte; pero también hay períodos en que el instinto de muerte se fortalece, como las depresiones, los odios o las enfermedades. La Ministra de Salud tiene que salir a avisar a la población que las prácticas sexuales entre tres o más personas están prohibidas por la crisis. La cosa es así, las pulsiones de vida siempre encuentran un recodo para florecer. Pero no están los tiempos; habrá que conformarse con gozar de dos en dos, como los mortales.

América Latina tiene una ventaja, dicen los expertos: hemos tenido más tiempo para esperar lo inevitable. Tiempo decisivo, tiempo que esperamos que hayan usado sabiamente. A esa idea nos aferramos.

Son las seis de la mañana. ¿Cómo lo vas viendo?, le digo a un amigo. “Disculpa no he leído, me retire un poco a la poesía y Rulfo. Existen oasis que nos ayudan mucho”. Quién como él.

Me propongo ir a ese oasis y me encuentro con Rulfo. Su melancolía me dice: “¿la ilusión? Eso cuesta caro. A mí me tocó vivir más de lo debido”. Avanzo y retrocedo en esa, su avenencia existencial, una que solo Rulfo entiende: “La muerte no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas». Doy vuelta a la página y me quedo pensando en la retórica fallida de reírse de la muerte que alguien algún día sobreinterpretó.