El día que nos quedamos en casa / Día 3

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Boris Berenzon Gorn.

Despierto a las cuatro de la mañana. Mi cercanía con el mundo del periodismo, cocinada diez años atrás, me lo demanda. Le escribo a uno de mis maestros, de esos de la academia y de la vida, para encontrar que su optimismo está dando traspiés. La pluma del samurái, la ironía que suele destilar ella, se tambalea. Es la presencia del COVID-19 haciéndose cada vez más patente, más nuestra.

Hay un ambiente que se debate entre la orfandad del soliloquio y la esperanza del diálogo; quizás es a eso a lo que hoy llamamos solidaridad. Retomamos amistades que habíamos dejado atrás; tomamos aire de las lejanas —que se encuentran aisladas en sus granjas, donde pueden cultivar sus propios alimentos—, y empatizamos con las cercanas, las que, como nosotros, están en la misma ratonera de ciudad.

El nuevo coronavirus no perdona a nadie, aunque algunos se esfuercen en decir que es una “enfermedad de ricos”. Para añadir más elementos a su alucinación, el Príncipe Carlos anuncia que ha dado positivo. El corona ha llegado a la corona. No perdona a nadie. Pero no nos engañemos: tampoco a los pobres. O, mejor dicho, mucho menos perdona a los pobres.

Aquí y allá, el mundo teme por las manos que controlan la maquinaria. Hillary Clinton lo advierte: no deberíamos confiar en los consejos científicos de un hombre que miró directamente al sol durante un eclipse. Es bueno que alguien nos recuerde quién es quién, porque lo cierto es que la desesperanza hace, a veces, que den ganas de confiar en cualquiera, siempre y cuando tenga en sus manos un poco de poder para cambiar las cosas. “Ojalá que lo sepa usar”, nos repetimos, contra toda lógica, aun cuando nos ha demostrado una y mil veces su incapacidad.