El privilegio de aburrirse en cuarentena

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Boris Berenzon Gorn.

El fenómeno desatado en torno al COVID-19 parece que no sabe de clases sociales, nacionalidades ni aspiraciones. Sin embargo, como hemos visto ya, el nuevo coronavirus no va a tener un impacto igual en todos los países; sus afectaciones serán una evidencia más de las desigualdades vividas en el llamado “tercer mundo”. Pero más allá de las graves consecuencias que hoy apenas empezamos a atisbar, las grandes brechas entre los grupos de la sociedad empezaron a hacerse evidentes desde hace una semana.

Mientras que millones de personas siguen sus vidas laborales sin ningún cambio (porque si no trabajan, no comen, así de sencillo), muchos de nosotros nos contentamos transmitiendo en vivo nuestra cuarentena y sintiéndonos los protagonistas de las películas norteamericanas más disparatadas. En Santa Fe, por ejemplo, a la gente le urgía salir a tocar música a los balcones, emulando lo que ha sucedido en España y en Italia. Les urgía autoproclamarse europeos, a la altura de una pandemia de clase mundial. Es cierto: los dolores de una clase no hacen menos válidos los de otra, pero, aun así, a veces la pose puede más que las propias angustias.

Las precauciones tomadas frente a la emergencia que el COVID-19 ha desatado en todo el mundo están sacando todas nuestras neurosis a flote. Tenemos, por un lado, a las personas pudientes que están vaciando los estantes de los supermercados de corte mayorista y llenando sus camionetas último modelo con papel de baño que probablemente les va a durar por meses. Prever no está mal, por supuesto, es —incluso— racional, pero la cosa tiene límites y, como dicen por ahí, el COVID-19 causa daños en las vías respiratorias, no malestar estomacal. Tenemos, del lado norte de la frontera, a quienes se han dedicado a comprar armas para enfrentar la crisis. No sé en qué escena de Mad Max se quedaron atrapados, pero leer un poco, elegir bien sus medios informativos y alejarse un rato de las redes sociales no les caería mal.

Finalmente, tenemos al intelectual de colonia bien de la “Cedeemequis”, atrapado en la pesadilla de no poder hacer name-dropping frente a nadie durante cuarenta días y con las redes sociales como único medio para hacerle saber al planeta lo interesante que es. Afuera el mundo sucede, toma su propio curso. Adentro se abre la posibilidad de encontrarnos con nosotros mismos, de desenredar las marañas que hemos escondido en la cabeza, de escuchar a Jung cuando dijo “quien mira hacia afuera, sueña. Quien mira hacia adentro, despierta”. En lugar de eso, parece que es momento de transmitir 24/7 las deplorables actividades con las que se ocupa el tiempo extra porque no, el narcisismo no descansa, y quizás eso sea lo que muchos extrañen más de la vida exterior: que los otros sean el depósito de las neurosis que no somos capaces de procesar.

Todos los terrenos son fértiles para el esnobismo: la crisis no tiene por qué ser la excepción. Hay esnobs de la filosofía y la historia, de la economía y la política, incluso de la física y las matemáticas. Algo semejante sucede con los idiomas. Un exalumno mío me contó alguna vez de un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras —compañero suyo— que presumía siempre su dominio del alemán y (tuvieran pertinencia o no) hacía continuas referencias a la cultura alemana, hasta que un día le presentaron en público a un alemán de verdad y, con tal de no mostrar el poco conocimiento que en realidad tenía de la lengua, prefirió fingir que estaba afónico. Hoy vemos nacer a los esnobs de la emergencia, los que poseen verdades sobre el COVID-19 que ni siquiera tienen quienes trabajan la vacuna; estos “sabios” han adquirido un postgrado en el tema gracias a la infinita sabiduría de las redes sociales.

Pero ¿tiene algo de malo ser esnob? Cada quien es libre de actuar tan odiosa o tan ridículamente como desee, ¿no? Sin duda, pero el esnobismo suele alimentar un problema que sí nos afecta profundamente como sociedad: la discriminación. O, en este caso, la ceguera frente a las otras realidades. Y no pienso que debamos vivir este encierro con culpa o que debamos sacrificarnos y salir como si nada solo porque muchas personas no pueden dejar de trabajar, pero sería un gran detalle aceptar el privilegio de trabajar desde casa con otro lente, pensar en el gran privilegio que eso representa y no sufrirlo.

Este encierro va comenzando, y depende de nosotros cómo vamos a vivirlo. ¿Conservaremos a Narciso o miraremos, finalmente, hacia adentro con honestidad? El tiempo lo dirá.

Manchamanteles

No se preocupe: son los viejos los que están muriendo. No se preocupe, porque si usted es joven, fuerte y sano, será como una gripe, vivirá para contarlo o quizá ni se dará cuenta. No se preocupe porque, a final de cuentas, vivimos en una sociedad de bienes materiales, sin capacidad crítica, sin preocupaciones ontológicas, ni mucho menos, éticas. No se preocupe, porque los que valen son los que producen, no los que produjeron. Es ya momento de renovar una sociedad que requiere paliar la inversión de la pirámide poblacional. No se apure, por favor, pues bien dictan los criterios estéticos establecidos desde el poder que solo lo joven es bello y que el cuerpo envejecido hay que cubrirlo, hay que evitarlo. No, por favor no se preocupe. Podrá finalmente caminar más rápido por la acera y ahorrarse la propina. Las ausencias serán benéficas para la economía. ¡Qué alivio! ¿No lo cree? Son los viejos los que mueren. Terrible enseñanza para los que vienen. ¿Seremos nosotros y nuestros hijos?

Narciso el Obsceno

A Narciso, cuando se asoma al poder, se le nubla la mirada si no tiene bases sólidas de las categorías humanas básicas, como la ética, y entonces se pervierte porque asume el poder para cobrarse en el otro todo lo que no tuvo y lo que sufrió. Narciso vuelve el poder una suerte de venganza.