El día que nos quedamos en casa / Día 7

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Boris Berenzon Gorn.

Ayer se inició formalmente la emergencia sanitaria. Todos los negocios no esenciales para la economía o para la vida cerraron sus cortinas. ¿La sociedad de consumo se reformula? Nos damos cuenta del verdadero valor… ¿La bolsa o la vida?

La jefa de gobierno da una prueba del audio con el que las patrullas de la Ciudad de México pedirán a los habitantes que permanezcan en casa. Es inevitable pensarse en una historia de ciencia ficción. Una parte de nosotros desearía que eso fuera: nada más que otra invención hollywoodense. De momento todo sigue siendo expectativa, incertidumbre, un túnel oscuro que apenas empezamos a cruzar. Ojalá despertáramos antes de atravesarlo.

El abasto en la capital está garantizado, dicen las autoridades. Las compras de pánico no son necesarias. Pero es difícil hacérselo ver a tanta gente, cuando las imágenes de la escasez alrededor del mundo invaden los medios de comunicación.

La suspensión de clases se extiende. Por ahora, será hasta finales de abril. “Por ahora”, porque en estos tiempos parece una locura planear más allá del día de hoy. La vida siempre ha sido así, pero hoy se siente en todo su rigor. Lo único seguro que tenemos es el hoy.

La música se apodera de Avenida Juárez, junto al Palacio de Bellas Artes. Bésame mucho, Non, je ne regrette rien. Son los organilleros, que también viven del día a día. Piden apoyo al Gobierno para seguir la instrucción de permanecer en casa. La acción colectiva surge en los momentos más insospechados; las comunidades empiezan a responder juntas. Todos reproducen las palabras de Jacques Attali, advirtiendo sobre la crisis económica que viene después de cada crisis sanitaria. Desearíamos, por un rato, dejar de pensar en el impacto, olvidar los golpes que están por asestarse. Pero la mente no funciona así.

Abrimos los ojos, cuatro de la mañana: el COVID-19 es lo primero en la cabeza.