Y tú, ¿no tienes miedo a salir?

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Marissa Rivera.

A finales de mayo o principios de junio la Ciudad de México podría alcanzar un pico de hasta 8 mil personas hospitalizadas, advirtió la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum. Mala Noticia.

Esa fecha coincide con el posible (casi improbable) inicio de la reactivación paulatina de las actividades económicas y sociales, que precisamente anunciará este miércoles (ojalá y no lo haga estando las cosas como están).

Ya son 59 días de encierro y parece que viene lo peor.

Aunque, a decir verdad, lo peor para muchos, ha sido la pérdida de un ser querido; para otros no tener que comer; para unos más, haber perdido su trabajo; para otros, la ignorancia y la rebeldía; mientras que para otros, el miedo, el estrés y la sugestión.

En este segmento, los casos son innumerables, desde el que se esperó dos semanas con los síntomas y no fue al hospital para no contagiarse y cuando fue al doctor ya era tarde. O el que por un dolor de cabeza exigía al doctor que de inmediato le hiciera la prueba de covid-19.

Una de esas historias es la de Lucía y Mario.

El ánimo de Lucía comenzó a decaer. Su esposo se preocupó, pero ella decía que todo estaba bien. Mario sabía que no estaban bien. La desesperación, su angustia, el llanto y los dolores de cabeza, la delataron. Vamos, te llevo al doctor, le dijo, él. No, no, voy a estar bien, respondió Lucía. Necesitamos saber qué es lo que tienes, insistió Mario. Es que tengo miedo, le confesó ella.

Mario, también tenía miedo. No podía ser posible que casi dos meses encerrados, en los últimos días ella se hubiera contagiado. Por su cabeza pasaron todos los escenarios posibles. Principalmente los negativos. María su adolescente hija fue directa: “¿mamá tiene coronavirus?”. No, sé, no lo creo, fue la respuesta del padre. 

Las medidas en casa, para salir y al regresar eran extremas. Las compras del súper las hacia ella. Él bajaba las bolsas y limpiaba minuciosamente cada uno de los productos con agua y cloro. En la entrada desinfectante para los zapatos y para las manos. No había más salidas. De hecho, sin focos rojos aparentes, para el contagio.

“Pues que el doctor nos diga qué tienes”, sugirió Mario. ¡Miedo! Eso es lo que tengo. Miedo a contagiarme en el hospital, le reviró Lucía.

La frase fue impactante. ¿Quién no tiene miedo de ir a un hospital –público y/o privado-? Era verdad, confesó Mario, él también tenía miedo de que ella se contagiara ahí. Sin embargo, la necesidad venció a la incertidumbre y fueron al hospital.

Mucha gente, mucho control, mucha seguridad y mucha conciencia. Sí, pero también mucho miedo. Todos se miran entre sí. Y suponen qué o estás contagiado o vas a hacerte la prueba. Y no. No es así, hay quienes van por un dolor intestinal, una gastritis, un brazo roto, por lo que sea, que no sea el virus.

Sin pruebas que puedan identificar y aislar a los infectados, el miedo persistirá. Y con mayor razón ahora que se abrirán las puertas de la llamada “nueva realidad”. Los números de contagiados y fallecidos van en aumento. ¿Cómo podrá la gente viajar en metro con toda confianza? ¿Ir a los mercados que de pronto se convirtieron en foco de infección? ¿Hacer fila en el banco?

No será fácil, lo sabemos. Pero tampoco debemos escuchar discursos triunfalistas como “ya estamos en la parte final”, cuando estamos en el peor momento, porque entonces la gente relaja las medidas –aún más- y la curva nomás no se aplana.

Sería mejor ver que las cifras no aumenten y que insistan con las medidas. A que nos digan “ya casi, pero ahí viene un pico de hospitalizados y contagiados”. Esas frases contradictorias, no ayudan, solo confunden.

Por cierto, le mando un fuerte abrazo a Lucía, que todo quedó en una fuerte gastritis, estrés y migraña. ¡Suerte amiga! Porque después viene el tema económico y como se ve desde ahora, no será nada halagüeño. Más vale controlar el estrés.   

PD: Yo sí tengo miedo a lo incierto de la “nueva normalidad”.