Ley seca: bota burocrática

José C. Serrano.

El pasado jueves 30 de abril se dio a conocer en la Ciudad de México que, a partir viernes 1 de mayo entraría en vigor la ley seca. Las causas aparentes para tomar esta determinación son dos: el incremento de violencia intrafamiliar por el consumo de bebidas alcohólicas en tiempos de confinamiento y la saturación de espacios donde se expenden, como vinaterías, tiendas de autoservicio y changarros de mala muerte.

En el primer caso, el bebedor que es mala copa, lo es en arresto domiciliario o en plena libertad; quien es violento y madreador lo es en cabal sobriedad, o estando ebrio hasta las manitas.

La orden que llegó desde arriba dirigida a los alcaldes de las 16 demarcaciones de la capital del país, fue tronante: se decreta la ley seca sin importar el tipo de bebidas ni el grado de alcohol que éstas contengan. Nueve alcaldías, hasta hoy, han acatado el mandamiento y sometidos asumen la humillación de la bota burocrática. Los otros siete, hasta hoy, se allanan al mandamiento constitucional del Municipio Libre.

En este mundo hay de bebidas a bebidas, y de bebedores a bebedores. La jefa de hasta arriba y sus súbditos, seguramente, son monotemáticos en estos menesteres. Va para ellos un poco de lustre.

La viticultura es el arte y la ciencia del cultivo de la vid, para usar sus uvas en la producción de vino. La historia de la viticultura en México comienza con las primeras vides que fueron traídas por los “conquistadores” españoles. Los primeros sembradíos comenzaron a extenderse a partir de la Ciudad de México, capital del virreinato, hacia las regiones septentrionales: Querétaro, Guanajuato y San Luis Potosí, alcanzando luego un gran desarrollo en el Valle de Parras (Coahuila), Baja California y Sonora. Los vinos mexicanos empezaron a producirse seriamente en 1920. Los viticultores, desde entonces, se han dedicado a tecnificar y pulir sus procesos.

A finales de los años 80, es cuando inicia la época de la producción de los vinos premium o de alta gama en México. A principios de la década del año 2000 se da el surgimiento de pequeñas viñas, cuya producción es limitada, pero el vino que producen es de alta calidad. Aun así, la cantidad de vino que se consume en México es, todavía, principalmente de importación.

Los ignaros y obsecuentes encargados de aplicar la ley seca, obviamente, están muy lejos de entender que el buen vino y la buena comida son la mejor combinación para disfrutar de ambos manjares: el maridaje.

La definición de maridaje dentro del mundo del vino y la gastronomía, se corresponde, como su nombre lo indica, con el proceso de casar un alimento con un tipo de vino determinado, para dar lugar a sabores incomparables, para disfrutar comiendo. Ciertos sabores y texturas pueden llegar a provocar combinaciones fantásticas al mezclarse con vinos. El efecto del maridaje es el de armonizar el sabor de la comida con el recuerdo del vino.

Es de esperarse que los inquisidores modernos borren de la lista de prohibiciones el producto elaborado con los frutos que la buena tierra pone al alcance de quienes saben beber.

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