La pandemia intrusa le da en la madre a la cultura del mexicano, construida en lo grupal. El distanciamiento social lo castra, lo ningunea.

José C. Serrano.

Octavio Irineo Paz Lozano (Octavio Paz), Ciudad de México 1914-1998, poeta ensayista, dramaturgo y diplomático. Premio Cervantes 1981, Premio Nobel de Literatura 1990. Uno de los más influyentes escritores del siglo XX y uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos.

En 1987 salió a la luz pública la trilogía México en la obra de Octavio Paz: I. El peregrino en su patria, II. Generaciones y semblanzas, III. Los privilegios de la vista.

El peregrino en su patria, es un viaje por el tiempo y por las creencias, una exploración de los pasados y del múltiple presente de México, una investigación acerca de sus fronteras y de sus límites, instituciones y morales. El ensayo es un buen ejemplo de la voluntad anclada en la tradición.

Generaciones y semblanzas hace referencia a una historia de la literatura mexicana. Es la puesta en escena de la pasión y la inteligencia, que se asocian para dar los timbres y tonos característicos de la la historia literaria mexicana. A lo largo y ancho de esa galería desfilan Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana Inés de la Cruz, Ramón López Velarde, Alí Chumacero, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Salvador Elizondo…

Los privilegios de la vista reúne algunos de los ensayos y poemas que Octavio Paz ha escrito sobre el arte de México. Presenta, en cierto modo, una historia de México a través de la mirada, la biografía visual de un país escrita por un hombre que ha dedicado sus esfuerzos al ejercicio libre de la creación en verso y en prosa.

Máscaras mexicanas es el primer ensayo contenido en El peregrino en su patria. El autor, avecindado durante su juventud en el pueblo de Mixcoac, dice que el mexicano es celoso de su intimidad que, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de puntos suspensivos. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos también de sí mismo.

Dice Paz que “los mexicanos mentimos por placer y fantasía, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos engañar a los demás, sino a nosotros mismos… Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser”.

Todos santos, día de muertos es el segundo ensayo inserto en el primer tomo de la trilogía. El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos ceremonias y acontecimientos. “Somos un pueblo ritual”.

En esas ceremonias el mexicano se abre al exterior. Todas ellas le dan ocasión de revelarse y dialogar con la patria, los amigos, los parientes. Durante esos días el mexicano silencioso silva, grita, canta, arroja petardos. Descarga su alma. “La noche de fiesta los amigos, que durante meses no pronunciaron más palabras que las prescritas por la indispensable cortesía, se emborrachan juntos, se hacen confidencias, lloran las mismas penas. La noche se puebla de canciones y aullidos. Nadie habla en voz baja. El mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de la soledad que el resto de año lo incomunica”.

La muerte forma parte de la fiesta en tanto que el regreso es también un comienzo: dialéctica a la medida de la resurrección. La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. “Nuestra muerte ilumina nuestra vida… Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida… La muerte es intrasferible, como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala muerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres”.

Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para las generaciones posteriores. La vida se prolongaba en la muerte. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso infinito. “La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento”.

La pandemia intrusa vuelve imposible la elaboración del duelo de todos aquellos que no pueden velar a sus difuntos ni despedirse de ellos. Cancela el festín que se organiza en las salas de velación, donde se agrupan los cronistas involuntarios que cuentan vida, obra y milagros del fallecido; la irrupción de plañideras muy acompasadas en la tesitura de su llanto; el corrillo de quienes se saben todos los chistes de subido color, y de los espontáneos consoladores de viudas. La pandemia intrusa le da en la madre a la cultura del mexicano, construida en lo grupal. El distanciamiento social lo castra, lo ningunea.

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