La guerra que viene: el petróleo

Alejandro Rodríguez Cortés*.

La semana que inicia con la histórica movilización femenina en nuestro país -tomar la calle el domingo y detener actividades el lunes- reclama sin duda toda la atención a éste que será un parteaguas en la lucha de género en México, un país lastimado por la hasta ahora incontenible violencia contra las mujeres.

Pero sin menoscabar la vital y primerísima importancia del movimiento feminista, tenemos que advertir que los próximos días serán muy complicados en materia económica a nivel mundial, y no estaremos exentos ni aislados a las consecuencias inmediatas o de mediano plazo.

La propagación del coronavirus en el centro de Europa no solo ha puesto en vilo a los mercados financieros internacionales, sino que ya impactan en un factor relevante para México: el precio del petróleo.

A la negativa rusa de disminuir la producción de hidrocarburos, como lo propuso la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para paliar la caída en las cotizaciones, vino la respuesta de Arabia Saudita: incrementar su producción en 10 millones de barriles diarios para presionar al siempre disruptivo Vladimir Putin.

La guerra pues, que fácilmente llevará el precio del barril de crudo a niveles por debajo de los 30 dólares. Los árabes no solo elevarían su producción a partir de abril, sino ya ofrecen descuentos en Europa, Medio Oriente y Estados Unidos para que las refinerías adquieran el producto a costa de otros oferentes, los rusos entre ellos, por supuesto.

Choque de oferta, con esta guerra de precios en ciernes, y de demanda, disminuida por la caída en la producción china y por menores pedidos de combustibles -gasolina, diesel y turbosina- por los efectos de la desaceleración por el virus Covid-19.

Como exportador de petróleo, México resentirá los efectos de esta nueva guerra comercial, esta vez petrolera, y si bien ha contratado coberturas financieras que le garantizan un ingreso mínimo de 39 dólares por barril (una especie de seguro de protección ante una baja drástica en el precio, lo que ocurrirá), no está claro hasta qué nivel de producción mexicana de barriles fueron contratados estos instrumentos.

La falta de claridad y transparencia de Pemex y del gobierno federal a través de la Secretaría de Hacienda, no permiten establecer claramente el grado de afectación de este escenario en los ingresos petroleros y por lo tanto en las finanzas públicas nacionales.

No es muy bueno el panorama si a eso agregamos el propio entorno macroeconómico de desaceleración -recesión si hablamos de México- aun antes de que sepamos si se habrán que tomar localmente medidas más drásticas por la emergencia epidemiológica del coronavirus, como ya lo están teniendo que hacer en el norte de Italia y en California, por citar dos ejemplos, uno más cercano a nosotros que el otro.

Es decir, México enfrenta recesión, incertidumbre sanitaria local en medio de una crisis de su sistema de salud, disminución de ingresos y expectativa pesimista por decisiones de la inversión pública necesaria en materia energética.

Parece un cocktail explosivo.

Por lo pronto, también esta semana tendrá lugar uno de los eventos financieros más importantes del año: la Convención Nacional Bancaria.

Veremos si en Acapulco, el secretario de Hacienda o el presidente de la República emiten mensajes sobre lo que el gobierno mexicano hará para enfrentar todos estos desafíos coyunturales.

Espero que Andrés Manuel López Obrador no tenga pensado simplemente ofrecer a la orilla del mar boletos de su absurda rifa a los banqueros.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

@AlexRdgz

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