“CUENTO” Fantasía del caballo alado

A la memoria de Fernando Trejo Rayón

Cuando despertó, Fernando descubrió que había ganado la rifa del avión presidencial. Al entender de veras el prodigioso golpe de suerte que había tenido, brincó de aquí para allá durante diez minutos. A pesar de que se sentía repentinamente investido de una solemne dignidad, avanzaba a pequeños saltos, casi danzando.

Luego, inhaló y exhaló varias veces, como para degustar el nuevo aire que ya le circundaba. Por fin era un magnate.

Su bigote era rubio; su mentón, afilado. Amplia su frente, escasos sus cabellos. Sus ojos de un azul traslúcido le daban la apariencia de extranjero. Su delgada figura no dejaba sitio al exceso de grasa (durante años siguió las enseñanzas de Don Charles Atlas).

Ahora vestía una exquisita bata de seda del Oriente, para estar a tono con su nueva condición. Se abandonó un rato al hastío, como un conde. Fumó un habano en la terraza y echó en un cenicero de cristal centelleante las excrecencias del puro.

No obstante, se percató de un desagradable inconveniente: no sabía nada sobre aeroplanos. Decidido a hacer algo al respecto resolvió inscribirse, de inmediato, a un curso de pilotaje.

No tenía efectivo. Pero en un segundo asomo de la Diosa Fortuna, telefonearon de la Oficina del Presidente para informar a Fernando que querían ofrecerle, gratuitamente, el curso que necesitaba.

“A la primera lección, acudí ataviado con botas de caballería, vistiendo pantalones abombados en lo alto y chaqueta de piel. Portaba un antifaz de aviador y casco de cuero”.

Durante esa primera clase de aeronáutica, el vehemente vaivén de los vientos impidió a los aviones despegar de sus pistas. Se escuchaban extraños sonidos, a lo lejos, en el cielo. Por el mal tiempo, ese día él debió asear las escaleras del aeropuerto.

La segunda clase fue más especializada. Le enseñaron cómo limpiar las escalinatas que suben, del ras del piso, a la puerta del fuselaje. Y aunque los incomprensibles ruidos continuaban en los aires, él seguía entusiasmado por continuar su carrera en la aviación.

En la tercera lección (el viento aún soplaba) lo pusieron directamente a cargar el equipaje de los viajeros, en la sala para vuelos entrantes. Con el Emperador del Norte, el señor presidente había acordado que sus gobernados harían ese trabajo.

“Aunque a veces ya no me gustaba tanto mi curso, yo lo soportaba todo. Como si fuese de acero”.

Aprendió Fernando sobre historia de las aeronaves y algunos de sus secretos. Pero no todos ellos, lamentablemente. No le informaron, por ejemplo, que había que llenar con turbosina el tanque para poder encender el avión. El boleto de la rifa no decía nada sobre el depósito de combustible. Y cuando terminó el curso, el tanque estaba vacío.

No tenía un centavo en la bolsa y por tanto no logró echar en el tanque ni una gota. Y tampoco pudo avanzar un solo metro. La suerte lo abandonaba…

“Comprendí que era urgente conseguir combustible. Para hacerme de recursos, decidí vender los asientos del aeroplano al propietario de un circo. A fin de mes recibiría el pago y así podría surtir de combustible a mi aeronave”.

“Aclaro que mientras el tanque estuvo vacío, fui transportado por un escuadrón de treinta caballos alados, que me llevaban hacia cualquier parte que les indicase con las bridas”.

Un día, descansando en su aeroplano, tomó un diario y se puso a leer. Así, se enteró de una sorprendente noticia. Desde el otro lado del mundo, había sido disparada una bala dirigida hacia el corazón del señor presidente. La bala venía en camino.

“Puse manos a la obra. Me despojé de mi atuendo de aviador y me puse uniforme militar. Monté en un corcel alado y me fui a perseguir la bala, en un generoso y desesperado intento por proteger la vida del señor presidente.

“Alcancé la bala galopando. Era enorme. Me lancé sobre ese proyectil gigantesco, como salido del revolver de Dios. Me abalancé, brinqué sobre ella y luchamos. La bala y yo girábamos de un lado a otro, abrazados y a toda velocidad, en una lucha encarnizada.

“La bala, con la fricción y la fuerza del extraordinario viento que soplaba, fue gradualmente reduciendo su tamaño, hasta tomar la forma de un caramelo metálico. En ese momento, decidí morderla con fuerza (como un tigre). Así detuve la bala”.

Llegó a Palacio Nacional, hambriento de gloria y aún con la bala entre los dientes. Había salvado al señor presidente. Estaba listo para recibir honores a la altura de mis merecimientos.

Pero en lugar de ello, el señor presidente lo recibió en su oficina y lacónico le indicó:

-No volarás el avión. Tendrás que devolverlo –dijo-. Y me arrebató las llaves de mi aeroplano.

Mi maxilar inferior, por la impresión causada con tan insólita noticia, se desencajó y cayó al piso.

La bala, por su parte, en lugar de caer al suelo junto con mi mandíbula, continuó su vertiginoso camino hacia el corazón del señor presidente.

-Muerde la bala -ordenó el mandatario.

-¡No! ¡Antes deme mi avión! –repliqué, mientras colocaba en su sitio a mi maxilar.

-¡Te instruyo que vuelvas a morderla, hasta nueva orden!

-Dame mi avión, Señor… -le respondí en tono equívoco.

-No -dijo él- ¡Muérdela ya!

“Como era evidente que teníamos un serio diferendo, le pedimos un poco de privacidad a la bala. La cual se fue a otra habitación, un tanto exasperada, para dejarnos arreglar nuestras diferencias al señor presidente y a mí”.

Una vez en privado, el señor presidente, con aire nauseabundo, dijo que debía traer un médico para que me lo explicara todo.

De inmediato se presentó el Cirujano en Jefe de la Presidencia y dijo: “El señor presidente regurgita difuntos de modo constante. Necesitamos el avión para deshacernos de los cuerpos”.

-Cuando va a expulsar un cadáver por la boca –explicó el Cirujano- él mismo se pone dos dedos sobre la lengua, como una pinza. Y lo saca. Lo primero que vomitó fueron dos bebés rostizados, dos varoncitos. Fue como un parto invertido: nacieron muertos y por el sitio equivocado. Pero luego salieron por su boca adultos e incluso venerables abuelos. Los hay azules, de color magenta o guinda violáceo como un betabel. Los hay momificados y amortajados. Los peores son los cadáveres agusanados que le salen por los labios al señor presidente. Pero no hay problema para quien sabe su oficio: solo tengo que quitarle uno o dos gusanos que quedan entre sus comisuras y… ¡listo!

“Salí de Palacio Nacional dispuesto a ayudar al señor presidente hasta el límite de mis fuerzas. Me habían convencido. Yo me llevaría los cuerpos y los guardaría entre las nubes”.

Por su parte, la bala, sencillamente no fue recibida por el mandatario. No se le ha dado audiencia y aún sigue esperando su turno, envuelta en mil trámites y haciendo antesala sentada en un sofá, en un salón del Palacio.

“Pero yo precisaba volar en mi nave. Descubrí la razón que impedía que muchos aeroplanos alzaran el vuelo. Se lo comuniqué de inmediato al señor presidente. Eso explicaba los ruidos que se oían en lo alto”.

-Esto es lo que no permite volar a las naves –le informó al presidente-. El aire está lleno de nuestros gritos…

-…Pero la costumbre los acalla. Ya lo dijo Godot, el día que llegó –aclaró el gobernante. Y lo hizo de modo tan convincente y sublime que el viento cesó. Con las solas palabras del primer mandatario, los vientos que tanto afectaban la aeronáutica nacional, dejaron de soplar.

“Y yo pude por fin despegar en el antiguo avión presidencial.

“A partir de entonces sirvo al presidente, con mi avión, en todo lo que puedo. He querido en vano terminar de esconder a los difuntos, pero el señor presidente continúa con sus vómitos y no sé si podré seguir eternamente depositando los cuerpos en las alfombras del cielo.

“Pero todo tiene solución. Con pegasos recién herrados hago pisotear los cadáveres, cuando se junta una gran pila de restos. Los caballos alados vuelan como buitres sobre los cuerpos, antes de precipitarse sobre ellos y trotar con firmeza. Luego, mezclo todo eso con desechos ecuestres y vierto la masa resultante en el majestuoso río que surte de agua a nuestro gran país. Con esas aguas se riegan todos nuestros campos; es inmejorable para abonar las tierras. Aunque la Población Total está ciertamente ingiriendo partículas de fiambres y cuerpos putrefactos, sin saberlo, cada vez que beben agua. Pero como todo viene en trozos microscópicos, ni siquiera lo perciben en realidad. Sólo atisban, de modo muy vago, un sabor ligeramente amargo”.

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