Pies y traspiés del “Orgullo LGBTTTIAQ+”

Carlos Arturo Baños Lemoine.

Hace 51 años comenzó esta historia. La madrugada del 28 de junio de 1969, hubo una redada policial en un pub conocido como Stonewall Inn, ubicado en el barrio Greenwich Village, Nueva York.

Contexto histórico: acababa de pasar el Verano del Amor (1967) y el Movimiento de 1968, y estaba a un mes de ocurrir el Festival de Woodstock (agosto 1969). El movimiento de los derechos civiles estaba en su clímax, mientras la Guerra de Vietnam entraba en su etapa decadente. Estamos, pues, en el ombligo de la contracultura gringa que, simultáneamente, se esparció por todo el mundo capitalista.

¿En el mundo comunista? No, porque allí estaban menos habituados a la idea de “libertad”: no asumir como “verdades vitales” los dogmas del politburó del Partido Comunista (el que fuera) es un “acto contrarrevolucionario”. No se permiten ni las bromas contra el “régimen del pueblo”, como bien lo supo, lo expuso y lo denunció Milan Kundera (La broma, 1967).

En el occidente capitalista (y su zona de influencia), quedaron más expuestas a la luz pública algunas formas discordantes de ser, de pensar y de vivir; todas ellas “desafiantes” del statu quo.

Casi como mandato generacional, masas enteras (sobre todo de jóvenes) optaron por la irreverencia, la transgresión, la desobediencia, la rebeldía, la iconoclastia…

Pero Stonewall fue más que una represión hacia los homosexuales que se reunían para departir, cotorrear y ligar en ese bar. Fue una reacción torpe del ala conservadora y puritana del statu quo, que les dio a los homosexuales una causa que se ha movido entre la legítima reivindicación y el victimismo manipulador, siendo muy delgada la frontera entre una cosa y la otra.

Sí, cierto, muy bien: es abominable y condenable la represión hacia las personas homosexuales que ejercen libremente su sexualidad. El debate al respecto debe girar, más bien, en torno a la edad mínima de consentimiento sexual (y no sólo para gente homosexual): aquí radica la diferencia entre la pederastia (delito) y el sexo legal. ¡Un debate que, por cierto, nadie ha querido abrir en México!

Después vino el asunto del matrimonio gay, matrimonio homosexual o matrimonio entre personas del mismo sexo. Eso de “matrimonio igualitario” resulta equívoco, porque no toca la esencia del asunto. Y, claro, las cosas están decantándose de forma coherente: se debe permitir que dos personas del mismo sexo formen una unidad conyugal-familiar (matrimonio), tal como pueden hacerlo dos personas heterosexuales. Esto incluye, obvio, la adopción.

Curioso: el movimiento homosexual ha exigido igualdad con respecto a una vieja institución del statu quo de la tradición occidental… ¡el matrimonio! Sólo una modalidad más del añejo y milenario Derecho Romano. Ni tan “transgresores”, como se pensaba… ¿Pues no que el matrimonio era una institución tradicional, conservadora, retrógrada y decadente?

Por supuesto que parece correcto atender la salud de las personas infectadas de VIH, si bien no se debe pasar por alto que la promiscuidad irresponsable de muchos homosexuales pudo ser considerada como delito de peligro de contagio. ¿Por qué no lo fue?

Asimismo, el movimiento gay abrió la puerta al “mar de las diversidades”. Primero gays y lesbianas, luego bisexuales, travestis, transexuales, transgéneros, intersexuales, asexuales, queer y lo que la caprichosa ocurrencia incluya hoy o mañana. La imaginación es el límite.

El abanico se ha abierto tanto, que hasta los colores del arcoíris ahora resultan insuficientes. Y, como era de esperarse, hoy el movimiento de la “diversidad sexual” ha caído en abusos, excesos y caprichos insoportables; sobre todo a raíz de que quedó atrapado por la “ideología de género”.

¡Ahora nos encontramos el arcoíris hasta en la pinche sopa, caray!

Y como todo mundo quiere navegar por la vida con bandera de nice, “progre”, pop, incluyente y open mind, vemos banderas arcoíris por todos lados: empresas que quieren aumentar sus ventas, partidos políticos que quieren ganar votos, faranduleros que quieren conservar o ampliar sus fans, gobiernos que quieren elevar el gasto burocrático y multiplicar los puestos para los cuates o familiares “de onda”… ¡vaya, hasta iglesias y credos que no quieren perder feligreses (con sus correspondientes limosnas)!

Y, claro, todo esto funciona mejor mientras más morbosos son los actos de exhibicionismo y más lacrimógenos son los relatos victimistas.

Lo que hemos tenido que soportar (ironía o hipérbole incluidas):

El actor Fulano de Tal “sale del clóset”: ¿tan malo es como actor que tiene que atraer reflectores hablando de su vida privada?

—Ya supiste que el actor Perengano de Tal es gay y ya le dio el anillo a su pareja en la punta de la Pirámide del Sol, en Teotihuacán.

—La verdad, ni siquiera sabía de la existencia de Perengano de Tal y a Teotihuacán sólo la conozco en postales.

El director Zutano de Tal hace películas u obras de teatro de tema gay, con actores gay, guionistas gay, estudios gay, maquillaje gay, vestuario gay, luces gay… ¿las palomitas (rosetas de maíz) también son gay?

El conductor o locutor de equis programa ha reconocido abiertamente su homosexualidad y su condición de portador de VIH… ¿lo hizo para poder acusar de “homofobia” y “VIH-fobia” a la empresa que lo contrato cuando ésta lo despida?

Los miembros de la “diversidad” exigen “cuota” parlamentaria y cargos en el gobierno… ¡aguas, porque ni las matemáticas ni el presupuesto pueden soportar algo así!

Los colectivos “trans” exigen que la seguridad social cubra las operaciones de “cambio de sexo” (y si las operaciones incluyen vacaciones en Tailandia, mejor). Y, por supuesto, que las hormonas también se carguen al erario.

Las ONGs de la “diversidad” exigen fondos públicos y condonación de impuestos para organizar foros, seminarios, ciclos de conferencias, sesiones de cine-debate, diplomados, posgrados, talleres, etc., sobre la “diversidad”.

Todos los edificios públicos deben ser iluminados con los colores del arcoíris durante el mes de junio; sin falta y so pena de ser estigmatizado o despedido. Además, todos los funcionarios públicos deben portar algún distintivo de la “diversidad” y tomarse la foto con algún colectivo de la “diversidad”: mejor si la foto es justo el día de la Marcha del Orgullo LGBTTTIAQ+.

Hasta el lenguaje tendrá que cambiar. Para no quedar cautivos por el “binarismo opresor y discriminador”, tendremos que usar grafías y terminaciones idiotas, pero “políticamente correctas”: “¡Hola, [email protected]!”, “¡Hola, amigxs!”, “¡Hola, amigues!”…

Las autoridades educativas deberán adaptar los planes de estudio para que todos los chamacos aprendan que hay “niñas con pene” y “niños con vagina”: la biología, especialmente la genética, valen para pura chingada.

Todos a aplaudir, como focas drogadas, las exposiciones plásticas sobre la “diversidad”. No importa si los cuadros, los dibujos, las esculturas o las instalaciones estén horribles: lo que importa es que “cuestionen la cultura machista y patriarcal con sus trazos, colores o volúmenes”.

Toda la música, desde la autóctona hasta la clásica (y sobre todo la pop), debe reinterpretarse en clave “de ambiente”. Y el cine que no haga una referencia positiva a la “diversidad”, debe quedar bajo sospecha.

¿Cómo puede uno saber si le gusta o no que le den por el culo, si nunca se la han metido por el culo? Por tanto, hay que organizar talleres experimentales de envaselinado anal y penetración fálica para que la gente enfrente el “machismo hetero-normativo” y, así, descubra su verdadera identidad sexual.

¡Puf… cuántas cosas de estas hemos tenido que soportar desde que la “diversidad” se volvió moda y política oficial!

Y que a nadie se le ocurra mencionar los pleitos, las divisiones, las traiciones, las transas y los abusos al interior de la “Comunidad de la Diversidad Sexual”… ¡anatema sea!

Tampoco está bien deslizar la idea de que en los campos de la cultura, la academia, el arte, las becas, las agregadurías culturales, la farándula, etc., hay cenáculos “de la diversidad” que ejercen un control brutal y férreo.

En fin, por lo visto tendremos que seguir soportando la tormenta ideológica, y ahora fanática, de la “diversidad”.

¡Y pensar que todo esto comenzó por una causa justa!

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Este artículo de análisis, crítica y opinión es de autoría exclusiva de Carlos Arturo Baños Lemoine. Se escribe y publica al amparo de los artículos 6º y 7º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Cualquier inconformidad canalícese a través de las autoridades jurisdiccionales correspondientes.

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