En economía, AMLO no puede, no sabe y no quiere

Alejandro Rodríguez

Alejandro Rodríguez Cortés*.

No sé si cuando Andrés Manuel López Obrador dijo que la pandemia nos había caído “como anillo al dedo” pensó en que tendría a quién culpar de la recesión económica que ya se empezaba a perfilar en México antes de la aparición del virus.

Lo que sí sé es que después de 4 trimestres consecutivos de contracción, llegó el Covid-19 y la economía pasó de caerse 0.3 por ciento a desplomarse casi 19 por ciento anual hacia la mitad del presente año, a cuyo cierre habrá caído más de un 10 por ciento.

No se puede negar que el confinamiento social y la paralización de actividades influyó en tal tragedia. Pero es irrefutable que las decisiones económicas del presidente de la República aún antes de tomar posesión fueron un antecedente perverso que simplemente empeoró con la crisis sanitaria.

Dicho de otra forma, la cancelación del proyecto del nuevo aeropuerto internacional de la ciudad de México, el pleito legal con empresas de gasoductos, la amenaza de control de precios en servicios financieros y otras ocurrencias y pésimas señales de certidumbre a la inversión privada, hizo que la pandemia -catastrófica en sí misma- nos tomara muy mal parados a diferencia de la mayoría de los países del mundo que de cualquier forma fueron sacudidos fuertemente en su ritmo de crecimiento.

Aún sin salir ni del problema de salud ni mucho menos del económico, en Palacio Nacional se esmeran día con día en convencernos de que ya empezamos la recuperación. Pero eso no es cierto.

Escribía Luis Rubio, y concuerdo con él, que no se debe confundir un rebote económico con una recuperación de la economía. La caída fue tan brutal que son lógicas las tímidas señales de regreso en cuanto se reabrieron las actividades comerciales y productivas, pero muy lejos estamos de hablar de que la economía mexicana ya está convaleciendo.

Ello no ocurrirá mientras siga pasmada la inversión. Y no hablo de los cientos de miles de millones de pesos que se están destinando a las obras de infraestructura de dudosa rentabilidad para la mal llamada Cuarta Transformación. Tampoco de los apoyos sociales, que muchas veces son contabilizados incluso como créditos a la actividad productiva pero que no lo son.

Hablo de proyectos en donde la iniciativa privada inyecte recursos no fiscales que por supuesto buscan retorno y utilidad, pero que son una condición indispensable si pensamos en un proyecto de país ganador, de expansión económica, de generación de riqueza y bienestar.

Así lo ha dicho ya y lo reiteró recientemente el empresario Alfonso Romo, a quien López Obrador parece no haberle hecho caso en sus consejos de que sin suficiente inversión empresarial simplemente su gestión está encaminada al fracaso.

Pero el presidente de la República no puede con su aversión hacia lo privado, ni con sus rencores de batallas políticas pasadas; no sabe de economía y así lo manifiesta cuando celebra como éxito apreciaciones en tipo de cambio o incrementos históricos de las remesas de mexicanos en el exterior; no quiere enmendar errores como apostarlo todo al petróleo, que ya nos hizo perder este año 600 mil millones de pesos que ahora tanta falta le hacen a las arcas nacionales.

No puede, no sabe, no quiere. Y lo reiteró este fin de semana con una iniciativa de reforma al sistema de pensiones que ya estaba bien consensuada con la iniciativa privada, pero a la que incluyó un control de precios para las Afores que es otra muy desafortunada señal de certeza para la competencia y la inversión.

El caso es que no le alcanzará su gobierno para recuperarse de la caída propiciada por él mismo y acentuada por una pandemia también mal administrada.

Y la historia, en vez de registrar un 4% de crecimiento anual promedio -ya no digamos el 6% que algún día nos prometió Andrés Manuel López Obrador- consignará un sexenio perdido en materia económica.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

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