El síndrome de las alianzas

Alejandro Zapata.

Para las próximas elecciones se comienzan a conformar dos bandos partidistas; el primero de línea oficial se compone de MORENA, PVEM, PT y algunos institutos de nueva creación afines a la actual administración; mientras por la oposición, se encuentran el PAN, PRI y PRD, uniones que, en otras épocas por ser acérrimos adversarios, tener históricos agravios y profundas diferencias ideológicas eran impensables.

Pues bien, ha comenzado un movimiento político-social que presagia fuertes confrontaciones electorales que deberán dirimirse en las urnas, sin embargo, las repercusiones tendrán efectos trascendentes en la vida nacional, pues del resultado dependerá el rumbo que tome el país.

Si escudriñamos la historia, los acontecimientos tienen cierto paralelismo con la etapa prerrevolucionaria a principios del siglo pasado, el ciclo final del porfiriato plagado de excesos; control del legislativo; delirio contra la libertad de expresión; persecución política; y concentración del poder, entre otros muchos agravios, dio pauta para la integración de múltiples organizaciones políticas de muy diversa índole, que se agruparon para postular a Madero como Presidente de la República en contra de Díaz, participando de los objetivos el Partido Democrático encabezado por Benito Juárez hijo.

Cabe mencionar que en esos momentos se quejaba amargamente el General Díaz, al igual que ahora lo hace el Presidente López Obrador, por los artículos y comentarios de la prensa independiente que lanzaban agudos ataques criticando sus desatinos y la patente actitud autócrata que caracteriza a ambos personajes.

Así, el país se vio sumido -como ahora- en dos corrientes: el antirreeleccionismo frente a la reelección; la democracia versus dictadura, los dos primeros apelando a la conciencia nacional, mientras que los segundos motivados y apostando al continuismo conservador.

El desenlace es por todos conocido, al faltar el caudillo el movimiento porfirista se vino a menos, abriendo las puertas a las ambiciones, a las traiciones y los intereses, haciendo un largo y atropellado proceso postrevolucionario, admitiendo una carencia de sustancia, claridad y visión, de quienes apoyaron la causa maderista, lo que indica aprender de las experiencias históricas.

Tanto en aquellos ayeres como hoy en día, se justifican las alianzas partidarias opositoras a partir de la premisa de que se persigue un bien mayor de alta trascendencia, evitar un régimen de tendencia autoritaria y centralista, pues constituye un regreso ominoso al pasado. No obstante, esa motivación, si no viene acompañada de elementos sustanciales de mayor visión y alcance no únicamente quedaría corta sino sumida en la pobreza política.

En efecto, nos encontramos en una coyuntura, circunstancial y -esperamos- pasajera, que ha puesto en riesgo los principios democráticos e instituciones que sostienen el desarrollo nacional y al país, factores que obligan a tomar decisiones extraordinarias, a partir de puntos de encuentro, lo que requiere en principio unidad en objetivos y dejar las diferencias a un lado, razón por la cual resulta esencial fijar una agenda común. Tampoco se trata de un mecanismo imprevisto, nuestra Carta Magna contempla la figura de gobiernos de coalición de donde puede obtenerse un buen asidero, contemplando bases de reconstrucción y reconciliación nacional.

La oposición no puede reducirse a ser un simple muro de contención o contrapeso, además debe ser un motor de cambio, un factor que nutra el debate, la reflexión y procure el desarrollo de los valores democráticos, con visión de estado, para ello, resulta indispensable que elija adecuadamente como candidatos a personas honestas, congruentes, líderes probos bien identificados con su comunidad y plenamente comprometidos con las causas y los objetivos de las alianzas, evitando sorpresas y previendo traiciones.

Sin olvidar la célebre frase: “en la victoria humildad; en la derrota dignidad; y, en lo esencial unidad.” 

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