Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn.

En México, casi todos los medios de comunicación han construido un discurso en el que el éxito y el poder están asociados al color de piel. Lo cierto es que esta narrativa no está alejada de la realidad como lo muestra el documental El racismo que México no quiere ver.

Existe un imaginario que pretende incluirnos a todos en el espacio del mestizaje como un lugar de encuentro e identidad. Lo cierto es que el clasismo, el racismo y la discriminación son el discurso que campea en nuestra realidad y que conduce a la permanente desigualdad social, incluso más allá de las propuestas políticas y de lo que hoy en día se considera políticamente correcto. Patricio Solís, quien coordina una estupenda investigación sobre el tema en el Colegio de México, señala que “hemos pasado de un periodo de invisibilización a un periodo de visibilidad incómoda”, haciendo notar el doble papel que implica discriminar y ser discriminado.

La pigmentocracia, concepto propuesto por el filósofo chileno Alejandro Lipschutz para explicar la estratificación de la colonización española en sus colonias en el continente americano, sigue siendo vigente para mostrar la discriminación por el color de piel en América Latina y en México, como lo han demostrado recientemente diversos científicos sociales. La pigmentocracia se ve reflejada en las cosas más sutiles, pero también en las vitales. No es sólo el trato diferenciado en el día a día, sino la limitación en el acceso a los derechos que deberían estar garantizados para todos en condiciones de igualdad. Conceptualizarlo es complejo, hay una mezcla de clasismo, racismo, e incluso odio por nuestras raíces; como sea, en México no somos iguales, por mucho que esta sea la legítima aspiración.  Hay un sistema de clases que tiene muchas cabezas como la Hidra de Lerna, estereotipos muy bien acabados que lo mismo sirven para un grupo que para otro. En el fondo hay una negación de nuestros múltiples mestizajes.

Las divisiones basadas en parámetros de diferenciación racial no fueron extrañas a la construcción de nuestra nación. Ya en la Edad Media, la imagen del otro visto siempre desde la óptica occidental tenía fuertes parámetros raciales. Si por un lado se empleaban las metáforas bíblicas para explicar por qué europeos y africanos tenían su origen en hijos distintos de Noé; por otro se inventaron las más curiosas explicaciones del origen del poblador americano al encontrarse con él en el Nuevo Mundo, como lo explica talentosamente Antonello Gerbi en su libro La naturaleza de las Indias nuevas, el cual puede ser el primer contraataque intelectual contra el racismo.

A pesar de que muchas ideas previas se pusieron en jaque con la llegada a tierras americanas, la diferenciación racial se emparejó en muchos sentidos con el trato que los europeos dieron al otro (incluyendo la diferenciación de castas, que, aunque era más un orden jurídico que real, demostraba el universo simbólico con el que se analizaba la otredad) y con la forma en que se les atribuyeron clichés y por supuesto acceso a los derechos.

Fuera o no un comportamiento naturalizado, estuviera o no en línea con los parámetros morales de la época, lo cierto es que crearon un sistema tan fuerte que ni la lucha de independencia, la revolución ni un manojo de movimientos sociales que han intentado cambiar México de raíz han podido con él. El sistema de castas, aunque sea de manera simbólica, sigue presente y no es sólo parte del pasado como un mal ideológico que se mira con vergüenza. El discurso se sigue perpetuando, utilizando diversos referentes contemporáneos que van más bien encaminados a fortalecer la pigmentocracia. Una de sus expresiones más evidentes es el whitexican, expresión que busca evidenciar, a través de la ironía, el racismo y el clasismo de las personas blancas que no son conscientes de todos los privilegios que tienen sólo por su color de piel y de las desigualdades que el resto de los mexicanos viven día a día.

En el México de hoy, el color de piel determina cosas tan simples como el trato que recibirás al acceder a un bien o un servicio; si serás custodiado por un guardia al entrar a un establecimiento comercial; si te elegirán como inquilino en un inmueble en renta; si un agente de seguridad te tratará con respeto; si te elegirán en un trabajo para el cual estás calificado, y muchas más. Todas éstas pueden parecer nimiedades ante los ojos de varios, pero no lo son.

En el México de hoy, la justicia no es la misma si hablas una lengua indígena o español. En el primer caso, puede que nadie te escuche y que acabes en un centro de reclusión por una falta sobre la cual no tuviste un juicio. La protección de los cuerpos de seguridad tampoco es la misma si eres blanco o moreno. En el segundo caso puede que acabes siendo sometido con exceso de fuerza bajo cualquier pretexto. La salud, la educación, todo se provee de forma diferenciada. Quizás los factores no sean tan precisos como en el añejo sistema de castas, pero éste integra sus propias variables: color de piel, origen, acento, lengua, género, forma de vestir y un largo etcétera.

Si bien ahora ya no forma parte de la ley, forma parte de nuestra forma de vida. Está presente en cada uno de nosotros, que lo perpetúa al actuar según sus mandatos y no cuestionarlo. Se fortalece, además, a través de los contenidos de la televisión, el cine y los medios de comunicación. Seguimos encumbrando la desigualdad y deseando ser alguien que, gracias a ella, se coloque en la cima, en vez de desear mejores oportunidades para todos. Quizá el señuelo perverso sea fomentar el deseo aspiracional inalcanzable.

La máxima del reality show de Netflix Made in Mexico es válida para gran parte de nuestra sociedad: “ser mexicano es ser chingón”. ¿Y quién es ‘chingón’? El que ‘se chinga’ al otro. El que pasa por encima de los demás. El que asciende a la cima sin importar el hambre, la injusticia y la desigualdad que perpetúe a su paso siguiendo el arquetipo que plantea la llamada “Filosofía de lo mexicano” y Octavio Paz en su laberinto. Como bien señalaba Luis Villoro no puede existir una filosofía cuya máxima no sea la universalidad o está destinada al fracaso.

Que se sepa, esto no es una lucha de clases —como la que dice plantear aquella película distópica en Amazon Prime—. Éste es un ataque unidireccional desde arriba hacia los que han estado abajo siempre.

 

 

Manchamanteles

El componente ideológico que permite la desigualdad en México se transmite a través de todos nuestros medios. Su glamorización ha sido una de sus más fuertes herramientas por décadas. ¿Cómo hacemos que el pueblo no odie a quienes lo oprimen? Los hacemos admirables a través de las telenovelas, las películas y las series. Más recientemente, a través también de las redes sociales.

 

Narciso el obsceno

Jean M. Twenge y Keith Campbell, especialistas en el narcisismo, señalan en su libro The Narcissism Epidemic que “la inflación narcisista del yo fue la hermana gemela de la inflación crediticia. Ambas son burbujas, pero la del crédito reventó antes”. No falta mucho para la crisis de números rojos y debacle de los yoicos a ultranza. La pandemia los muestra obscenos y sin fondos; sólo burbujas…

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