Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn.

La web 2.0, con sus promesas de democracia y libertad de expresión, puso en nuestras manos una herramienta potencialmente destructiva. No se trata de una bomba nuclear, pero igualmente las dinámicas de las redes sociales (como el bullying masivo y la llamada pornovenganza) pueden terminar con la vida de personas. Esto no significa que el concepto mismo de las redes sea inherentemente malévolo. Sin embargo, su ejecución actual (la que conocemos hoy y que es dirigida por los grandes magnates de Silicon Valley) sí parece llevar en la composición misma de su médula una semilla para el odio. Los algoritmos que nos llevan de una recomendación a otra, potenciando los contenidos de odio y enriqueciendo con ellos indirectamente a los altos ejecutivos, así lo demuestran.

Las posturas sobre los beneficios que las redes sociales han traído a nuestras vidas son variadas. Están quienes creen que han revolucionado al mundo, los que ven en ellos una herramienta más de comunicación y los que de plano opinan que sus perjuicios rebasan sus bondades. Más allá de esa discusión, es innegable que tienen puntos negativos que se ven retratados en la propagación de la violencia y el discurso de odio. En estas plataformas, las agresiones disfrazadas de libertad de expresión, y validadas de la multitud, han encontrado un nicho nunca antes visto. Su velocidad de propagación y la capacidad de conectar a miles de personas en distintos sitios, entre otras, hacen que esta herramienta, cuando se usa de forma destructiva, sea realmente lesiva de la dignidad humana.

Muchos podrán decir que cualquier fruto de la tecnología puede tener un uso bueno y uno malo. No se equivocan. Las funciones de toda herramienta pueden ser distorsionadas hasta hacer de ella un arma. Desde ese lente, no son malas per se, sino que están expuestas a la utilización perversa orientada hacia fines destructivos. Sin embargo, el diseño de algunas herramientas puede hacerlas más propensas no sólo a los accidentes, sino al deliberado mal uso. Éste es el caso de las redes sociales, cuyos mecanismos internos pueden favorecer o incluso promover el discurso de odio.

Muchas de las formas de violencia que existen hoy en las redes existirían, de forma equivalente, fuera de ella; eso debe admitirse, aunque con sus reservas. Porque la manera en que los agresores pueden inmiscuirse en las vidas de las víctimas, y el alcance 24/7 que pueden tener sobre ellas, ha sido sin duda potenciado por estas nuevas tecnologías. Es decir, que las redes no crearon el mal para tampoco puede decirse que no lo estén magnificando.

Los algoritmos dentro de las redes sociales tienen una función clara: que el usuario continúe consumiendo contenido de la plataforma. Para ello, debe realizar sus mejores esfuerzos para provocar en él una impresión intensa que lo enganche y lo lleve a seguir dando clics o continuar scrolleando la pantalla. El entretenimiento y las emociones positivas cumplen muy bien esta función, pero también (o quizás un poco mejor) el odio y la desinformación.

En entrevista con The New Zealand Herald, Zac Rogers, investigador de la Flinders University, asegura que los monopolios de la web 2.0 necesitan del poder seductor de las publicaciones de odio para hacer funcionar al máximo sus algoritmos de marketing. Y es que pocas cosas parecen enganchar a los usuarios como los espectáculos donde la existencia humana es ridiculizada y humillada por razones que a veces pretender ser legítimas y muchas otras ni eso. Es cierto, es el usuario quien da los clics, pero es el sistema el que se aprovecha de sus emociones.

Para Rogers, las pautas de atención son hoy dictadas por los algoritmos, que las tejen con base en nuestros intereses pasados, no sólo como individuos, sino también como masas. Estos mecanismos se van perfeccionando para atraer y aprovechar cada vez “más rabia, más extremismo, más violencia, y más odio”, asegura el investigador.

Tal vez poco los admitan, pero uno de los motivos por los que accedemos a las redes es para experimentar estas emociones negativas. Y si no es un motivo, entonces nos hemos adaptado muy bien a un entorno sumamente hostil con tal de recibir a cambio unas migajas. De acuerdo con una investigación del Pew Research Center, publicada en 2018, la emoción que más experimentan los usuarios frente al contenido que ven en sus redes es la diversión (88% de los encuestados así lo dicen). Sin embargo, la segunda es el enojo, según el 71% de los encuestados.

¿Por qué seguir alimentando un entorno hostil que claramente nos produce tantas molestias? ¿Creemos que ese enojo infértil es la democracia? ¿O simplemente pasa que nos tienen demasiado enganchados como para dejarlo ahora, que ya somos tan dependientes del scrolleo de la mañana como de un buen café?

 

Manchamanteles

Tras la conquista histórica por las libertades y los derechos de las mujeres que la Suprema Corte logró al declarar inconstitucional la despenalización del aborto, el maratón de rasgado de vestiduras dio inicio formal. Todo empezó con opiniones, pero ha derivado en incitaciones a la violencia, proferidas incluso por ministros de culto. Los derechos humanos siguen avanzando en México y desde todas las trincheras tenemos que defenderlos. Estos discursos antiderechos son inadmisibles en una democracia. Como lo dijo el ministro Luis María Aguilar: “Si hay un segmento de la sociedad que considera que no debe hacerse (el aborto), pues que no lo haga“.

 

Narciso el Obsceno

Marie-France Hirigoyen (1949) se pregunta, en su obra Los Narcisos, que “si vivimos entre narcisistas y si siguiendo a Émile Durkheim la personalidad es el “individuo socializado” ¿es la propia sociedad la que favorece estos narcisismos?”. Cada quien sabrá cómo opera su narcisismo con la sociedad o cómo deja que ésta se inmiscuya en su narcisismo. Buen momento de ebullición para ambas partes, la sociedad del ocio.

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