De redes, poliamor, desamor y otros desfiguros del corazón

Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn.

“El mal que sufro es la prueba de mi virtud, que es la pasión”.

Sergio Fernández, Los Desfiguros de mi corazón. (1983)

El amor cambia de paradigma, pero su imaginario no. Las exigencias son infinitas y hablan más de nuestras carencias que del ansiado vínculo.

La cosa está clara en los terrenos amorosos como los concebimos hoy: el modelo de pareja que tan funcional parecía a nuestros abuelos y al que nuestros padres buscaron modificar hace unas cuantas décadas se encuentra por demás caduco o en permanente duda. No ha sido un camino fácil ni se asoma en el futuro un porvenir más sencillo. Sólo hace falta una chispa de honestidad para reconocer que estamos perdidos. No importa la generación a la que se pertenezca, la brújula del amor parece igual de quebrada. Si caminamos hacia los modelos de relación del pasado, obtenemos cierto modo de dolor. Si caminamos hacia otros que se presumen libres y éticos, obtenemos también otras formas de dolor. ¿Qué hacer frente a esta encrucijada? No tengo una respuesta. Lo que, si podemos asegurar, aunque sea un lugar común, es que el sitio del dolor es una elección.

Los celos, la necesidad de poseer al otro, el control y las infidelidades, la incapacidad de amar y ser amado, el ego -nuestro pequeño y gran narciso- entre una enorme lista, han sido elementos que han traído conflictos a nuestras relaciones amorosas desde que la humanidad tiene memoria. Frente a ello, muchos se han preguntado si estos son propios de nuestras sociedades o de la condición humana misma. Como posible respuesta, se contrasta nuestra cultura con otras que han sabido integrar con éxito prácticas como la poligamia o incluso estructuras tendientes a lo que hoy conocemos como poliamor.

Tenemos una certeza frente al embrollo de esta discusión: hoy por hoy, esos elementos nos siguen resultando conflictivos e incluso quienes se dicen libres de sus cadenas han tenido que transitar por todo un purgatorio para presumirse más cerca del nirvana amoroso. ¿Si es que existe?

Poco puedo aportar a este debate con un ánimo propositivo. Veo los muchos defectos en los modelos de relación pasados y presentes, como también distingo múltiples fallas en los nuevos esquemas que parecen tener hoy un apogeo, pero que en realidad llevan décadas, si no siglos, existiendo. Una visión fatalista podría llevarnos a pensar que estamos malditos y en una encrucijada: vayamos donde vayamos, nuestras relaciones siempre estarán sujetas a los dolores propios de la existencia humana a menos que trabajemos un poco más nuestro narcicismo. Una visión más centrada podría decirnos que la magia está en la libertad, en tener una variedad de modelos posibles de relación y la libertad de elegir la que más se adecúe a cada caso. Mi visión, que no es ni la una ni la otra, se limitará a describir el entorno como lo percibo, influenciado por los efectos de fondo que ha implicado la transición al mundo digital.

Lo aceptemos o no, la web 2.0 lo ha trastocado todo, incluyendo el amor. Dados los cambios que ha introducido en nuestros cerebros y en las dinámicas sociales, ha hecho también lo propio con las estructuras que antes nos parecían más sólidas y que hoy están influidas por los patrones impuestos desde Silicon Valley. Hablo sí, por supuesto, del uso de apps para facilitar los contactos sexuales y amorosos, pero no únicamente de ello. Aunque, claro, éstas son el reflejo de nuestra nueva manera de entender las relaciones humanas.  Sin duda cambio la herramienta y veremos que tanto el fondo. Lo cierto es que, si hay que romper con las calamidades de que las que culpamos al amor, como decir que amar duele, que te rompe el corazón y quitarle ese halo de sufrimiento que proponía el amor cortesano. Amar y ser amado siempre es una fiesta que hay que saber ver y valorar.

Cuatro grandes rasgos definen nuestras capacidades amatorias y gran parte de las relaciones humanas hoy: La sobreoferta, la incapacidad de concentración, el consumo y la vigilancia. Las tres primeras resultan íntimamente ligadas. Hoy, como nunca, podemos acceder al conocimiento prácticamente entero del mundo presionando solo un botón de un dispositivo que cabe en nuestros bolsillos. Igualmente, podemos acceder a un sinfín de personas que pueden estar en la misma búsqueda amorosa. Sin embargo, esta capacidad en apariencia ilimitada funciona igual que con el conocimiento. Éste, en su enorme accesibilidad de hoy, no nos convirtió mágicamente en sabios. Por el contrario, parece que hoy somos menos capaces de comprender información de fondo y que sólo sabemos leer titulares. Todo ello hay que pensarlo desde múltiples miradas.

La incapacidad de concentrarnos no se manifiesta sólo en nuestra lectura de textos periodísticos y literarios; tampoco podemos concentrarnos en el otro. Nos aburrimos fácilmente porque estamos acostumbrados al scrolleo y porque un estímulo deja de interesarnos a los pocos segundos, dejando abierta la necesidad de nuevas y más luminosas recompensas en nuestras pantallas. Tenemos enfrente un sinfín de posibilidades amorosas, pero no tenemos la capacidad de mirarlas a fondo.

Todo ello nos introduce en un círculo vicioso en el que las personas se convierten en productos desechables tan trascendentes como un tweet o como un video de YouTube. Buscamos en ellas un placer discreto, ansiando separarnos de ella pronto en búsqueda del siguiente gusto tímido. Lo importante no es entonces el contacto, ni la persona misma, sino el consumo, el conectarse para desconectarse de inmediato. Sin quitarle mérito a quienes además encuentran placer y otras cosas,

A toda esta ensalada hay que añadir el agridulce aliño de la vigilancia. Porque no sólo nos vigilan las corporaciones y los algoritmos, sino que nos vigilamos entre usuarios, personas, a fin de cuentas, evaluando y juzgando las vidas de los otros. Ello incluye, por supuesto, las vidas amorosas. Poca libertad puede leerse en nuestras acciones si están tan severamente limitadas por ese ojo al que nos sometemos. Pues seguimos siendo esclavos del sistema. Como bien apunta Alexandre Kojève en su Dialéctica del amo y el esclavo: “La tensión entre el amo y el esclavo es dinámica y se resuelve mediante el triunfo del deseo del uno sobre el otro porque la realidad jamás es estática.”

Las relaciones amorosas han cambiado. Quizás más por el nuevo entorno digital que por nuestras decisiones políticas. Monogamia, poliamor o lo que sea, hoy todos estos esquemas se encuentran subyugados al látigo del mundo digital y es un síntoma más de lo complejo e idealizado que hemos hecho el amor y entonces a  veces su carencia nos asusta.

 

 

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