La democracia mexicana, en peligro

Alejandro Rodríguez Cortés

Alejandro Rodríguez Cortés*.

Andrés Manuel López Obrador sugiere que la democracia mexicana empezó con su triunfo electoral de 2018. Y está completa, absolutamente equivocado.

Marcado durante décadas por un régimen de partido único, el siglo XX mexicano tuvo en 1968 el cruel despertar de la disidencia; en 1977 la plena presencia de los partidos políticos de oposición en el escenario; en 1996 la ciudadanización de la autoridad electoral que permitió la alternancia en el poder en 1997 y 2000, y finalmente la llegada del actual presidente de la República a Palacio Nacional.

Reducir el avance democrático a la victoria electoral de Morena es injusto, por decir lo menos, y francamente mezquino por lo más. Muchos de quienes ahora defienden rabiosamente y a rajatabla el proyecto de la mal llamada Cuarta Transformación, fueron luchadores de aquellas batallas democratizadoras del siglo pasado que derivaron en una joven pero funcional normalidad en nuestro país en ese sentido. Otros, hay que decirlo, comienzan a abandonar el proyecto lopezobradoristas por sus obvias tendencias autocráticas.

Paradójicamente AMLO, el mismo personaje que se ostenta como un demócrata maderista, pone en riesgo a la democracia misma. Sí: la excesiva concentración de poder en la persona de López Obrador, su obsesiva ofensiva contra los organismos autónomos del Estado mexicano incluido en plan estelarísimo el Instituto Nacional Electoral; la pauperización de la Administración Pública Federal; el control absoluto que ejerce sobre la mayoría legislativa de su partido en el Congreso de la Unión; la intolerancia a la crítica, y sus constantes desplantes autoritarios, son graves señales de un peligro que hay que tomar en serio si no queremos una regresión política de consecuencias infaustas para la Nación.

Comento aparte el caso del Poder Judicial, que con la cooptación del Tribunal Electoral y la llegada de Arturo Zaldívar a la presidencia de la Suprema Corte constituyó el último eslabón roto en la cadena de contrapesos que garantiza gobernabilidad, justicia y viabilidad nacional.

Vivimos días aciagos en que desde el Senado se fraguó un golpe de Estado contra la división de poderes. Porque no se puede llamar de otra forma el albazo para ampliar el periodo constitucional del titular de la Corte y de varios miembros del Consejo de la Judicatura Federal, por supuesto afines a la mal llamada Cuarta Transformación.

Es un despropósito vil y descarado violar flagrantemente la disposición constitucional de que son los ministros de la Corte quienes definen quién y cuándo los encabezará. Y son claras las justificaciones, que no razones para hacerlo: el pago de favores políticos por la simpatía hacia el poder ejecutivo; la garantía de eliminar obstáculos legales para sus reformas y ocurrencias de gobierno; o mucho peor aún, calar el terreno para preparar una extensión del mandato presidencial.

El mandatario alega que apoya una reforma al Poder Judicial que lo mejore, pero en ello olvida el sano concepto de separación y autonomía; dice que “le tiene confianza a Zaldívar”, cuando éste no la requiere para ejercer su mandato constitucional; desprecia a otros ministros, magistrados y jueces a quienes quiere simplemente convertirlos en esbirros de su gobierno transformador.

Porque eso no está en duda: Andrés Manuel Lopez Obrador quiere y está transformando México, pero para regresarlo a aquel país cerrado, con un poder único y vertical, con monopolios estatales, y aislado del mundo.

Está en riesgo lo que hemos logrado no solo en materia democrática sino económica. La involución nos acecha y no nos permite atacar los muchos pendientes que faltan, incluido el de la desigualdad social cuyo discurso hizo ganar a López Obrador.

Señor presidente: el buen futuro de México pasa por un congreso plural, que discuta y dictamine ideas diversas y no líneas absolutistas dictadas desde Palacio, y pasa también por una Corte que dirima justamente las controversias de la gestión pública. Deje que cada quien haga su trabajo y haga usted el suyo.

No ponga en riesgo la democracia como forma de vida. Y en época electoral, le pido que no empieza a olvidar la máxima maderista: “Sufragio Efectivo, No Reelección”.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

@AlexRdgz

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