Alejandro Rodríguez Cortés

Alejandro Rodríguez Cortés*. 

Desde que inició este gobierno, y con él las diarias conferencias mañaneras del presidente de la República, se conformó claramente un grupo de personajes cuya función sería doble en la estrategia de comunicación oficialista: halagar al mandatario con zalamerías hacia su persona y su gestión, pero también servir de contención a preguntas críticas y temas espinosos que pudieran poner en aprietos a Andrés Manuel López Obrador. 

 Durante casi cuatro años, hemos sido testigos de la preferencia del área de Comunicación Social gubernamental por aplaudidores que ocupan lugares de privilegio todas las mañanas y que acaparan por largos minutos el micrófono para lanzar loas y planteamientos a modo para el lucimiento presidencial. Pero no solo eso, tales personas se convierten a menudo en mercenarios del poder que ayudan a señalar y hasta criminalizar a quienes osan documentar los desastrosos resultados de la actual gestión gubernamental. 

 Ostensiblemente controlados por Jesús Ramírez Cuevas, cuyo equipo asigna lugares en el salón Tesorería de Palacio Nacional; otorga el micrófono en las sesiones tempraneras y “siembra” temas y preguntas a modo a la señal del vocero presidencial, los pseudoperiodistas zalameros han calificado al mandatario como un “corredor keniano”, le preguntan qué se siente ser el “salvador de la patria”, y se convierten sin pudor alguno en apoyadores descarados de la mal llamada Cuarta Transformación. 

 Y cómo no, si quienes ahora se hacen pasar como reporteros reciben recursos públicos para sus páginas de internet o sus canales de YouTube, a cambio de renunciar a un principio básico para ejercer el periodismo: cuestionar, criticar o incluso incomodar al poder. Son los casos de Vicente Serrano, Juncal Solano, Carlos Pozos (conocido como “Lord Molécula”) y Hans Salazar, entre otros. 

 Justamente este último “youtubero” Salazar fue llamado “palero” cuando quiso interrumpir a Reyna Haydeé Ramírez -ella sí periodista- quien justamente reclamaba a López Obrador su gusto por las lisonjas y alabanzas que distorsionan un supuesto ejercicio de rendición de cuentas desde el poder. 

 Fiel a su costumbre, el jefe del Ejecutivo culpó a “sus adversarios” de una (otra) campaña de desprestigio en su contra, y justificó la lamentable abyección de sus apoyadores: “en tiempos de transformación, el periodismo debe tomar partido”, sentenció. 

 Se vuelve a equivocar López Obrador y vuelve a mentir: ni él es Juarez o Madero, ni sus aplaudidores son Filomeno Mata o Francisco Zarco. Todo lo contrario, pues quien habla una y otra vez de un cambio de régimen, simplemente reproduce lo más rancio de aquel priismo que compraba voluntades con dinero del presupuesto.  Alega que él no es igual, y al decirlo haciendo lo mismo se convierte en alguien mucho peor. 

 Este gobierno presume que el gasto de publicidad gubernamental representa la mitad de lo que se ejerció hasta antes de 2019.  Tiene razón.  Pero no la tiene cuando asevera que ese dinero ya no se usa para premiar al periodismo militante, representado por muchos que hasta hace no mucho tiempo criticaban ferozmente el “chayote” del que ahora son felices beneficiarios. 

 Los propios reportes oficiales de gasto registran incontrovertiblemente miles de pesos canalizados a esos “nuevos medios” lisonjeros disfrazados de canales de comunicación alternativos, que todos los días son el brazo armado de la vocería presidencial, así como a otros colaboradores incrustados en prensa, radio y televisión que impúdicamente repiten a la letra la doctrina propagandística de la 4T, que detesta la crítica y prefiere la autocracia. 

 Por eso, yo sí apoyo el hashtag #CállatePalero.  Es una buena forma de defender nuestra joven democracia y rechazar lo que sería un grave retroceso del que nos arrepentiríamos por siempre: sumisión acrítica en vez de debate constructivo. 

 

*Periodista, comunicador y publirrelacionista.

@AlexRdgz

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