Marissa Rivera

Marissa Rivera.

La pasión por imponer su voluntad, ignorar las reglas y pisotear la ley, ha provocado una vorágine.Provocador como suele ser, ha generado un descontrol político que ha convulsionado no solo a sus propias huestes, sino a las principales fuerzas políticas del país.En las últimas 48 horas acusó a su “odiado enemigo”, Lorenzo Córdova de “farsante” y a quien le abrió las puertas y lo apoyó en su ascenso político, Cuauhtémoc Cárdenas, de “adversario político”.El temor porque la aspiración de que su supuesta transformación quede solo en un conato, lo ha desencajado.Y ha impulsado acciones desesperadas por mantener el control de todo, así sea, pisoteando la ley, como es su costumbre.La consigna es: primero el proyecto, luego la ley.Frente al descontento de la sociedad por los principales temas que más le aquejan al país, seguridad, salud y dinero para comer, recurre a su estropeada narrativa, que incluso, sus más cercanos han ejercido: la corrupción.Su habilidad nadie la puede negar.Abrió tres frentes. Uno, atacar hasta despedazar a uno de los pocos contrapesos que lo enfrentan, como lo es el Instituto Nacional Electoral. Dos, atacar a sus adversarios, evadir temas espinosos y acusar, como siempre al pasado, y tres, echar al ruedo a sus incondicionales, para que entre ellos se deshagan y gane el que él decida.El proceso que arrancaría en marzo del 2024, inició hace unos meses por voluntad, temores e inseguridades del presidente.Más de 15 meses antes del proceso que marca la ley y del cuál, su actual acérrimo enemigo ya le advirtió “se puede impugnar la elección presidencial”.Pero él aventó al ruedo a sus queridos y malqueridos, para que triunfe el que termine vivo.En las reuniones previas de los trabajos legislativos de cada fracción parlamentaria, ocurrió algo insólito, en el partido del presidente, se realizó la pasarela de los cuatro posibles candidatos de Morena, a la Presidencia de la República en el 2024.En un mal logrado intento de civilidad política acudieron los cuatro. Cada uno con sus porras, con sus silencios, con sus filias y sus fobias.Un carnaval político alejado de la construcción de propuestas e iniciativas que beneficien a las familias mexicanas. Eso no importa. Eso es secundario, importa el show, la figuras, los mariachis, los aplausos y sobre todo, quedar bien con el orador de la mañaneras.Así son ellos, estridentes, no les importa la ley, saben que pueden confrontar a las autoridades electorales sin ninguna consecuencia, al fin, que los principales detractores se van, no los corren, en abril de este año.La narrativa bravucona contra el INE que encabeza el presidente y secunda, principalmente, el secretario de gobernación no cesa.El enemigo es el INE y para eso el presidente y su proyecto quieren tomar el control. Para retener el poder y manipularlo a su antojo.Eso significa retroceder 35 años y regresar el control a un símil de Manuel Bartlett, pero ahora, auspiciado por aquel extraordinario líder opositor que tanto lo criticó.

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