Miguel Nazar Haro, temido torturador

Por. José C. Serrano

El pasado miércoles 24 de enero, en la librería Porrúa Condesa, tuvo lugar la presentación del libro El tigre de Nazar: “Había que ser fanático como ellos”, del periodista Gustavo Castillo García (Editorial Grijalbo). El establecimiento estuvo abarrotado por familiares, amigos y lectores de edades diversas.

El escritor expresó que echar una mirada al texto es una forma de asomarse a una parte de la historia de México que no debe ser olvidada y revelar las atrocidades que se cometieron en nombre de la “lucha contra el comunismo”.

Acompañaron a Gustavo Castillo en la mesa los periodistas Elena Gallegos, José Reveles y Andrés Ruiz (autor del prólogo de la obra). Elena Gallegos ha mencionado en reiteradas ocasiones que ante la irrupción de las nuevas formas de compartir información, sobre todo por las redes sociales, los periodistas tienen la obligación de investigar, contrastar e interpretar antes de difundir.

José Reveles, periodista desde hace más de 40 años, se especializó en investigar violaciones de derechos humanos en México. La realidad lo empujó al abordaje de temas como el tráfico de drogas, la violencia, la inseguridad, el militarismo y los abusos y corrupción oficiales.

Miguel Nazar Haro nació en Tuxpan, Veracruz en 1924, descendiente de un inmigrante libanés, y murió en la Ciudad de México en 2012. Este personaje gozaba con torturar a los detenidos que tenían la desgracia de caer en sus manos, distinguido organizador y dirigente de organismos policíacos y paramilitares al margen de la ley, destacado informante de la CIA, implacable perseguidor de militantes de izquierda mexicana y centroamericana.

Confabulado con individuos como Fernando Gutiérrez Barrios y Francisco Quirós Hermosillo, Nazar Haro fue uno de los constructores, bajo la tutoría del gobierno norteamericano del sistema de seguridad política de los gobiernos priistas, asentado en la infiltración de organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y populares, la vigilancia de las agrupaciones de oposición y grupos guerrilleros.

Comenzó su labor de espía y provocador en 1949 al ingresar al Servicio Secreto. En 1952, durante la campaña presidencial, logró penetrar en las filas de la Federación de Partidos del Pueblo (FPP) que sostenía la candidatura del general Miguel Henríquez Guzmán.

El gobierno de Miguel Alemán Valdés desarrolló una brutal represión en contra del henriquismo. Como consecuencia de la agresión salvaje, más de 50 personas entre hombres, mujeres y niños fueron asesinados y sus cadáveres desaparecidos; más de 200 fueron heridos y 600 ciudadanos fueron encarcelados.

Por su participación en la violencia antihenriquista, Nazar Haro tuvo que abandonar el territorio nacional e internarse en la Unión Americana. Tras cuatro años en el extranjero, regresó a México y se incorporó en 1960 a la célebre Dirección Federal de Seguridad (DFS), policía política del régimen priista.

En 1966 con un adoctrinamiento ideológico por parte de la CIA y demás servicios de espionaje norteamericano se dedicó a tareas de “inteligencia”, infiltración de confidentes en la oposición y creación de redes de informantes. De julio a diciembre de 1968 logró colocar provocadores y confidentes en el movimiento estudiantil popular.

En 1970 fue promovido a subdirector de la DFS y se especializó en combatir a los grupos armados o que tendían a realizar acciones armadas. En 1974, durante la gestión de Luis Echeverría Álvarez formó la Brigada Especial (más conocida como Brigada Blanca), en la cual confluyeron diversos organismos policíacos y del Ejército. Sus pupilos eran entrenados en el Campo Militar Número 1, teniendo como misión la investigación, infiltración, aprehensión, tortura y desaparición de militantes de izquierda.

En 1976 este policía político llegó a la dirección de la Comisión de Seguridad de la Brigada Blanca. En 1979, durante el sexenio de José López Portillo fue promovido a capitoste mayor (director general) de la DFS, cargo que ocupó hasta principios de 1982.

El periodista Luis Hernánez Navarro, narra que en enero de 2012, la maestra Teresa Franco, abstemia ella, se bebió un caballito de tequila para celebrar la muerte de Miguel Nazar Haro, el policía que la torturó en el Campo Militar Número 1, en 1974, dos o tres veces al día durante semanas. En el cuarto donde la interrogaban había música a todo volumen, un colchón con sangre y un soldado en la puerta.

Siempre llegó allí caminando, pero nunca pudo salir a pie porque el dolor la hacía perder el conocimiento, no lloraba ni hablaba; en silencio soportaba el cruel tormento.

Nazar -platica la maestra- se jactaba de ser de los mejores torturadores, mejor que los argentinos y los chilenos. “Era su orgullo. Se sentía grande torturando. No hubo otro como él”, patológicamente sanguinario.

Las conversaciones sostenidas entre el periodista Gustavo Castillo y el policía, de febrero de 2003 a diciembre de 2011, son la materia prima con que el autor escribió su libro. La obra es una pieza relevante para armar el rompecabezas de la guerra sucia en México. No porque el agente diga la verdad, sino porque, al confrontar el reportero al creador del grupo paramilitar Brigada Blanca con archivos y documentos oficiales, sus respuestas terminan dibujando “un autorretrato que parece extraído de los grabados Los desastres de la muerte, de Francisco Goya“.

Luis Hernández Navarro expresa: “Para comprender el pasado que nos persigue con toda crudeza y cómo el poder devora a sus criaturas, El Tigre de Nazar, de Gustavo Castillo, es un libro imprescindible”.

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